Steve Jobs: La vida sin instrucciones | Letras Libres
artículo no publicado

Steve Jobs: La vida sin instrucciones

Nadie cuyo ordenador sea una verdadera extensión de su cerebro (y no una palangana) puede negar el impacto del diseño de la máquina en la vida diaria. Nadie que comprenda realmente lo que significa salir al frente con su inteligencia debe ignorar el caso del empresario Steve Jobs. Como suele decir Cristian Campos, sobre gustos sí hay mucho escrito.

Hace tres años me regalaron un iMac. El cuadernillo que lo acompañaba era por primera vez una elegante cortesía y no un trámite que saltarse (los libros de instrucciones ya son cosa de tipos como Ned Flanders). Uno de sus epígrafes era “La vida con un iMac”. Cristalino. Como la copa de Beatrice Warde: nada que ver con el duralex del PC. La vida pasóa ser otra cosa, en efecto. Una vida sin ruidos, sin más preguntas de las necesarias. Sin mareos. En la que para desinstalar un programa bastaba con tirarlo literalmente a la papelera. Spotlight acababa con la burocracia del Explorador de Windows.

Steve Jobs no inventó nada, piaban a las pocas horas de su muerte. Están sus patentes, pero no solo. Que hable él:

 

La creatividad es simplemente conectar cosas. Cuando les preguntas a las personas creativas cómo hicieron algo, se sienten un poco culpables porque no lo hicieron realmente, simplemente vieron algo. Les parece obvio solo al cabo de un tiempo. Eso es porque fueron capaces de conectar experiencias que han tenido y de sintetizar cosas nuevas. Y la razón de que fueran capaces de hacerlo es que han tenido más experiencias o han pensado más sobre sus experiencias que otras personas [Wired, febrero de 1996].

 

La ejecución lo es todo, y las intenciones mero pasto de pusilánimes, cuotas y wannabes. Bien lo sabe Mark Zuckerberg, tan joven: Facebook solo ha contribuido a urbanizar internet.

El iPad es al libro lo que el libro es al papiro. Se trata del camino que va del talento a la excelencia, pocas veces recorrido. “Construimos el Mac para nosotros mismos”, declaró Jobs a Playboy en 1985. Eso es clave. El genio de Jobs surgió de la observación, no del ensimismamiento. De lo primero sale un soberbio smartphone con un único botón. De lo segundo sale algo que intenta parecerse al iPhone. (Lo que ya no soy capaz de imaginarme es de dónde sale la inexplicable BlackBerry.)

El diseño, como decía el propio Jobs, no consiste solo en el aspecto que tienen las cosas. Es, en mayor medida, cómo funcionan; su estructura y su lógica internas. En este sentido creo que nunca se pondera lo suficiente la gran herencia de Jobs, que es la razón por la cual los clientes de Apple, y muchos de sus usuarios, no quieren –no queremos– ni oír hablar de volver al PC. No es simplemente un gusto por las estéticas algo más refrigeradas, sino algo más metódico. Los productos de Apple tienen una única dificultad: es preciso cambiar la mentalidad. Es imprescindible acostumbrarse a operar con menos obstáculos y a no tener que dar rodeos absurdos a capricho de una programación tiránica. A pagar por los servicios prestados y dejar el orgullo del ferretero para mejor causa. Todo ello tiene un impacto sorprendente en las maniobras diarias. Después, ya no resulta tan difícil ver por qué un iPad necesita un puerto USB tanto como un Cristo dos pistolas.

Pero hay algo más que acentúa el sentimiento de pérdida tras la muerte de Steve Jobs. Él defendió enérgicamente la existencia de un target, que es otra de las claves  de nuestro tiempo. Decidió dirigirse a un mercado específico –¡yo también soy mercado!– al que jamás “vendería basura”. Esa decisión guarda una estrecha relación con la urgente necesidad de hacer periódicos digitales para los lectores de periódicos y frenar esta rendición casi horizontal a “la arrogancia de la banalidad que exige ser tenida en cuenta”, que decía Karl Kraus con gran dignidad.

Creo que Steve Jobs no cambió el mundo, como tampoco lo han cambiado las leyes antitabaco. Pero ambos han contribuido profundamente a la evolución de la sociedad mejorando la calidad de vida de sus individuos. Porque las sociedades avanzan con reglas. Paradójicamente, lo más revolucionario que hizo Jobs fue saltarse la regla  de que en internet no había reglas. Y dar la instrucción de diseñar una vida sin instrucciones. ~