Temor y temblor | Letras Libres
artículo no publicado

Temor y temblor

De pronto las calles de Talcahuano y Concepción amanecieron llenas de electrodomésticos. Ahí, cerca, muy cerca del epicentro de uno de los temblores más poderosos que recuerda la humanidad (el séptimo, dicen los rankings), los objetos se rindieron antes que sus dueños. Las cosas se entregan como para esconder por última vez a los habitantes que se las llevaron violentamente hace apenas una semana. Sin nombres, sin dueños, los objetos huérfanos estaban dispuestos a cargar con toda la culpa de una semana de fiebre en que pasaron demasiadas cosas en un país en que en general nunca pasa nada.

Equipos de música y gimnasia, antenas parabólicas, tostadoras de pan y hasta rebanadoras de jamón: un botín que sus saqueadores devolvieron justo ahora que lo podían usar. Antes, cuando en masa atravesaron las cortinas metálicas de los supermercados, no había luz para echar a andar ninguno de los aparatos robados. Con la luz llegó la oportunidad de aprovechar de su robo, pero llegó también la señal de la televisión. Los saqueadores pudieron contemplar cómo sus robos espontáneos y masivos eran el tema central de todos los noticieros del país. Convertidos en una vergüenza nacional, tratados de lumpen, escorias o síntoma sociológico, vieron también a don Francisco y a la presidenta saliente Michelle Bachelet y al presidente electo Sebastián Piñera cantar detrás de una bandera estirada al final de 27 horas de la Teletón “Chile ayuda a Chile”. Terminada la trasmisión oficial, no les quedó otra alternativa que esconderse en el fondo de la noche a devolver los objetos robados. Don Francisco, volando apurado de Miami, y visitando aún más apurado el derrumbado hospital de Talca en que nació, había logrado lo que la presidenta, los partidos, los intelectuales, la prensa y la iglesia no pudieron hacer: reconectar a Chile con su mito más antiguo, el país que sabe unirse en la adversidad.

En directo y en televisión se cerraba el ciclo que se había abierto una semana antes cuando el reportero Amaro Gómez Pablo trasmitió en directo, como si se tratara de un partido de futbol, el primer saqueo. El periodista, chileno pero de fuerte acento peninsular, les preguntaba a un padre y a un hijo que robaban juntos si el televisor plasma que se llevaban era o no de primera necesidad. En una inusitada muestra del peor periodismo, se ponía a increparlos en directo, juzgándolos por robar en familia. Los saqueadores respondían levantando los hombros con desinterés sin comprender qué de malo tenía su acción. No había en Concepción, a esa misma hora, luz ni agua corriente ni información alguna. Los pocos militares que patrullaban las calles llegaban a echar de menos las calles de Puerto Príncipe, donde la miseria era tres veces peor, pero la calma mucho más completa. La alcaldesa de Concepción, la derechista Jacqueline van Rysselberghe, culpaba a las autoridades de no querer hacer nada porque no tenían hijos o parientes en Concepción. El alcalde de Hualpén, el centro izquierdista Marcelo Rivera, aconsejaba por radios: “Si hay que disparar, disparen.” En la noche en Quilicura, comuna de clase media recién salida de la pobreza, esperaban, armados de escopetas hechizas, espadas de La guerra de las galaxias y toda suerte de pistolas, la llegada de una banda de saqueadores que visitarían las calles en una camioneta blanca que nunca llegó.

A Juan Villoro, Francisco Hinojosa y Daniel Goldin, escritores y editores mexicanos que se han quedado atrapados en Santiago, les impresiona, en cambio, la solidez de la arquitectura chilena y el civismo de su gente. A tres días del temblor comemos con el grupo de mexicanos en el Rivoli, el mejor restaurante italiano del país, entre réplicas asumidas por los ciudadanos con perfecta calma. El terremoto que cambió el eje de la tierra y le quitó unas milésimas de segundo al día, seguido de un maremoto de olas de más de quince metros, produciría en cualquier país del Tercer Mundo diez veces más ruinas que en Chile. El del Perú hace tres años, el de Haití hace algunos meses, pero también el huracán Katrina en Estados Unidos, son pruebas patentes de que ante lo inaudito ni los ricos ni los pobres, ni la izquierda ni la derecha, tienen respuestas. Todo es una cuestión de expectativa, pienso al hablar con los amigos mexicanos que bajaron de sus habitaciones de hotel esperando ver a su alrededor la ciudad derrumbada y la encontraron casi intacta, sólo sin luz, habitada por cientos de fantasmas en pijama durmiendo en la vereda. El drama del terremoto, la lentitud de la respuesta ante él, la descoordinación, el saqueo: todo nace justamente de una expectativa errada de lo que Chile es y ha sido, de lo que se puede esperar del milagro chileno.

Aunque parezca absurdo, los chilenos esperábamos con total candidez sobrevivir a un terremoto de 8.8 grados en la escala de Richter casi sin víctimas ni destrucción. Lo pensaban no sólo los desinformados más ilusos sino la misma presidenta, que perdió las más valiosas horas minimizando el desastre hasta dejar que un tsunami pasara delante de sus narices sin anticiparlo. ¿Un error de comunicación? ¿Un descuido perdonable por la magnitud del desastre? Lo mismo le sucedió a la presidenta con el Transantiago y la fiebre porcina. Lo mismo, a un nivel más frívolo, le ocurrió con las elecciones y la derrota de su coalición. Como tantas veces en la cabeza de Michelle Bachelet y sus asesores, el deseo se sobrepuso a la realidad. El país la ama quizá también por eso, porque la presidenta encarna un relato embellecedor de nosotros mismos. Porque su ingenuidad es la nuestra, la de los chilenos.

Así, un terremoto que todos los especialistas, que todos los campesinos, que todos los adivinos esperaban fue para el gobierno de la Bachelet una total sorpresa. La coalición del gobierno, ya removida por la elección que perdieron y pudieron ganar, deja ver del todo sus grietas. ¿Corrupción, descomposición social? No, sólo ineficiencia, descuido, una completa falta de visión de conjunto, de una mirada más allá de lo doméstico. Una falta de densidad cultural, de conocimiento de la historia, del simple sentido común que da la experiencia, no sólo la propia sino la de los antepasados, los vecinos o hasta los personajes de ficción. La Concertación ha gobernando mejor que cualquier otra coalición de centro izquierda en América Latina, pero a la hora del desastre no sabe por qué y para quién lo hizo. En tan pocos días vio muchos de sus principales logros desmentidos por la catástrofe: las carreteras concesionadas de Lagos que quedaron completamente inutilizables; la solidaridad y la asistencia social que, cuando faltan dos días, se convierte en saqueo y brigadas de civiles armados esperando a los vecinos; el sometimiento de los militares al poder civil, mientras el comandante de la fuerza área desmiente a la presidenta, el ejército deja circular rumores de ineficiencias del ejecutivo y la marina les echa la culpa a los civiles de su negligencia criminal, la negligencia de asegurar a través de un fax con tinta ilegible que no habría tsunami en el mismo momento en que las olas se llevaban a Constitución. Veinte años en que gobernaron los hijos de Allende y de Frei para entregarle a Sebastián Piñera un país atravesado por las huellas de una desigualdad social que rankea entre las peores del mundo, un país que aplaude la llegada de los militares y sólo sale a la calle a solidarizarse si se lo pide don Francisco por televisión.

Todo es una cuestión de expectativa. Esa es la tragedia chilena, la de las expectativas, la del país que quiso ser y nunca será. Los haitianos no esperan casi nada de sus autoridades y por eso saben esperar. Los saqueadores de Talcahuano, los linchadores de Concepción, pagaban y seguían pagando departamentos “como en Santiago”, nuevos y con piscina, que se derrumbaron como castillos de naipes. Más que siniestrados, fueron estafados. No tienen paciencia, porque la paciencia no era parte del contrato. Desnudos, mientras la autoridad gubernamental se esfuerza en negar su existencia, mientras la autoridad local atiza el fuego –negando el reparto de ayuda a las poblaciones que participaron en saqueos–, los clientes a los que no les vende nada entran a robar no para sobrevivir sino para ser consolados. ¿Se arrepienten? No tienen tiempo, saben que olvidarán todo eso en tres meses. Saben que esa capacidad de olvido es lo que ha mantenido a Chile de pie de terremoto en terremoto, aprendiendo lecciones que es mejor que olvide para seguir adelante, tropezando cien veces con la misma piedra que es quizá Chile mismo.

De todos los Chiles posibles sólo dos han mostrado en este terremoto su debilidad estructural. Por un lado, el viejo Chile de adobe: la hacienda, el monasterio de paredes gruesas, la vieja casona de tierra y pasto. Ese Chile arcano y el recién inaugurado, el de los edificios inteligentes de la ciudad empresarial, las carreteras concesionadas, los aeropuertos aerodinámicos. Como los dos extremos de un paréntesis, el Chile colonial y el posmoderno han quedado al mismo tiempo en tela de juicio. ¿Qué tienen que ver esas dos ruinas? La casa de adobe, como el departamento de diez pisos en la muy sísmica Concepción, fueron construidos a espaldas del país. Copia el adobe de la hacienda extremeña y andaluza. Copia el edificio Alto Río de Concepción o el Emerald de Ñuñoa, de un cierto Miami donde los huracanes y no los temblores son el problema principal. Entre medio, en la época en que se construyó el edificio cuadrado y sin gracia en que escribo este artículo, aprendimos las lecciones de la tierra. Las leyes estrictas que cumplieron los gobiernos de Alessandri, Frei, Allende, Pinochet, Aylwin y Frei Ruiz-Tagle. De signos contrarios todos estos gobiernos, de ideologías muchas veces enemigas, pero marcados por la memoria de nuestra fragilidad, conscientes de nuestra falla, acumulando los unos y los otros conocimientos sobre cómo se tiembla y hasta cuándo.

Así, más que destruir nuestras ilusiones, más que quebrar el milagro chileno (se espera para los próximos meses un crecimiento espectacular de la economía chilena), el terremoto nos devolvió a una constante que ya habíamos olvidado: preocuparse por las bases de los edificios, no subir demasiado alto, no alejarse demasiado de la falla terrestre. Castigo a nuestra soberbia, pero también fin de fiesta. Comienzo de un invierno al que no sabemos ya volver.

El discurso inaugural de Piñera, lleno de invocaciones a Dios y parrafadas patrióticas, demuestra que el sueño de una derecha liberal ha quedado nuevamente archivado. Como niños que somos cada vez más, ante el reto del padre televisivo que es don Francisco, los dueños y dueñas de casa esperan la oscuridad de la noche para devolver lo robado. Ilusionados, como se ilusionan siempre los niños, con la idea de que pueden convencer al padre de que no pasó nada, de que todo fue un sueño, una pesadilla, un juego. ~