Sin Groucho Marx | Letras Libres
artículo no publicado

Sin Groucho Marx


No se levanten. Groucho Marx tiene 69 años y tiene una hija de trece. Ella, Melinda, ha invitado a su casa a veintidós amigos adolescentes. Esa noche Groucho escribe un libro y Melinda entra a su cuarto para preguntarle cómo luce. Estupenda, responde su padre. Melinda aprovecha para decir: “Creo que ya te lo dije, papi, pero, por favor, no salgas de tu cuarto hasta que la fiesta haya terminado.” Groucho pregunta: “¿Qué te sucede? ¿No se sentirán más seguros los niños si me pusiese una camisa de fuerza? ¿Te avergüenzas de tu viejo padre?” Añade: “Tal vez no te hayas dado cuenta, pero en general se me admira.” Groucho Marx tiene 69 años y tiene, sobre todo, razón. Pero no. Melinda sale y cierra la puerta del cuarto con llave. Esa noche, Groucho escribe un libro que le ha pedido la editorial B. Geis Associates. Es 1959, Groucho Marx tiene 69 años y escribe su autobiografía.

La vida de Groucho Marx es una vida de frases. (Disculpen si los llamo caballeros, pero no los conozco bien. Aunque es de dominio público, creo que puedo anunciar que nací a muy temprana edad.) Nace Julius Henry Marx, en 1890 en Yorkville, Nueva York. Simon Marx y Miene Schönberg, sus padres; Chico, Harpo, Gummo y Zeppo, sus hermanos. Su padre, de ascendencia judía, es sastre. (No un sastre corriente. Era fácil reconocer a los clientes de papá: andaban por la calle con una manga más corta que la otra.) Viven en el East Side de Nueva York y viven con dieciocho dólares semanales. Groucho, niño, quiere ser médico. Pero no. La escuela lo aburre y lo único que le interesa es una maestra. Groucho, joven, quiere dedicarse al teatro. Quiere dinero. Quiere comprarse un sombrero de copa, quiere comprarle una cafetera a su madre, quiere, sobre todo, mucho dinero. (Éstos son mis principios, si no le gustan tengo otros.)

Groucho Marx, joven, lee un anuncio en el periódico World donde solicitan un número de variedades. Junto con Chico y Harpo prepara un número al que llama “Trío Larong”. Siguen otros nombres y otros números. Sin variedades, les va mal. La madre ayuda a sus hijos a montar otros números, el padre les confecciona trajes para las presentaciones. Cantan, tocan el piano, hacen bromas. Ninguna variedad. Bueno, sí, las bromas de Groucho y su bigote falso. Groucho y su bigote falso consiguen una presentación en Broadway. Presentan ¡Y tanto que lo es!, siguen otros espectáculos, siguen películas. Siguen Los cuatro cocos (1929), El conflicto de los Marx (1930), Plumas de caballo (1932), Sopa de pato (1933). Sigue dinero, siguen acciones en la bolsa y siguen los rebotes de la depresión de 1929. (A cambio de mi dinero obtuve un insomnio galopante.) Pero vienen otras películas y regresa el dinero. Conoce la fama, conoce mujeres. Groucho Marx conoce mujeres. (No piense mal de mí, señorita. Mi interés por usted es puramente sexual.) Conoce mujeres poco memorables. (Nunca olvido una cara, pero con usted haré una excepción.) Y conoce tres mujeres con las que se casa y se divorcia. (El matrimonio es la causa principal de los divorcios.) Conoce a Greta Garbo. (La Garbo llevaba un sombrero del tamaño de una tapa de alcantarilla. Levanté su sombrero, le dije que la había confundido con un sujeto de Kansas.) Conoce a Charlie Chaplin. (Nos hicimos muy amigos. Era terriblemente tímido, recuerdo que fuimos a un prostíbulo sólo para reírnos.) Tiene amigos, bebe con ellos. (Bebo para hacer interesantes a los demás.) Groucho Marx conoce más de lo que quiere y tiene más de lo que calcula. Pero no. Algo no le satisface. (Pese al triunfo, me sentía insatisfecho. Quería escribir. Quería ser escritor.) Y aquí el centro, aquí el centro de la comedia de Groucho Marx.

Groucho Marx admiró, siempre admiró, la literatura. Escribió algunos cuentos, algunos artículos que publicó, por ejemplo, en The New Yorker. Compiló algunos cuentos, Memorias de un amante sarnoso (1963), por ejemplo, porque escribía al margen de su carrera. Pero no, no al margen, Groucho Marx era un comediante de la palabra. Sin pastelazos, sin acrobacias, el material de Groucho era la palabra. Su palabra, sus frases, formaron su carrera. Groucho rebatió, ocurrente, frente al público y frente al papel. Rebatió, presentó su idea del mundo. Su idea, su relativismo, revelaba su razonamiento. A propósito del humor, Amos Oz anota: “Cuanta más razón tiene uno, más gracioso se vuelve.” Y Groucho Marx tenía razón. Por obvio que suene, presentaba su razón, su interpretación. Groucho Marx se reía de otros, y, antes, se reía de sí mismo. Simone Weil, en su estupendo ensayo La gravedad y la gracia, lo dice con mejores palabras: “Necesariamente debo dirigirme hacia algo que no sea yo misma, puesto que de lo que se trata es de liberarse de uno mismo.” Groucho Marx se dirigía al público –sentado en una butaca o en el sillón de su casa– para liberarse de sí. Era un autor de frases y, más que un comediante corriente, sus palabras revelaban, revelan, la desdicha. Es conocida, por ejemplo, su frase: “No deseo pertenecer a ningún club que me acepte como miembro.” Ésta y otras frases constituyeron su vida, su biografía, la autobiografía que escribió a los 69 años, cumpliendo lo que siempre quiso hacer, escribir, al tiempo que su hija hacía una fiesta en la planta baja de su casa.

Groucho Marx murió hace treinta años y no se levanta. Pero antes de morir dejó claro que no le importaba la posteridad. (¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?) Pero no, las frases de Groucho Marx, que son su biografía, siguen aquí. No se levanten. ~