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artículo no publicado

Taxonomías

 

Los pálidos del ocio

 Dolores Castro

 

Los pálidos del ocio,

las débiles sombras

de los guerreros pusilánimes,

los  seducidos por la delgadez,

los anoréxicos.

 

Los indiferentes,

de piel espesa,

envueltos en sí como una oruga.

 

Los arbóreos,

como secoyas,

con mucho tiempo en el tronco,

sobrevivientes pausados

que saben extinguirse.

 

Los bien portados,

vestidos, por dentro y por fuera,

por el mall y la época:

odian el error, deambulan,

no se tropiezan;

viven a los ojos del prójimo

tan cómodos como en familia,

no tienen callo, no se reprochan;

su superficie pulida e impermeable,

su poca piedad

por lo raro y anómalo,

su repugnancia al esqueleto

                            [equivocado

del inválido,

a la mala fortuna,

los protege;

de niños prueban lo correcto

y se quedan

como quien sube a una escalera

                                        [eléctrica

y juega a las estatuas de marfil
                               [de la conducta.

Los nerviosos,

que tienen tics y parpadean,

extranjeros

a ambos lados de su piel;

agitados por un sismo de decisiones;

tiemblan sin moverse

en un nudo de energías

contradictorias.

 

Los abúlicos

que desfallecen

en la palidez de un deseo.

 

Los imperceptibles por pobres,       

gente de poco ruido,

les llama Santa Teresa;

en  las noches

sueñan con fogatas

sedentarias,

que recojan los rescoldos

de fogatas antiguas.

De la intemperie

y la mudanza,

de pepenar las sobras,

viven,

de recoger las ramas,

de calentarse

alrededor

de la pequeña fogata

fugitiva.

En las noches encienden

fogatas apenas perceptibles,

en las mañanas son expertos

en el arte de esfumar las cenizas.

 

Los tardíos,

que no alcanzan lo nuevo,

porque siembran en temporal

y dependen de la lluvia

que hace lo que quiere

más que de los surcos y los bueyes.

 

Los insomnes de a pie,

los trasnochadores de esquina, 

que en vez de estar dormidos,

reponiéndose,

para amanecer en la vigilia

del trabajo,

están junto a los postes

desvelados,

jugándose

el día siguiente,

erguidos en el insomnio

hasta que los vence el cansancio

y, a tientas,

se meten en sueños y pesadillas,

en pesadillas más que en sueños,

que los despiertan

más insomnes que nunca,

desarreglados y mal dispuestos

y chupan faros,

como los otros.

 

Los fumadores,

adoradores del humo

que pasa por los pulmones.

 

Los sobrevivientes,    

clavados,

por ahora,

en esta enumeración

que no termina.

Las lavanderas…

los orientales… ~