Suplementos culturales: Convergencias y divergencias | Letras Libres
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Suplementos culturales: Convergencias y divergencias

Vitrinas en donde se exhibe y se valida el arte de un tiempo, espacio intermedio entre el mercado y la cultura, entre la fugacidad de los diarios y la permanencia de lo artístico, entre el creador y el público, termómetros del nivel creativo de una sociedad artística y de su exigencia crítica, los suplementos culturales cumplen una función de bisagra entre lo que se hace y lo que se dice, entre lo que se escribe y lo que se lee, entre lo que se pinta y lo que se exhibe, entre lo que se compone y se interpreta. En decir, entre el espacio privado del artista y el espacio público del arte. Los suplementos de España se debaten entre la inercia y la innovación, los usos y costumbres heredados y la audacia de lo nuevo. Para discutir sus postulados, sus principios y certezas, hemos invitados a María Luisa Blanco, de Babelia (El País); a Blanca Berasátegui, de El Cultural (El Mundo); a Fernando Rodríguez Lafuente, del ABC Cultural, y a Llàtzer Moix, de Culturas (La Vanguardia).
 
¿Piensa que la función primordial de un suplemento es la de ser un reflejo de la oferta cultural o más bien una interpretación de la misma?
 
Blanca Berasátegui: Creo que debe ser ambas cosas: reflejo e interpretación, pero también algo más: considero que los suplementos de los grandes periódicos no deben ya limitarse a ser meros catálogos de críticas de libros, conciertos o exposiciones, sino que ha llegado el momento de que ejerzan, ellos mismos, de agentes e instrumentos culturales. Me refiero a la inclusión de páginas de creación literaria, debates, entrevistas... que reflejen, interpreten, seleccionen y ofrezcan a los lectores cada semana un menú variado, atractivo y riguroso de la oferta cultural. Es fundamental, a mi juicio, que los suplementos sean capaces de separar el grano de la paja en esta marabunta cultural y pseudocultural en la que nos movemos. Porque una cosa parece clara: hay mucha más paja que grano, y hay que decirlo. Pero intentamos también estar atentos a tendencias, corrientes subterráneas y nuevos valores. Quiero huir del suplemento aburrido como de la peste.
 
María Luisa Blanco: Es ambas cosas. Es información y es crítica, orientación y selección. Hablamos de periodismo cultural y ambos conceptos tienen que estar presentes en esas páginas. Son dos caras de la misma moneda y cada una actúa de contrapeso de la otra. De todas formas una cosa es la cultura y otra la oferta (esta palabra ya apunta a lo mercantil) cultural. ¿Qué lugar ocuparían los clásicos no contemplados bajo oferta alguna?
 
Fernando R. Lafuente: En el caso de los libros, debido al ingente número de títulos que se publican en España cada año —además de los que incluimos publicados en Latinoamérica—, sería una tarea inmensamente inútil tratar de reflejarlos, por lo tanto cada semana el Suplemento presenta, quiera o no, una interpretación de esa labor editorial. Esa interpretación —que se extiende al ámbito de las exposiciones, los conciertos y el cine— es el perfil del Suplemento. Si se permite la licencia literaria, sería algo así como ese viejo relato de Borges en el que alguien corta una tela a lo largo del tiempo y al final descubre que lo cortado corresponde al perfil de su cara. Es decir, a la tarea compleja de decidir cada semana qué entrará en las poco más de cuarenta páginas que constituye el Suplemento ABC Cultural —siempre al hilo de lo que ocurre, porque la primera, pero no única, razón de ser es la de informar— se une esa labor de selección, de interpretación. Y ahí vale la recomendación de Cortázar, "la cuestión es creerse genios y acertar". Modestamente tratamos de acertar —no de ser genios— con la selección, porque al final ese reflejo semanal será, sin duda, una interpretación del pulso cultural. Es tal esa ingente masa de publicación que la ausencia de determinados títulos ya es un síntoma de su crítica. ¿Para qué malgastar páginas en una crítica negativa de un autor o autora sin interés? Otro caso es el de alguien reconocido que ha escrito una obra mediocre. Entonces sí merece que el crítico advierta al lector que, en este caso, le están dando, bajo el renombre del escritor, gato por liebre.
 
Llàtzer Moix: Tiene las dos funciones. Un suplemento cultural vinculado a un medio de información general no puede cerrar los ojos ante la oferta de la industria cultural, pero está obligado a filtrarla, valorarla, jerarquizarla. Debe hallar el modo, en paralelo, de detectar y definir las nuevas tendencias. Debe por tanto ser un reflejo elaborado de la realidad tangible y, en la medida de lo posible, también un reflejo de la realidad que se está conformando y todavía no se ha manifestado en toda su plenitud.
 
En su opinión, ¿qué criterios permiten que la relación con el medio editorial sea saludable o permita un mínimo grado de independencia crítica?
Berasátegui: A mí me parece que conseguir la independencia crítica es mucho más fácil de lo que suele decirse, lo que es difícil de adquirir es el talento. No me basta con "un mínimo grado de independencia crítica", nosotros queremos más. En los casi veinte años que llevo organizando páginas culturales no he conocido tiempos en los que la crítica fuera más profesional, independiente y rigurosa que ésta. Naturalmente que hay de todo, como en todos los campos, pero (y emulando a Mario Muchnik) "lo peor no son los críticos". Entre otras cosas porque la figura del crítico, al menos en nuestro Cultural, es bien distinta a la estereotipada durante años. El perfil del nuestro es el del catedrático de universidad, alejado del mundillo editorial, que no vive de las críticas que publica... Dicho esto, hay que convenir que nuestra relación con el medio editorial está llena de tiras y aflojas, con balance positivo. Nuestro fin es distinto: nosotros no tenemos que vender libros, pero nunca me he sentido presionada por ninguna editorial, entre otras cosas porque tenemos la suerte de no pertenecer ni tener detrás a un grupo editorial. El peligro, a mi juicio, está en el mercado, en el marketing, en la publicidad de determinados productos culturales nefastos frente a los cuales la opinión negativa de cualquier crítico serio apenas puede hacer nada. Sí, muchas veces me siento vapuleada por el mercado.

Blanco: La independencia y el rigor son los únicos criterios posibles. El compromiso es siempre con el lector y nunca con el editor ni con el autor.

Lafuente: Hace unas semanas el editor de The Times Literary Supplement, Ferdinand Mount, recordaba que basta el interés de una editorial por la reseña de un libro para que ese libro no salga. Me parece no sólo una opinión, sino un modelo ejemplar, y muy higiénico, de comportamiento. Lo único que nos queda, en medio de tantas operaciones de mercado, listillos con tirantes que hablan de números y espectáculos circenses en torno al libro, es ese momento del crítico en el que en la noble soledad de la lectura toma sus notas para escribir después su reseña con absoluta independencia, si no...
Moix: El conocimiento y el respeto mutuos suelen ofrecer una buena base para las relaciones entre periodistas y editores. Aunque no siempre se dan las condiciones indispensables para que dicho respeto pueda existir. La independencia de los medios no debería perderse ni siquiera cuando hay comunidad de intereses económicos entre empresas periodísticas y editoriales.

¿Qué importancia tiene en su trabajo la dimensión industrial o mercantil del mundo de la cultura? ¿Cómo administra la tensión entre las dos fuerzas parcialmente solapadas que son la cultura y el mercado?
Berasátegui: Tiene mucha importancia. Diría incluso que parte de lo bueno y casi todo lo malo se deriva de esa dimensión industrial y mercantil que está adquiriendo la cultura en los últimos años. Por un lado, nadie duda de que es bueno que acceda a los bienes culturales el mayor número de personas posible, que la cultura entre a formar parte de la cadena de consumo, que no sea, como ha sido siempre, el bocado de unos pocos. Nadie duda tampoco de que mercado y cultura son dos fuerzas difícilmente reconciliables, y que así sea. El mal llega en cuanto se solapan, como es hoy tan frecuente. Por eso un suplemento cultural tiene la obligación de combatir la presión de los excesos mercantiles, esos que convierten tan a menudo en noticia cultural lo que es simplemente un acto de propaganda. La única manera que se me ocurre para "administrar la tensión" es decir por ejemplo que una novela es mala y está mal escrita, aunque haya sido un premio Nobel el que la haya presentado. Naturalmente, los periódicos y la televisión sacan sólo al premio Nobel cantando las delicias de la novela en cuestión. Luchar contra eso es muy difícil y, sobre todo, bastante inútil.

Blanco: Vivimos en una sociedad de mercado y por tanto no se puede vivir de espaldas al mismo, pero aunque el mercado sea un factor ineludible, no debe ser nunca el primordial. Aquí prima la cultura igual que primaba en el binomio oferta cultural/cultura. Por otra parte, el trabajo de un suplemento es a largo plazo. Un autor puede vender mucho pese a las críticas negativas y eso le sitúa del lado del mercado, pero nunca pasará de ese ámbito mercantil y no recibirá el aval de un suplemento serio y riguroso para el que la calidad literaria está por encima de las cifras de venta. Por el contrario, un autor de prestigio puede que no venda mucho pero no tiene dificultad en encontrar un hueco en esas páginas y puede llegar a formar parte de la historia de la literatura o el pensamiento.

Lafuente: La misma pregunta cabría hacerla a los responsables de un periódico o de una revista como Letras Libres: ¿cómo administran la tensión entre las dos fuerzas parcialmente solapadas que, en su caso, serían, también, la información y el mercado? Habría que contestar que con cuidado, con delicadeza. La cultura es el gran fenómeno de masas de la segunda mitad del siglo xx y no tiene aspecto de que esa dirección vaya a cambiar en estos primeros años del siglo xxi. Por tanto, es preciso tener en cuenta esa dimensión industrial pero en su cabal espacio. Recordaba el sabio Cabrera Infante que cada vez que oye a algunos hablar de "alta cultura" le suena a "alta costura". Hoy no caben ni el solipsismo de las sectas, supuestamente cultísimas, ni el arribismo de cuatro cantamañanas que quieren ganar prestigio personal al escribir un libro infame. En esa difícil geografía, tan equidistante de ambos, procura moverse el Suplemento.

Moix: Tiene un impacto creciente, cercano ya al agobio, a la saturación. Pero es un impacto que intentamos amortiguar. No se trata de equilibrar la atención a los productos culturales con la prestada a los productos industriales. Ambos intereses pueden solaparse. Se trata de mantener una voluntad de servicio al lector, dominada por criterios de calidad, de excelencia, sin menospreciar otros criterios, circunstanciales, como puede ser la actualidad.



¿Qué utilidad o sentido tiene la publicación en un suplemento de la lista de los libros más vendidos? ¿No termina de confundir aun más las complejas relaciones entre calidad artística y valor de mercado?
Berasátegui: Soy partidaria de la aparición de las listas de los libros más vendidos en los suplementos. ¿Por qué no van a salir? ¿Qué razones hay para que no salgan? ¿Por qué en un suplemento de sesenta páginas no va a haber una con las listas que los libreros dicen que venden? A mí lo que me parece escandaloso es que se dedique una doble página a festejar la obra de un amigo o de un colega de editorial si la obra en cuestión es mala. Pero no demonicemos a las pobres listas de los más vendidos. ¿La utilidad? Pues que los lectores tienen derecho a saber los libros que más se venden, sin juicios de valor ni mediación alguna. ¿Por qué no? ¿Confusión? No debiera haber confusión. Las listas aparecen por lo general en espacios muy fácilmente identificables y no se mezclan con las críticas, que son las que juzgan la valoración artística de los libros. Prueba de ello es que muchos de los libros que aparecen en esas listas no han sido criticados en nuestras páginas. En resumidas cuentas, las listas no son las que confunden, lo que confunde es la crítica improvisada, tendenciosa, publicitaria o vengativa.

Blanco: Como se ha dicho anteriormente, las cifras de venta no están en consonancia con la calidad de los libros, por tanto esas listas son prescindibles en un suplemento cultural. En Babelia no existen. En el espacio que ocupan esas listas cabe un poema.

Lafuente: La publicación de los libros más vendidos tiene la utilidad que cada uno quiera darle. Hay lectores que lo primero que buscan en el Suplemento es la dichosa lista. Ya que parece inevitable publicarla intentamos —por medio de la red de librerías y bibliotecas públicas que nos suministran los datos— reflejar el hecho de la manera más aséptica posible. Al final las listas no confunden sino a los que están encantados de confundirse incluso consigo mismos. La calidad artística y el mercado nunca han tenido relación y espero que no la tengan. Lo cual no quiere decir que autores de éxito vendan muchos libros. Miel sobre hojuelas. Pero a posteriori. La relación no implica calidad, pero tampoco la elimina. Veamos caso a caso. También es cierto que esa idea romántica del artista incomprendido huele un poco hoy, cuando es posible editar libros de mil maneras y con medios muy baratos.

Moix: La lista de los libros más vendidos es la voz del mercado y también una guía de compra. El resto del suplemento cultural, y en particular su apartado literario, es una voz distinta a la del mercado, me atrevo a decir que más escuchada y apreciada. Los lectores saben distinguir entre una voz y la otra. Ambas existen, pero con mensajes no coincidentes. La lista de los libros más vendidos tiene sentido como información complementaria.

¿Qué tipo de lector tiene en mente a la hora de confeccionar el suplemento?
Berasátegui: Me resulta muy complicado imaginarme a un público determinado. Supongo que tenemos varios tipos de público, y con ello cuento. En principio, a mí me gustaría que las páginas del suplemento fueran útiles a todos los lectores del periódico, aunque, naturalmente, por distintos motivos. Es decir, yo quiero hacer la revista para un público indeterminado, porque ya sabemos que el específico no parece pasar de veinte o 25 mil personas que leen la mayor parte de los suplementos culturales. Ahora bien, si haces una buena sección de cine, puedes dirigirlo a los cinéfilos no necesariamente interesados en la poesía, o al revés. Buscamos interesar al simple curioso sin ofender al especialista. Y abarcamos varios campos de la cultura para interesar al mayor número de gente posible, al margen, claro está, de considerar que un suplemento cultural no puede obviar la música, el teatro o el cine. Si se hacen las cosas bien, el lector irá llegando. Muy poco a poco, pero irá llegando.

Blanco: El lector habitual del periódico. Desde el especialista al lector aficionado o curioso. El suplemento se esfuerza en la claridad sin renunciar a la profundidad.

Lafuente: Al lector del periódico y a otros que no leen el periódico el resto de los días, pero que cada sábado —como invito a los lectores de Letras Libres a que hagan— compran ABC por su suplemento cultural. Es decir, a esos ciudadanos que en estos tiempos de desasosiego todavía sienten curiosidad intelectual por las cosas que pasan alrededor y tienen la suficiente sensibilidad para descubrir que la vida merece la pena tras la lectura de un libro, la visita a una exposición, la audición de un concierto o la visión de una película. No me olvido del teatro, al que, pronto, dedicaremos nuevas páginas. El Suplemento, sobre todo, procura buscar complicidades, alentar la lectura y demás al mayor número de lectores posible, no sólo a los especialistas que ya disponen de revistas, insisto, de tanta calidad como Letras Libres o Revista de Occidente, en las que la crítica y el artículo de reflexión disponen del espacio adecuado, difícil para un periódico o un suplemento. El suplemento es algo complementario a la magnífica labor de las revistas, no su sustituto.

Moix: La Vanguardia conoce el perfil de los lectores de sus páginas de cultura, que tienen un nivel de formación medio-alto y son lectores habituales. A ellos se dirige con el ánimo de informarles tanto sobre los ámbitos informativos que frecuentan y, en alguna medida, ya conocen, como sobre los ámbitos que desconocen y, probablemente, les van a sorprender.

¿No hay una excesiva dependencia de figuras engrandecidas por su presencia reiterada en las páginas de los suplementos? ¿No sería más adecuado un sistema de rotación a la manera de la prensa cultural anglosajona que diera cabida a un mayor número de lecturas y puntos vista?
Berasátegui: No me parece excesiva. Creo que ahora hay más suplementos que nunca y que la competencia entre los medios los está haciendo, si no mejores, sí más amplios. Me parece bien asimismo la manera anglosajona, más variada pero también menos profesional. Me explico: lo ideal es que el lector confíe en el criterio de un crítico que le guste y le siga en sus juicios. Si el nombre de los críticos varía excesivamente, es difícil que los lectores los sigan. Pero en fin, me parece un asunto menor y me parece muy bien dar cabida a distintos puntos de vista.

Blanco: Los criterios del suplemento los marca el director del mismo y no los críticos, es decir, depende del crítico el ganarse cada semana la credibilidad y es tarea del director el atajar cualquier tipo de uso interesado de esa tribuna. El lector ideal es el lector con criterio y crítico incluso con los críticos, y será el primero en retirar su aval al suplemento cuando se vea traicionado.

Lafuente: No creo que quepa hablar de "figuras engrandecidas", salvo que, como bien se dice en la pregunta, sea por su presencia reiterada en las páginas. Lo que sí hay es una nómina de críticos cada vez más cercanos a los lectores, al menos eso intentamos en el Suplemento, que cada semana apuestan por un libro, una exposición, un concierto o una película. Pero, sin duda, los dos modelos se irán acercando y complementando. En materia de cultura parece unánime la opinión de que es mejor sumar y no restar. Y al crítico como al escritor lo engrandece el lector. Ojalá fuéramos cumpliendo cada vez más la vieja advertencia de Baudelaire: "la crítica debe ser parcial, vehemente y política".
 
Moix: Sí la hay. Es reiterativa y, además, tapona a los creadores emergentes. Esa rotación sería interesante, y de hecho se produce ya, aunque no al ritmo preciso para dar cabida a todas las nuevas expresiones. Conviene matizar que el factor fama tiene también su peso, a menudo bien merecido, y con demasiada frecuencia insustancial. ~