Todo por el micrófono | Letras Libres
artículo no publicado

Todo por el micrófono

Antes, el Señor Presidente dominaba el micrófono, y era suicida tomarlo sin su permiso. Ahora que no existe ese control, todos los funcionarios buscan el micrófono. Prácticamente se dedican a eso, como si estuvieran ahí para salir en televisión, no para hacerse cargo de lo que está a su cargo.

La aparición del micrófono transformó la política. Aunque el primer uso fue simétrico (entre dos personas que hablan por teléfono), pronto aparecieron los usos asimétricos (los altavoces, las estaciones de radio y televisión) para dirigirse a una multitud que no puede responder. En estas circunstancias, tener el micrófono es tener el poder.

Los altavoces fueron decisivos para que Hitler arrastrara a las multitudes con discursos mesiánicos desde 1922. La radio sirvió para que el presidente Franklin D. Roosevelt, con sus famosasfireside chats, apelara a los ciudadanos para imponer su agenda a los legisladores, desde 1933. A su vez, el senador Joseph McCarthy acusó al poder ejecutivo en 1954 de ser blando con sus funcionarios posiblemente comunistas, en debates televisados que fueron vistos por millones de personas. Desde 1956, Gamal Abdel Násser rebasó las fronteras de Egipto y llegó a despertar la esperanza de un resurgimiento árabe entre millones de campesinos que no sabían leer, pero tenían radios de pilas. El ayatola Jomeini encendió la revolución que derrocó al sha de Irán en 1979 con casetes (que hoy serían podcasts) reproducidos por todo el país. Fidel Castro y Hugo Chávez, enfermos, han tenido que delegar parte de su poder, pero no sueltan el micrófono.

En México, en los tiempos del PRI, hubo un solo dueño del micrófono: el Señor Presidente. En 1923, Calles sometió a la prensa creando la Unión de Voceadores. En 1937, Cárdenas inició "La Hora Nacional" con todas las estaciones de radio del país encadenadas (literalmente) a un solo micrófono; y en 1939 auspició la formación del Sindicato Mexicano de Trabajadores de la Industria de la Radio. En 1941, Ávila Camacho intervino en la creación de la Cámara Nacional de la Industria de Radiodifusión, presidida por Emilio Azcárraga Vidaurreta. En 1968, Díaz Ordaz creó un impuesto del 25% a los ingresos de la radio y la televisión cuando temió que se alebrestaran. Quiso darles un susto para imponer silencio sobre el 2 de Octubre; y, una vez que entendieron, antes de que entrara en vigor, lo redujo al 12.5% pagadero en especie: transmitiendo programas y grabaciones oficiales. En 1970, Echeverría autorizó que la CIR (ahora CIRT) incluyera a las televisoras, que pronto dominaron la cámara. En 1993, Salinas organizó una cena de millonarios donde pidió 25 millones de dólares a cada uno, como cooperación para la campaña presidencial del PRI. Emilio Azcárraga Milmo (que se había declarado "soldado del PRI") ofreció el triple.

La democracia terminó con el monopolio presidencial de una manera paradójica. Antes, el Señor Presidente dominaba el micrófono, y era suicida tomarlo sin su permiso. De él dependían el presupuesto y las oportunidades de lucirse. Ahora que no existe ese control, todos los funcionarios buscan el micrófono. Prácticamente se dedican a eso, como si estuvieran ahí para salir en televisión, no para hacerse cargo de lo que está a su cargo. Buscan balcones hacia la multitud y presupuesto para ser vistos. Así logran subir a balcones más altos, con mayores presupuestos, que reinvierten en buscar posiciones todavía más altas, multitudes mayores, acceso más frecuente al micrófono.

Curiosamente, la multitud supone que el mero hecho de salir en televisión es indicativo de valor, y que valen más los que salen más. En las encuestas, los resultados bajos en "Opinión favorable" corresponden a porcentajes altos de "No lo conoce"; y los personajes más valorados son los más conocidos. La mera repetición de la presencia va acumulando un capital de imagen reconocida por la multitud. El reconocimiento genera más reconocimiento, el presupuesto más presupuesto, el poder más poder. El círculo vicioso: dinero: televisión: popularidad: votos: poder: dinero: televisión, etcétera, reduce la democracia a un negocio cínico.

El tiempo triple A disponible para ser visto por la multitud es limitado. Al crecer la demanda, y lo que está dispuesta a pagar, crece la transferencia de dineros y poderes públicos a los nuevos king makers: los vendedores de balcón. Como si fuera poco, el presidente Fox atenuó la aplicación del 12.5% en 2002 para buscar favores que antes eran prerrogativas presidenciales. De los medios sumisos al Señor Presidente pasamos a los políticos sumisos al poder de los medios.

Mientras el régimen fue monolítico, el tigre ronroneaba mansamente a los pies de la presidencia. Cuando el poder se fragmentó, el tigre empezó a rugir e intimidar, porque la relación de fuerzas cambió. No es lo mismo enfrentarse a un solo cliente (presidencial) que a cada uno de los aspirantes, divididos y en pugna unos con otros. Cada aspirante ronronea mansamente frente al nuevo poder de los medios, como si el poder político fuese una concesión del poder mediático.

Pero se trata de un tigre de papel, cuyo poder es inseguro porque está concesionado. Los mismos tres partidos que (separadamente) cerraron la boca ignominiosamente y aprobaron al vapor la llamada Ley Televisa, después (unidos) limitaron sus alcances. El consenso legislativo puede actuar como el verdadero dueño del micrófono. Pero el consenso también es inseguro. La competencia entre los aspirantes, el temor a la oscuridad (o peor aún, el desprestigio) que resultan de malquistarse a los medios, así como otras razones poderosas que ofrecen los cabilderos, rompen los consensos. El interés público queda subordinado a los intereses particulares de los aspirantes a lucirse.

A pesar de todo, la fragmentación del poder es preferible. Pero hay que terminar con el negocio que de ahí derivó. El cacarear se ha desconectado del producir efectivamente algo valioso para la sociedad. El cacareo de spots es aburrido, costosísimo y poco democrático. El spot es un poder que no permite la respuesta. En vez de que los aspirantes se confronten cara a cara sobre lo que dicen haber hecho y lo que proponen, cada uno cacarea a la multitud en una fastidiosa algarabía.

Para la democracia, lo mejor es suprimir los spots, las pseudonoticias y las bardas pintadas. Las campañas electorales serían más democráticas y aleccionadoras si consistieran en muchísimos debates donde toda afirmación de un aspirante esté sujeta a la refutación inmediata de los otros.
 

Reforma, 25 de septiembre.