Todo es fiesta y diversión hasta que alguien mete la cabeza en una vasija sumeria de 3.600 años de antigüedad | Letras Libres
artículo no publicado

Todo es fiesta y diversión hasta que alguien mete la cabeza en una vasija sumeria de 3.600 años de antigüedad

Hermosa pieza. En excelente estado. Una de las dos únicas vasijas enteras de un conjunto de cerámicas de Larsa fechado en el reino de Rim-Sim I.

Francamente, no creía que mi cabeza fuera a entrar.

Pero lo hizo, y ahora no puedo sacarla. Por si mi amplio conocimiento del antiguo Oriente Próximo fuera poco, además tengo la casi inexplicable capacidad de teclear sin mirar, de modo que, si así lo desean, imagínenme sentado ante el ordenador con una vasija en la cabeza hecha poco más o menos en la época en que los hititas inventaron las armas de hierro forjado. O, por decirlo en términos más conocidos, la vasija en que se halla encajada mi cabeza tenía 400 años cuando Troya fue saqueada.

Naturalmente, es de un valor incalculable, lo que significa que debo sacar la cabeza de ella sin romperla. O quizá haya que cortarme la cabeza. Pero eso, ¿verdad?, no resolvería el problema de que haya una cabeza dentro de la vasija. Y estoy seguro de que esta vieja arcilla seca se empaparía de sangre. De modo que habría una vasija empapada de sangre con una cabeza en su interior, mientras que la que está en el British Museum seguiría limpia y en perfecto estado en su vitrina sin manchas de sangre ni una cabeza en su interior. Supongo que alguien podría cortarme la cabeza y después meter la mano en la vasija y cortarla o golpearla hasta convertirla en una serie de pedazos fácilmente extraíbles, pero aún así seguiríamos con el problema de la sangre.

De modo que lo mejor para todos, creo, sería que nadie me cortara la cabeza.

Lo que me da rabia es el aspecto físico de todo esto. A fin de cuentas, he metido la cabeza. Debería poder sacarla, ¿no? Quizá cuando la metí la humedad de mi aliento hinchó la arcilla lo suficiente para impedir la extracción. Es arcilla cocida, de modo que debía ser utilizada para almacenar líquidos. Pero después de casi cuatro milenios mi cabeza debía haberle proporcionado suficiente humedad para cambiar su forma. También está la cuestión del sudor de ginebra.

Normalmente, cuando bebo martinis, sudo. Ésa es la razón por la que nunca bebo en ocasiones formales. Pero en este caso se trataba de una reunión informal, sólo unos cuantos colegas del departamento, y Putnam tiene ese pequeño e ingenioso bar en la estantería que hay junto a su puesto en el laboratorio. No me habría tomado los martinis de no ser por eso: no está bien tomarse un martini en nada que no sea un vaso de martini, y él tiene dos ahí, junto a un par de vasos bajos. Caleb y Johnston bebían whisky y gintónic, respectivamente, lo que nos dejaba a Putnam y a mí con nuestras aceitunas y nuestro enebro.

Todos se han ido a discutir y a resolver el asunto, que es, después de todo, resultado de sus colegiales incitaciones. La vasija lleva en el laboratorio casi un mes; fue embalada y enviada desde la excavación de Marsten en cuanto éste la desenterró, pero sólo fue limpiada y colocada en su estante la semana pasada, más o menos. Ahí, lejos de codos descontrolados y estudiantes de la carrera, algunas partes de su brillo parpadeaban seductoramente bajo los fluorescentes. Una intermitente capa de cristal, plomo, salitre y cal: quedaba lo suficiente para atrapar al ojo moderno con su refulgir. Parecía una pregunta perfectamente razonable, incluso después de dos martinis: “¿Creéis que podría meter la cabeza en esa vasija?”

En realidad, fue Putnam. “Mira –dijo–, estoy seguro de que nadie ha metido su cabeza en esa vasija.” Ya me había arrebatado el vaso y servido otro. “Casi 4.000 años y nadie ha metido nunca la cabeza en esa vasija.” Putnam siempre ha sido un poco gamberro, con su bar secreto y sus premeditadas tergiversaciones de la práctica hepatoscópica akkadiana.

Cuando ya me había comido la tercera aceituna estaba dispuesto a intentarlo. Y ahora aquí estoy, con la nariz apretada contra el árido olor de la tierra cocida y la historia.

La historia huele como las lentejas viejas.

Oigo ruido a mi espalda. La puerta, creo. Supongo que a los demás se les ha ocurrido algo. Loción, quizá, o tal vez alguna otra clase de lubricante. Pienso que, sentado así, la mayor parte de la sangre caería fuera de la vasija. Oigo un zumbido. Creo que es la pequeña sierra eléctrica que Johnston utiliza para cortar los clavos más resistentes de los embalajes, lo que significa que se les ha ocurrido la forma de sacar mi cabeza después.

Son tíos listos. Lo son. De los mejores en la especialidad. ~

 

Traducción de Ramón González Férriz

©McSweeney’s