Suarès, el misántropo | Letras Libres
artículo no publicado

Suarès, el misántropo

De todos los críticos literarios de la Nouvelle Revue Française (NRF), la gran revista literaria que hace no mucho festejó su centenario, ninguno menos actual que André Suarès (1868-1948). Es un anticuado Suarés, portavoz de un esteticismo un tanto cursi, un poco grosero en su vitalismo desenfrenado, recolector de sus propios ensayos bajo un título como Sur la vie (Sobre la vida, 1909) y autor de retratos históricos, filosóficos y literarios de todos los tamaños y características, dedicados lo mismo a Napoleón que a Debussy (fue un leído crítico musical), a Shakespeare y a Pascal.

El personaje es interesantísimo, como asombroso es ver sus fotografías. De joven, cuando peregrina a Italia trae Suarès la melena sobre los hombros, obsesionado como estaba por una imitación de Cristo que le hubiera funcionado mejor en los años de los hippies. Como resultado de ese viaje stendhaliano publica su mejor libro (Voyage du Condottière, 1910-1932). Y ya mayor, aparece fotografiado como un Fausto de opereta o un hidalgo. Tenía Suarès, como lo indica su apellido, orígenes sefarditas y gozó de la amistad de Miguel de Unamuno y de la frecuentación del Quijote.

Nació Suarès en Marsella, hijo de una familia judía practicante. E.R. Curtius, su lector en Alemania, lo creyó bretón y en un gazapo que prueba la subjetividad del determinismo geográfico, le dedicó un ensayo retratándolo como el típico hombre del Norte francés. Suarès fantaseaba con los origenes bretones de su madre y en alguna ficción autobiográfica –la que cayó en manos de Curtius– se hacía pasar por bretón.

Sostuvo Suarès un largo flirteo con el cristianismo, pero nunca se convirtió, para la desesperación del poeta Claudel que invirtió en su caso, como en el tantos otros escritores tentados por la conversión, mucha energía. Suarès llegó a Roma haciendo su propio camino. Le hizo en 1917 una famosa entrevista a Benedicto XV, un papa pacifista al que le tocó enfrentar a la Gran Guerra. Querría arrancarle Suarès a los cristianos la figura de Jesús y fundar con éste una nueva religión ecuménica. Antes que a André Gide, la idea se le ocurrió a Suarès, tras descubrir a Tolstói y a Dostoievski.

Cuando todo indicaba que el tiempo de Suarès, si es que tuvo alguno, había pasado y que sería recordado por haber sido el room mate de Romain Rolland, la historia le hizo un regalo envenenado: Hitler. Desde el principio hasta el fin, desde antes que los nacionalsocialistas llegaron al poder en 1933, fue Suarès el más virulento y constante de los panfletistas antinazis. En una ocasión, dada la inoportunidad y la aparente sinrazón de su causa, tenida por histérica, de su encono, fue suspendida la publicación, en la NRF, de sus artículos. El editor rival, Bernard Grasset, temía imprimir Vues sur l’Europe, que reúne la obra antihitleriana de Suarès, por temor a un conflicto diplomático. Sólo lo hizo en 1939 cuando el mal ya estaba hecho y los alemanes estaban invadiendo Polonia.

No procedía Suarès por germanofobia ni quiso que se estimara que su guerra contra Hitler era un duelo personal motivado por su origen judío, de tal forma que por esa y otras razones, escatimó el testimonio de sus orígenes. Se había iniciado en el periodismo combatiendo por la inocencia del capitán Dreyfus, por la Francia republicana, él que era el menos laico de los escritores. En 1940, Suarès, seguido de cerca por la Gestapo, huyó al sur de Francia. En 1945 murió su esposa de toda la vida y desposó a su secretaria, para garantizar la difusión de su obra.

Suarès fue uno de los últimos estetas en vivir, sin escrúpulo alguno, de la generosidad de sus mecenas, como lo fue la condesa Murat. También Jacques Doucet, el modisto y gran benefactor de las letras, abonaba 300 francos al mes a la cuenta de Suarès. Escribió muchísimo Suarès, en un estilo recargado y retórico que su rival (y camarada en la denuncia del espíritu de Münich) Julien Benda puso como ejemplo de la “literatura bizantina”, del “lirismo ideológico”. Sus pocos y fieles curadores no han acabado de publicar sus inéditos y reeditar sus libros olvidados. En los últimos veinte años han aparecido cuatro tomos (Âmes et visages, Portraits et préférences, Idées et visions, Valeurs) de Suarès, uno de los últimos franceses en jurar por el ideal arnoldiano de la literatura como crítica de la vida. “El público”, escribió André Suarès, “no tiene ningún derecho sobre mi persona; tiene todos los derechos sobre mi obra.”

(Publicado previamente en El Ángel de Reforma)