"Tírale, tírale, si tienes huevos…" | Letras Libres
artículo no publicado

"Tírale, tírale, si tienes huevos…"

Más allá del drama de tener a una persona más en la lucha entre la vida y la muerte, el caso Cabañas ha desnudado cada elemento purulento de nuestra sociedad. En primer lugar, la torpeza del gobierno destacada en las declaraciones del Procurador capitalino y del delegado de Álvaro Obregón. No logro entender cómo un caso con 16 testigos presenciales, 3 videos con los rostros de los implicados, las cuentas y los papeles del presunto asesino, la televisión pendiente de cualquier prueba nueva, puede ser un caso de “difícil resolución”, como asentara el señor procurador. O qué tal un delegado que confiesa que no tiene por qué investigar a ningún giro nocturno si la investigación no viene precedida de una petición vecinal. Exacto, y brota el primer fuego fatuo, la ley siempre es posible negociarla y algunas personas están por encima de ella.

En segundo lugar, los bares que confiesan que con dinero se pasa por alto cualquier reglamento sobre la venta de alcohol y los horarios de cierre. A esto se une la mala estructuración de las reglas, y la corrupción del sistema, que capitaliza nuestra propensión individual a la deshonestidad. Bien confesó el presidente de la Cámara de Bares lo que todo mundo sabía: los reglamentos están hechos para que sea posible negociarlos, incluso por los líderes de las agrupaciones vecinales que luchan contra las intranquilidades nocturnas. Este es el caso de un bar al que estaba prohibido entrar con tenis y al que sin embargo no había mayor dificultad para entrar armado. Qué tan por encima de las leyes pretendían estar los dueños de este establecimiento, que tuvieron como primer impulso limpiar la escena del crimen y sacar el cuerpo del jugador.

En tercer lugar están las personas, arropadas en la prepotencia, que saludan a los cadeneros del bar como a los porteros de su propia casa, que ya nadie revisa, convencidas que la ley es de ellos y que hacen con ella lo que les convenga. Dueños de giros negros, de redes de lavado de dinero (el presunto agresor llegó a las 2 de la mañana y para las 5 ya se había bebido 17 mil pesos), que usan nombres falsos y buscan rodearse del glamour de las estrellas.

Finalmente están los medios, que distorsionan incluso las palabras del médico; que vociferan, en un país en el que mueren muchas personas asesinadas cada día, que la culpa es de la corrupción, del gobierno, de los padres que no controlan a sus hijos, o mejor aún, de cada uno de nosotros que no estuvo presente para detener el disparo en la cara de Cabañas, como dijo, presa de una euforia inexplicable, el comentarista deportivo Carlos Albert. Más allá del inevitable Perogrullo, y de la infalible tendencia a culpar al gobierno de todo lo que pasa, no hemos oído el mismo encono con el verdadero criminal. La mayoría de los ciudadanos de este país no entramos a los bares con la intención de disparar ante la menor provocación, ni acribillamos a un trabajador del Gobierno de la Ciudad porque nos impedía el paso por el Circuito Interior. El verdadero criminal es el que dispara, no la sociedad completa incapaz de detener la corrupción. No ayudan en nada los medios entorpecidos por sus pasiones o por sus intereses, guarecidos en la seguridad de sus micrófonos y de sus cámaras, erigidos como Supremas Cortes de Justicia para indicar cuál es el verdadero problema.

Además, si el diálogo que sacó el Reforma es el verdadero antes del disparo, nos lleva a decir que el alcohol, las drogas, la prepotencia y la seguridad de sentirse armado, sólo generan mala literatura.

– Carlos Azar