Texto rechazado por una revista hipster | Letras Libres
artículo no publicado

Texto rechazado por una revista hipster

De verdad no quiero molestar pero estoy muy triste. Y es que finalmente caí en cuenta que no soy hipster. Lo que fue verdaderamente doloroso fue la manera en que me enteré. 

De verdad no quiero molestar pero estoy muy triste. Y es que finalmente caí en cuenta que no soy hipster. Lo que fue verdaderamente doloroso fue la manera en que me enteré.

   Por amistad o lástima, me pidieron un texto para una revista bandera de dicha identidad. Me dieron las especificaciones temáticas, el número de caracteres con y sin espacios, tiempos de entrega y una halagadora variedad de tipos de remuneración. Eso sí, me advirtieron:

--Que sea ligero, nada profundo. El público es muy hipster y no queremos que se empachen.

Naturalmente me ilusionó la comisión. No problem. Abandoné mi habitual voz sombría y meditabunda; olvidé la sesuda e implacable crítica de la condición humana y sus fetiches sociológicos que normalmente procuran mis artículos; me empapé de las sensibilidades propias del encargo; hasta me vestí de manera especial. Luego, fingiendo desinterés blasé, puse manos a la obra.

   Confieso que no fue fácil. Ansioso aspirante, fui puliendo borradores para agradar a quienes ya imaginaba como mis lectores. Despaché versión tras versión buscando el tono perfecto. Máscara contra máscara lucharon mi asumida voz narrativa versus los temas asignados. Fue frívolo y emotivo, candoroso y mordaz, justo y arbitrario. Al final, quedó un texto tan mentiroso que hasta parece verdad, o al revés, ya no sé. De cualquier manera me gustó lo suficiente para ofrecérselo a su musa y pasearme por los barrios de moda con desdeñoso donaire.

    Una mañana de fin de mes, entre sorbos de un café con leche de soya, recibí el tuitazo que me informaba que el texto había sido rechazado.

--¡Pa´trancas!, dijo el amigo que me acompañaba, con aire de niño que se ríe convulsivamente al ver a su colega en el suelo con las rodillas raspadas.

Y sí, ¡pa´trancas! Inmediatamente perdí el donaire y el desdén se convirtió en obsesiva inseguridad. Me sentí como cuando la niña que me gustaba me decía que la buscara en la disco del momento sólo para que, a pesar de mis esfuerzos estéticos, el cadenero -invariablemente llamado Charlie- no me dejara entrar. ¿Fue todo un juego? Tengo el ego regresivamente destruído. De verdad, no es que quiera incomodar con mi tristeza, pero mi terapeuta asegura que es mejor que lo hable, que si no me lo saco del pecho puede ser peor.

   Ya pasaron unos días y aún no sé por qué fue rechazado el texto. Si fuera hipster tal vez lo sabría.

*****

Los sentidos del amor errante

Quiero ser fotografiado por las retinas de tus ojos lindos, decía la canción y me mirabas.  Yo te miraba también. Un momento intacto para siempre como si todo esto realmente hubiera sucedido y no hubiera más que una luz perfecta entre nosotros.  
   Desde entonces no he vuelto a ver nada. Todo está teñido por esa luz maldita, que ya no distingue los colores ni las formas. Todo me devuelve a ese momento perfecto. Tú misma nunca volviste a ser tú. Siempre otra, sucia de distancia y tiempo, o deforme, como semblanza de espejo de feria.
   Cierro los ojos para no verte. Sólo entonces te reconozco, grabada en el lado oscuro de mis pupilas.
Me quiero arrancar los ojos para tenerte siempre.

*****

Tu olor indescriptible. Tu olor que trituraba mi percepción. Ni siquiera podíamos ir al cine. Tú olor que me hacía querer arrancarte la ropa y devorarte a cada segundo paso. Más allá de cualquier fragancia, tu olor indescriptible.
    Tu olor como brizna de un flujo ancestral hacia lo eterno, de un río sagrado que sabe cómo llegar al mar.
    Me destruí a mí mismo buscando el mar. Era como el Capitán Ahab con la ballena que le arrancó la pierna. Seguí tu olor por el mundo sin preocuparme que tu cercanía partiera el navío en dos. Mientras más lo seguía más te odiaba y necesitaba. A veces me dejabas acercarme sólo para desaparecer, desgarrándome las entrañas. ¡Qué me prenda finalmente para arrastrarme a la profundidad más anhelada!
    Ni siquiera podíamos ir al cine.
    ¡Maldito olor, “contra ti lucho hasta el final, desde el corazón del infierno te arrojo puñaladas, en nombre del odio te escupo mi último aliento”!

*****

¿De qué me sirve oir tu voz? ¿De qué me sirve dejar que me penetre desde el otro lado del mundo cuando no puedo hacer nada por asirte? ¿De qué me sirve que me digas que me quieres, que piensas en mí? ¿De qué sirve que me cantes una canción?
--Somos como ballenas, dijiste. En lo más profundo de nuestros exilios, cuando no podemos olernos, vernos, tocarnos, degustarnos, por lo menos podemos oírnos, ubicarnos, sentir que nos acompañamos instintivamente en el camino, que no estamos tan lejos de casa.
Pero tu canto es de sirena y no hay cera que me salve de esta locura.
                                

*****

Por la mañana sabes a requesón con jalea de frambuesa. Sabes que me gusta que te guste. No hay mayor desazón amoroso que la incompatibilidad de papilas gustativas. No hay peor disgusto que la pasión desabrida. ¡Qué extraño cumplido que nos dijeran que éramos como un “ensopado de anguilas”! Dios sabrá qué diablos quisieron decir. Pero nos gustó que lo dijeran, y nos dimos un beso con reacción eléctrica.
   Si supieras todos los sabores que no reconoce mi lengua daltónica desde que no sepo dónde estás... Ahora todo me sabe a cigarro.
   Me gustaría comerte con los cinco sentidos, gozar como vampiro en tacha.  La metonimia es insuficiente para dar cuenta de tu sabrosura. Me deja con mal sabor de boca desterrar la ambiguedad de este frágil equilibrio -que lo es todo.


*****

Déjame intacto. No me beses el cogote. No afiles tus uñas con la flaqueza de mi abdomen. No me digas cosas al oído. No hagas que me  contorsione como bestia salvaje.  No me fuerces a revivirte en mis manos. No resucites una fe ciega. Ambos sabemos que no podemos fundirnos el uno en el otro. No me obligues a profanar tu ausencia.
   Por amor, déjame intacto.