Silencio asesinado | Letras Libres
artículo no publicado

Silencio asesinado

Hablando de su película Simón del Desierto (en que al final el Diablo condena al santo a vivir en un cabaré oyendo rock eternamente), Luis Buñuel nos decía, en sintesis, a Perez Turrent y a mí: “Hoy no puede uno encontrar silencio en el mundo. Si lo busca en el Polo, pasará un esquimal con una ensordecedora radio portátil. ¡Pésima época la nuestra!: la sobrepoblación, el exterminio de las especies, el esmog, el ruido...”

Sí, en esta época se asesina al silencio, o al silencio rumoroso de sonidos naturales. Por todas partes impera el ruido “civilizado”. Las ciudades, además de ya ser enloquecedoras por el estruendo de los vehículos automotores y sus bocinas, están cada vez más ocupadas por un comercio llamado ambulante (aunque ni ambula ni permite ambular) que vive de la venta de aparatos y discos piratas y de fayuca emisores de aullidos y tamtams brutales, y el peatón no escapa de ellos ni cuando metiéndose bajo tierra, es decir en el metro, donde lo ensordecerá la alta y mal sintonizada música de los andenes, luego, ya viajando en el vagón, le tocará oír a algún mendigo ayudado en su vociferado pregón por un altavoz electrónico a todo volumen. Si entra usted a una tienda-cafetería, digamos un Sanborn’s, lo asaltará desde el stand de aparatos electrónicos un violento y aullante rock o un mariachazo bestial de trompetas energúmenas. Si va a un restaurante o un bar, los hallará retumbando por otro ruido brutal: el de las porras del futbol y el vociferar de locutores de la tele que compiten en desgañitarse alargando más el aullido del ¡goooooool! Y si, gastando muchos de sus ahorros, va de vacaciones al mar para disfrutar en la playa del rumor del oleaje, del viento y de las gaviotas, cerca de usted se instalará un chavo con una radio sonando con todos los decibeles y... Fin del goce del silencio matizado de sonidos naturales: los susurros del mar, el viento y las gaviotas. A joderse: ¡llegó el ruido de la “civilización”! Y, encima, si le sugiere usted al chavo que por favor baje un poco el volumen o use audífonos, él, furioso, le gritará que está en su derecho, está en un país libre, y que váyase usted mucho a... comprarse su playa. Y será inútil, quizá hasta peligroso, intentar instruirlo, decirle que la libertad es cosa relativa y que el derecho de cada individuo termina allí donde comienza el de otro.

(Publicado previamente en Milenio Diario)