Socialismo rústico-chic | Letras Libres
artículo no publicado

Socialismo rústico-chic

El PSOE se mueve entre dos nostalgias y tiene una crisis identitaria que Podemos explota con éxito. 

En un reciente mitin, la secretaria general del PSOE de Andalucía, Susana Díaz, defendió el PSOE “de toda la vida, el de los viejos socialistas que me cuentan historias en las casas del pueblo.” Luego hizo una extraña reivindicación, de nuevo apelando a lo viejo, de los apoyos del partido: “Me encantan los viejos pintores, los viejos poetas, los viejos agricultores.” Lo que se ha hecho “toda la vida” no suele ser nunca un buen argumento, pero tiene mucha carga sentimental. La apelación a los pintores y poetas es también emocional y antigua, pero la cultura se ha ido a Podemos, el partido al que votan los licenciados en Filología. 

Manuel Arias Maldonado escribe en El Mundo que “el estilo político de Susana Díaz ha ejercido de contrapeso populista al populismo. Su discurso de tintes peronistas, caracterizado también por un ‘hablar claro’ que comparte con Iglesias, Trump o Le Pen, es por ello una de las alternativas que se presentan al PSOE en la encrucijada que le aflige”. En otro mitin, la número uno del PSOE por Asturias, Adriana Lastra, gritó: “¡Os pido que luchéis conmigo contra la derecha y aquellos que nacieron para matarnos!” Es posible que se refiera a Podemos, que aspira al sorpasso e incluso a “matar” al PSOE, y no al fascismo, pero es una retórica incendiaria con unas connotaciones claras: históricamente, era la derecha fascista la que mataba socialistas.

El PSOE, como en general la socialdemocracia occidental, se mueve entre dos nostalgias: una nostalgia por la revolución (mitigada desde hace décadas pero siempre mantenida retóricamente: el PSOE gobierna en el centro pero su discurso se enciende y llega incluso a levantar el puño) y una nostalgia de hegemonía y legitimidad. Asturias y Andalucía, junto con Extremadura, gracias al voto rural y mayor, son los grandes feudos del PSOE: son las regiones de la izquierda nostálgica. Esa crisis de identidad la explota Podemos, que no desdeña cualquier etiqueta ganadora. Aunque buscan la transversalidad en etiquetas no muy polarizadoras (pueblo, patria, gente), un objetivo del partido es arrebatarle la socialdemocracia al PSOE.

En un artículo en El País, Iglesias se postula como representante de una nueva socialdemocracia que recupera los valores previos a Thatcher y la Tercera Vía, frente a una vieja socialdemocracia, el PSOE, que considera que se ha vendido al capital. Iglesias no parece ver la contradicción. Podemos intenta presionar al PSOE con el argumento clásico de las siglas: no son ni socialistas ni obreros. Demográficamente, sin embargo, son más socialistas y obreros que Podemos. Los mayores apoyos al PSOE vienen de las rentas bajas (es el partido más exitoso en aquellos con rentas inferiores a 1.200 euros al mes) y las mujeres (es el único partido con más votantes mujeres que hombres, y el único con verdadera paridad). El voto a Podemos es más urbano, masculino, de clase media con estudios, y aumenta con la renta.

Hace poco me invitaron a un restaurante autodenominado rústico-chic. Un resumen rápido de lo que es, al margen de lo horrible de la etiqueta: gente pija comiendo cachopo. El PSOE fue durante décadas rústico-chic. Mantenía el voto de clase pero era atractivo para las clases medias urbanas. Tenía la hegemonía cultural y era un voto guay. El partido no ha perdido las siglas obrero y socialista, pero sí se ha quedado solo en el partido rústico. La etiqueta chic se la ha quitado Podemos.

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