Sodomías | Letras Libres
artículo no publicado

Sodomías

I
      
     El 6 de marzo de 1997, que era jueves, el director del periódico El Mundo, Pedro J. Ramírez, acudió a casa de Exuperancia Rapú y mantuvo con ella relaciones sexuales que fueron filmadas con el desconocimiento del hombre, la anuencia de la mujer y la participación técnica de un Sánchez-Cantalejo que, oculto en un armario, hizo funcionar una cámara de vídeo camuflada mediante un elemental pero eficaz procedimiento.
La filmación resultante fue comercializada y llegó a algunos domicilios, particulares y de empresas, españoles y durante varios meses se convirtió en la abyecta comidilla de políticos, periodistas, empresarios y otras gentes de interés. Luego se convirtió, exactamente, en un clásico, como se dice en una de las miles de alusiones al caso que circulan por Internet y que suelen incluir direcciones desde donde descargar el vídeo: "Es todo un clásico. Recuerdo perfectamente cómo en mi instituto se hicieron cientos de copias, juntábamos dos vídeos y dale que te pego, todo el mundo quería tener el vídeo, ¡hasta el director! Incluso hubo, dicen las malas lenguas, una cinta que pasó por el despacho de la junta de estudios, y eso que era un instituto de derechas."
     Las escenas filmadas resultaban contradictorias con lo que el público esperaba de la vida sexual de Pedro J. Ramírez. Por varias razones. En primer lugar, el periodista estaba casado con una mujer distinta a Exuperancia Rapú, lo que era señal indiscutible de adulterio. Bastante distinta, habría que añadir, y ésta es la segunda razón del desconcierto: el imaginario público habría transigido con la prueba documental de un flirt entre iguales. Pero, desde el nombre, todo en Exuperancia Rapú resultaba excesivamente desigual y lóbrego. Aunque la moral burguesa asume determinadas formas de envilecimiento (la tournée des grands ducs suele culminar en un fin de fiesta sexual), no hay duda de que no incluye su pormenorización videográfica. Pero ni el adulterio, tout court, ni las características de su pareja habrían sido suficientes para el propósito de los que idearon el montaje. El vídeo se grabó y se distribuyó porque el director de El Mundo aparecía en él vistiendo un corpiño femenino, dicen que rosado y, en especial, porque su pareja lo sodomizaba con un vibrador, después (o quizá fuera antes) de orinársele. El juego erótico de la humillación en el que el periodista había participado se convertía, a través de la grabación y distribución de las imágenes, en una humillación pública real que adquirió de inmediato el perfil de la venganza.
     Tras encarar la primera ronda de problemas familiares y profesionales, de evaluar algunas salidas del laberinto entre las que se contaba la de negar que el hombre del vídeo fuera él (parece que la mala calidad de las imágenes le permitía intentarlo), el 7 de noviembre de 1997 Pedro J. Ramírez denunció el caso ante un juzgado de Madrid. Este verano, después de cinco años y algunas peripecias judiciales, se hacía pública la sentencia. Los magistrados condenaron a la mujer y su cómplice y a otros dos hombres que intervinieron decisivamente en la producción y distribución del vídeo. El primero de estos hombres se llama Ángel Patón y el segundo José Ramón Goñi Tirapu. Condenaron a otros dos también, pero no vale la pena ocuparse de ellos.

II
     El 17 del pasado agosto, domingo, Shere Hite dedicó su habitual columna de El País Semanal a lo que llamaba "El erotismo masculino oculto". Las columnas de la sexóloga Shere Hite me parecen, por lo general, modélicas. Están escritas con claridad, manejan datos e informaciones concretas y aplican a los asuntos sexuales el principio de la realidad, que suele resultar alegremente perturbador. En la citada columna la señora Hite se extendía en vívidos detalles sobre el placer que los hombres obtienen con su culo. Y acababa con este párrafo. Es largo, pero muy afinado:
Según mis investigaciones, la mayoría de los hombres no quieren que les penetren, ni física ni emocionalmente, y, sin embargo, sí quieren. Igual que en el amor y el matrimonio los hombres creen que van a ser felices si dominan la relación, la controlan, en vez de arriesgarse a tener una relación más equitativa, de toma y daca; en el sexo tradicional los hombres dicen que quieren penetrar a la otra persona, empujar, estar al mando y decidir que el objetivo del sexo es su orgasmo, pero, al mismo tiempo, desean lo contrario, perder el control, dejarse dominar por la otra persona. Controlar algo, sea en el sexo o en una relación, es aburrido a largo plazo. La mayoría de los hombres desean un contacto más íntimo, sentir más, y no sólo dominar, sino ser penetrados y dominados. ¿Cuántos se permiten intentarlo?
El periodista Pedro J. Ramírez se permitió intentarlo. Salía del trabajo, se llegó donde Rapú, y por la noche volvió a su casa. "Ser penetrado y dominado", exactamente. Lo quieren la mayoría de los hombres, dice la Hite. Aunque sólo sea para variar. ¿Cómo es posible que la satisfacción de un deseo tan común, tan inocente, tan barato se convierta en materia de una venganza, en instrumento del descrédito social?
     La respuesta a esta pregunta la dio en el juicio el propio periodista cuando le preguntaron por el desarrollo de los hechos. "Rapú me dio una bebida en la que yo creo que había una sustancia destinada a alterar mi comportamiento, a inducir mi conducta sexual." Eso dijo. Whisky. Quizá fuera whisky. El que Pedro J. Ramírez se comportara durante esa parte del juicio como un pobre burgués atemorizado por sus fantasías confirma la plausibilidad del método empleado contra él por los delincuentes. Un bebedizo, que dice que le dieron, bastó para transformar al caballero penetrante en una piltrafa penetrada. El bebedizo, como deus ex machina del honor, tiene una larga tradición literaria: asume por igual los vahídos de las jóvenes princesas de castillo como los derrapes burgueses.
     Aún es difícil saber si el episodio que se cerró judicialmente el pasado verano afectará a la carrera profesional del director de El Mundo. La frase siempre es la misma: "Sigue siendo director de El Mundo." Unos la dicen para demostrar la insólita tolerancia de este país, e incluso la solidez de su fibra moral, y otros para probar el inexorable atasco en que ha embarrancado la carrera de un hombre al que, siempre, se le verá el corpiño. Pero de ninguna manera su tierna alusión al bebedizo modificará la percepción que se tenga de su caso. En realidad, el bebedizo no es más que la condición necesaria del impulso que lo llevaba a casa de Rapú. El buen burgués que para ultimar su goce necesita del doble fondo. Todo bellamente perdido, Pedro J. podría haber llegado hasta el juez y dicho, con sequedad aristocrática: "Ése del vídeo soy yo, investigue quién lo grabó y quién lo hizo correr; pero no espere que diga nada más sobre lo que hacen un hombre y una mujer cuando cierran la puerta." O podría haber aprovechado el incidente para reforzar su lado canalla, tan grato a la mítica tradición periodística de la que gusta reclamarse. Bastaba con que dijera que un periodista, rozado siempre con el mal y la basura, no tiene el culo de un monje de Silos. O que tiene el culo de un monje de Silos. Yo qué sé. Algo que lo hubiese metido, si no en la historia, en el mito. Algo para que lo rodara el Welles patrio que ahora estudia cou. Algo en realidad muy serio y profundo, fundamentado en la agudeza de Miss Hite. Y luego como un perro en busca de quién lo hizo. Pero optó por el bebedizo burgués y eso ha impedido que salgamos a las calles con chapitas ("Yo también soy Pedro J."), imitando a las chicas de la transición cuando salían proclamando (aunque a algunas fuera tan difícil creerlas) "Yo también soy adúltera".

III
     Los dos condenados por la venganza de los que cabe ocuparse son Juan Ramón Goñi Tirapu y Ángel Patón. El primero fue gobernador civil de la provincia vasca de Guipúzcoa entre 1987 y 1990. Éste fue el más importante de sus diversos cargos públicos durante la etapa socialista al frente del gobierno de España. Seis años más tarde, sin embargo, ocupó otro: la presidencia de la Asociación de Amigos de la Guardia Civil. Entre sus misiones como presidente figuraba la defensa del honor del general Galindo y de los otros guardias civiles condenados por el asesinato de los presuntos etarras Lasa y Zabala.
     Respecto a Ángel Patón, quien ha escrito más largo y con más cariño ha sido Julio Feo, que fue secretario de Felipe González durante los cinco primeros años de su mandato. En las memorias de Feo, tituladas Aquellos años, hay diversas referencias a Patón. La primera en el capítulo de agradecimientos: "Me recordó anécdotas e hizo un trabajo espléndido encontrando en la hemeroteca datos, crónicas y artículos que me eran necesarios." Las más importantes, sin embargo, son las que hacen referencia al empleo de Patón en La Moncloa, a partir del invierno de 1982: "Me llevé conmigo a un viejo colaborador, Ángel Patón. Ángel había trabajado conmigo desde hacía muchos años en Consulta y luego también colaboró conmigo alguna vez en Comunicación 2000. Como sabía de su eficiencia, decidí ofrecerle un trabajo. Ángel pertenecía al partido y yo necesitaba una persona de mucha confianza en La Moncloa."
     Hay algunos párrafos más dedicados a la descripción de las tareas de Patón en La Moncloa, que básicamente consistían en recibir a todos aquellos (gente del pueblo) que, para bien o para mal, querían ver al presidente González. Pero el que mejor describe su trabajo y su rango quizá sea el siguiente:
Después de unos meses, ya cerca del verano, uno de los ordenanzas de Presidencia le dijo a Ángel: "Señor Patón, ahora entiendo la diferencia entre unos y otros a la hora de gobernar. Cuando le comento a mi mujer que allí se recibe a todo tipo de gente, no se lo cree. Que personas que no tienen ni para comer lleguen a cinco metros del despacho del presidente, hace dos años hubiera pensado que era un chiste." No eran cinco metros, sino veinticinco, pero se les atendía a todos. Ángel continuó en Moncloa dos años más después de irme yo y volvió a trabajar otra vez conmigo en la empresa privada, o sea, que de nuevo estamos juntos.
La sentencia que condenó al ex gobernador civil y al hombre que trabajaba a 25 metros del presidente prueba que la venganza contra el periodista tuvo un carácter político. Es decir, que gentes vinculadas al partido socialista y al anterior equipo de gobierno participaron en la operación de convencer a una mujer para que sodomizara al director de El Mundo mientras una cámara filmaba la ceremonia. Por el contrario, la participación de Rafael Vera, el ex secretario de Estado para la Seguridad, no pudo ser probada, a pesar de los indicios que lo llevaron al banquillo de los acusados. Por cierto que los fundamentos de su absolución incluyeron la sintaxis inmoral que demasiados jueces practican cuando no pueden probar lo que creen. Así el auto enfrenta un llamado "juicio de probabilidad" a otro "de certeza", señalando que sólo el primero resulta absolutorio para Vera. Lo que en una traducción literal quiere decir: "Este hombre es un canalla, pero no hay pruebas." Lo que eleva el auto de un juez al rigor de una sentencia de café, pero voceándola de manera irresponsable. Lo que, en el fondo, supone la imprescindible necesidad (¡para ir tranquilo!) de probar la inocencia, es decir, la perversión fundamental del Derecho.

IV
     Por los días en que Shere Hite razonaba sobre el erotismo oculto de los hombres, el ex presidente del Gobierno, Felipe González, publicó otro artículo que tituló "El sur del sur". Aparentemente, lo único que ha mejorado de Felipe González desde que dejó el poder es su escritura. No es poca cosa. Quizá sus artículos no merezcan siempre el aplauso, pero son incomparablemente mejores que los —pocos— que publicaba cuando era presidente. Tal vez ahora los escriba él. Su escritura se ha vuelto más liviana y su mirada menos rígida; sus tesis se apoyan casi siempre en un nivel apreciable de información y sus opiniones suelen ser razonables. Este último pertenecía al género veraniego. Es decir, una suave meditación sobre los problemas de la política metido entre papas con mojo picón y playas de paredes volcánicas. Este tipo de artículos no son en absoluto despreciables. La literatura periodística española dispuso en el escritor y diplomático José María de Areilza de un formidable maestro en ese género: le salían magistrales incluso en invierno.
     Las papas y las playas volcánicas tenían su razón accidental de ser. Felipe había estado en Tenerife. De hecho había estado en el sur de Tenerife. De ahí su título. Debo confesar que cuando leí ese título por un momento le di una interpretación absurda, confirmando que mi primer pecado de lector es no leer lo que pone. Me llevaría algún tiempo y demasiado espacio resumir con cordura esa interpretación, pero digamos que pensé en Pedro J. Ramírez y en De Quincey. Lo de De Quincey es muy conocido, aunque siempre anima cualquier texto: "Si uno empieza por permitirse un asesinato, pronto no le da importancia a robar, del robo pasa a la bebida y a la inobservancia del día del Señor, y se acaba por faltar a la buena educación y por dejar las cosas para el día siguiente. Una vez que empieza uno a deslizarse cuesta abajo ya no sabe dónde podrá detenerse". Yo pienso, sincera y dolorosamente, que con el caso Pedro J. Ramírez los socialistas han llegado a ese estado atroz en que uno empieza a dejar las cosas para el día siguiente. Es decir, han llegado al sur del sur. Esto es, justamente, lo que había estado leyendo en el título. Y no se me escapa que en el caso de haber leído antes lo de Shere Hite, también lo habría incorporado sin especial problema a mi apresurada interpretación. Fue un momento; pero nítido: es que pensé, simplemente, que Felipe González iba a ponerse a hablar de Ángel Patón y a partir de ahí, todo en cuesta. Todo en cuesta, en una subida que no se acabaría en ese artículo ni en el próximo ni en el de más allá.
     No fue así. Es evidente que no fue así. En la desganada lectura del resto del artículo que siguió a mi descubrimiento de la realidad papaya (el sur era el plácido y hermoso de Tenerife), aún iba identificando aquellos lugares del discurso donde el ex presidente podría haber torcido su rumbo para llegar al sur de De Quincey. Este: "Es también un lugar [el sur de Tenerife] para la reflexión, que me retrotrajo a las conversaciones del año pasado y a mis propias ilusiones de hace 20 años". O bien: "Aprovechemos para reflexionar, para abrevar ideas que nos ayuden a recuperar compromiso cívico."
     Abrevemos, pensé, y largué el diario.

V
     Y vinieron a cometer la infamia más cutre, más inútil, más desmoralizadora sobre el que siempre consideraron su peor enemigo, ese burgués avergonzado que ha acabado llevándolos a la cárcel o al sur de Tenerife. Nada dará mayor medida de su humillación y su impotencia. ~