Sloterdijk y la guerra civil contra el fisco | Letras Libres
artículo no publicado

Sloterdijk y la guerra civil contra el fisco

El debate desencadenado por el ensayo de Sloterdijk acerca de la cleptocracia estatal, y su provocadora propuesta de sustituir el pago forzoso de impuestos por donativos voluntarios parece no tener fin. Especialmente algunos discípulos de Habermas (por ejemplo, Axel Honneth y Christoph Menke) han criticado los aspectos sociodarwinistas de su tesis, cuando no su falta de seriedad, mientras que otros han llegado incluso a acusarlo de manipulación de datos.

Presentamos al lector algunos pasajes de la entrevista con Sloterdijk aparecida en el Spiegel de esta semana.

● Mi intervención no es coyuntural, sino que se refiere a las relaciones semánticas de una sociedad desorientada. Mi profesión es hacer el diagnóstico de los tiempos, leer las entrañas del Zeitgeist. Como muchos otros contemporáneos míos, desde hace un año trato de extraer las consecuencias de la crisis financiera y reflexiono acerca del tan anunciado retorno del Estado. Sólo que yo pongo el acento en un lugar que muchos prefieren dejar en la oscuridad. La cuestión que me ocupa es: ¿De dónde saca su fuerza ese Estado que de pronto vuelve a parecer fuerte? Y la respuesta es: Se basa en el pago forzoso de impuestos.

● Un experimento mental: Imaginémonos cómo sería si las sumas recaudadas mediante el pago forzoso de impuestos ingresaran mediante pagos espontáneos de los ciudadanos.

● Es un llamado destinado a recordar que hasta el momento la maquinaria social vive únicamente de las aportaciones de los tributarios activos y que estos constituyen una minoría relativa.

● En Alemania hay alrededor de 25 millones de personas que pagan impuestos dignos de ser tomados en cuenta, dejando de lado los impuestos al consumo. Desde un punto de vista puramente fiscal, esos 25 millones son el soporte del resto de los 82 millones de habitantes[1].

● Hemos creado un singular sistema de distribución a costa de los tributarios activos que canaliza enormes subvenciones a la industria de forma latentemente ilegal.

● Hablo como el socialdemócrata que he sido toda la vida y al que le horroriza la situación actual. Si estuviera incitando al desmantelamiento del Estado social, lo que de ninguna manera hago, sería explicable la indignación de algunos críticos. Pero de lo que para mí se trata es de algo totalmente diferente, a saber: del remodelamiento psicosocial de la sociedad, mejor dicho, de un cambio psicopolítico de actitud. Deseo lograr que el clima en el que los ciudadanos son vistos como deudores a priori del Estado sea sustituido por un clima alternativo en el que todos rindan cuentas de quiénes son los grupos donadores. Además, en una cultura de donadores, los tributarios activos se preocuparían más de lo que ocurre con sus donativos y, en parte, transferirían ellos mismos sus fondos a organismos de beneficencia pública. Actualmente reina únicamente una sorda resignación frente a los gastos estatales y, asimismo, una sorda resistencia de trasfondo.

● Deseo promover una sociedad basada en la competencia de donadores orgullosos y no en la sorda confiscación de bienes adeudados. En los Estados de la Antigüedad resultaba natural que los acaudalados apoyaran al resto de la comunidad, pero no por un sentimiento de culpa sino porque el sistema de valores los motivaba a ello. Sus actividades se describían como un “sistema euergético”, una red de buenas obras. A primera vista suena a Viejo Testamento, pero la idea de fondo se remonta a un pasado más remoto. Por cierto que esa idea antigua ha vuelto a cobrar vida en Estados Unidos, donde, bajo el manto del cristianismo, han sido retomados muchos más motivos romanos de lo que los europeos pueden percibir. Y es que allí se da de forma espectacular lo que aquí sólo ocurre muy discretamente: una nueva red euergética y una animada competencia de generosidad entre los pudientes que va más allá de sus obligaciones fiscales.

● Desde un punto de vista técnico, la crisis fue desencadenada por la absurda política de bajos intereses de los bancos centrales, con lo cual el capital inversionista fue seducido a abalanzarse hacia todo lo que redituara más de cero. Otra cosa es la cuestión acerca de la dirección psicopolitica de la cultura en su conjunto y en ese campo es correcto afirmar que el balance entre codicia y orgullo se ha perdido completamente. Si exigiéramos que el acento volviera a colocarse sobre las virtudes orgullosas y dadivosas, con el tiempo nos acercaríamos a una forma de civilización diferente, la cual no necesariamente sería postcapitalista, pero que dejaría atrás el actual sistema cargado de codicia. Mientras no alcancemos ese cambio de actitud, lo único que queda es el innoble pago forzoso de impuestos para recordarle a la gente sus tareas más nobles.

– Traducción y notas de Salomón Derreza

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[1] Rudolf Walther, del diario de izquierda Taz, ha criticado estas cifras argumentado que “Sloterdijk se refiere al ingreso sobre la renta, es decir al 30% del total de los ingresos fiscales y deja de lado los impuestos indirectos, como el IVA, el impuesto al tabaco, a los minerales, a los vehículos y otros más”.