“Siempre estoy cambiando” | Letras Libres
artículo no publicado

“Siempre estoy cambiando”

James Salter, uno de los más grandes narradores de la literatura estadounidense del siglo XX, murió en su casa de Bridgehampton, en Nueva York.

James Salter, uno de los más grandes narradores de la literatura estadounidense del siglo XX, murió en su casa de Bridgehampton, en Nueva York. El 10 de junio había cumplido noventa años. Salter es autor de una de las novelas más celebradas del siglo pasado, Años luz (1975), la historia de un matrimonio que se desmorona lentamente. Después de En solitario (1979), aguardó 35 años para publicar la que sería su última novela, Todo lo que hay, que Salamandra tradujo al español el año pasado. Salter era un escritor inteligente y meticuloso: escribía a mano, después se sentaba a transcribir a máquina y “reescribir, corregir, reescribir, y seguir hasta que haya terminado”. “Todo el gozo de la escritura –dijo en 1993– surge de la posibilidad de revisar y hacer que, de una u otra manera, quede bien.”

En el lobby de un hotel en Washington, James Salter le concedió quizá su última entrevista al escritor chileno Antonio Díaz Oliva.

 

Esta entrevista aparecerá publicada en la versión para tabletas de nuestro número de julio.  

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James Salter (Nueva York, 1925-2015) viajó a Rockville (Maryland), una pequeña ciudad donde se encuentra la tumba del autor de El gran Gatsby, para recibir el reconocimiento que el festival F. Scott Fitzgerald otorga cada año. Ahí conoció lectores, leyó fragmentos de sus libros, respondió preguntas y contó historias de sus años como aviador. Un par de meses después de aquel encuentro Salter accedió a sentarse en el lobbyde un hotel en Washington D. C. para esta conversación. Durante más de una hora habló sobre su infancia, su inicio como escritor, sus lecturas, París –la ciudad en la que vivió– y Philip Bowman, el hombre enigma al que le seguimos la pista en Todo lo que hay (Salamandra, 2014), su última novela, que le valió un redescubrimiento en el mundo de habla hispana. A lo largo de la charla Salter tomó varias pausas, se disculpó por no recordar personas o títulos de libros e incluso citó al personaje de uno de sus relatos: “A veces lo único que sobrevive es una imagen; incluso los nombres se olvidan.”

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¿Cuándo fue la primera vez que leyó a Fitzgerald?

Puedo decir que sucedió en 1946, pero ¿quién sabe la fecha exacta? Sé que fue durante mi infancia. El crack up es el primer libro que leí de Fitzgerald. Luego sus cuentos. No sabía lo que estaba leyendo, no sabía la diferencia entre Fitzgerald y cualquier otro autor. Quizá solo sabía que El crack up era un “libro de verdad”.

¿Creció en un entrono con libros a su alrededor?

Mi padre era un hombre de negocios, sus áreas eran la economía y los bienes raíces. No había muchos libros en su vida ni en la de mi madre, quien leía literatura popular pero nunca me involucró en esa afición. Además de lo que me obligaban a leer en la escuela no puedo decir que tuviera otras presencias literarias en esa etapa de mi vida.

¿Qué descubrió en esas lecturas escolares?

No mucho. Vivíamos en Nueva York, en Manhattan, y la escuela estaba a unos 45 minutos de viaje, un trayecto de subida en el que andabas junto al río Riverside. Era un recorrido largo en el que hacía las tareas o hablaba con mis amigos de lo que había pasado en la escuela. Empecé a leer en el servicio militar, en la academia militar, donde tampoco se alentaba mucho la parte intelectual. Tenía un par de compañeros que leían y me recomendaron algunos libros, pero me instruí a mí mismo con los años.

¿Comenzó a escribir en ese tiempo?

Empecé a escribir poesía en la escuela, junto a un par de amigos. Me publicaron algunos poemas en una revista de poesía que, en ese momento, era la más prestigiosa de Estados Unidos. Pero no escribí relatos hasta el último año de la universidad. Entonces me di cuenta que no sabía cómo escribir una historia, esto es: la forma de una historia. La gente está contando historias todo el tiempo, es un atributo fundamental de las personas. Si caminas por la calle es probable que escuches: “me acaba de pasar esto”, “no vas a creerlo...”. Estos son esencialmente relatos, pero al escribirlos debes ponerlos en una forma más interesante. La mayoría de la gente nace con la capacidad de hablar y escuchar. Por eso es fácil platicar una historia, pero es difícil escribirla. Tienes que aprender y conquistar esa dificultad: es lo que estaba haciendo cuando comencé a escribir. No fue mi caso, pero tienes suerte si comienzas desde temprano.

Se ha dicho que su obra tiene una importante influencia poética. ¿Lee mucha poesía?

No leo poesía habitualmente, pero llevo muchos poemas en la cabeza. Tengo esos versos dentro de mí, así que de alguna manera estoy leyéndolos siempre. En estos años he intentado descubrir poetas que antes no conocía, así que ahora leo más poesía. Lo hago con avidez, como una segunda vida.

Ha dicho que 1957, el año en el que renunció al ejército, fue un momento clave en su vida. Ha evocado una tarde luminosa en Washington y llegó a mencionar el alivio y a la vez el terror de haber renunciado para dedicarse a la escritura.

Mi carrera en el ejército avanzó con el tiempo e incluso logré entrar a las fuerzas aéreas, un grupo aún más reducido. Éramos quizá tres mil, pero era conocido entre ellos. Pensemos que trabajas en alguna tienda departamental durante años, consigues un buen puesto y después de lo que construiste abruptamente tratas de hacer algo distinto, como dedicarte a cultivar una especie extraña de vegetal. Pasar del ejército a la escritura fue algo así. No conocía a nadie en el mundo literario. Esa tarde en Washington sentí que estaba dejando todo atrás para empezar de nuevo, para llegar a lo que quería ser.

Cuando recordó aquella tarde en la que renunció al ejército, evocó la luz como un elemento que también podía ser una advertencia: ahora en adelante las cosas podría ser para bien para mal.

Estaba en un departamento en la avenida Connecticut. Esa noche, como cualquier otra noche, la luz fue cayendo y sentí que me estaba abandonando a mí mismo: a la ciudad, a mi país, a mí.

¿Qué tan importante es la luz en sus historias? Hay muchas escenas de noche, o imágenes con luces de la ciudad o incluso si pensamos en los títulos: La última noche, Años luz, Anochecer...

Debe ser importante... Pero no es un tema para mí. Desconozco de lo que estoy escribiendo, incluso si intento poner mucha atención a un solo elemento. Sucede porque esos aspectos son integrales en el escritor. Una vez un editor me envió de vuelta un manuscrito y me dijo: “¿Te diste cuenta de que hay 52 menciones de la palabra ‘azul’? Son demasiadas, hay que hacer algo.” Por supuesto, no estaba consciente de que eran 52 menciones. Pasa lo mismo con la luz. La luz es fundamental tanto física como psicológica y míticamente para el ser humano. Por eso no debe sorprendernos que también exista la oscuridad y tenga un peso. Me alegra saber que has encontrado más luz que oscuridad en mi obra.

Cuando decidió ser escritor, ¿qué tipo de autor deseaba ser?

Quería ser parte de los escritores serios: Thomas Wolfe, por ejemplo. Ese era mi modelo. Digo serio, el cual es un término divertido. En verdad me cuesta definir a esa estirpe a la que quería pertenecer: escritores que hacen más que entretener, que entienden que hay zonas profundas. Quería ser parte de ese grupo de escritores que se eleva por encima del resto.

Vivió en Francia por muchos años. Forma parte de la última generación de escritores estadounidenses que, siguiendo la pista de Hemingway y Fitzgerald, viajó con la idea de formarse en Europa.

Es cierto. Recuerdo que leí a Saint-Exupéry en la escuela, y, aunque lo leí en francés y no significó mucho para mí –apenas unas palabras que tenía que buscar en el diccionario–, sabía que era una figura admirada. Luego leí Tierra de hombres. Francia era un país emblemático, tenía una honda presencia literaria. Francia era sinónimo de estilo. En la Feria Mundial de 1939, en Nueva York, era casi imposible conseguir una mesa en el restaurante del pabellón francés. Todo lo francés tenía estilo, era glamouroso. Y también estaba Hemingway, más que sus libros tenía una fascinación por las historias sobre él. Después de leer París era una fiesta quería ir ahí, quería vivir esa clase de vida. Tuve la oportunidad de hacerlo y vi lo que esa generación vio. Cuando llegué, Francia era un desastre. Era invierno y se veían las heridas de la guerra por todo París, la economía estaba de capa caída y la ciudad desgastada y sucia. Cuatro años más tarde París volvió a ser la misma que era antes de la guerra. Después mutó en otra cosa; cambió hacia algo más allá de sí misma. A mucha gente le encanta en lo que se ha convertido. No reconocería la ciudad hoy. Pero ¿encontré en París el mito del que todo el mundo hablaba? Sí.

Al comparar sus primeros libros con los más recientes percibo que con el tiempo se fue haciendo más consciente de las palabras y fue creando una cierta poética. ¿Cree que fue así?

Cuando comencé a escribir lo que buscaba era la claridad en las imágenes. El libro que cambió la forma en que escribí fue Juego y distracción. Me sentí más seguro en el camino que estaba tomando. Tal vez ahora le presto más atención a las frases en lugar de a la narrativa en general, del argumento y de la historia. Sin embargo, el cambio no fue brusco. Todo escritor que busque alcanzar lo correcto, se debe preguntar por la sensibilidad que quiere en sus frases. Hace tiempo leí Bajo el volcán y lo dejé porque no me interesó. Después de leer una crítica del libro de William H. Gass, pensé: “voy a intentarlo una vez más”. Es un buen libro, está increíble y brillantemente escrito. Soy un escritor pero durante años no pude leerlo: es el mismo libro pero hay algo distinto en mí, algo cambió o evolucionó. Esto ocurre en la escritura también. En un sentido siempre estoy cambiando. A esta edad, sin embargo, no creo que mejore. Uno va mejorando hasta cierto punto, llegado allí se preocupa de mantener ese nivel, y después se da cuenta que en un momento no escribirá más.

¿Suele releer sus libros?

De vez en cuando vuelvo a ellos, pero nunca los leo completos. Tuve que leer The hunters para una subasta del pen de novelas releídas y anotadas. En la mayoría de los casos no seleccionaron la primera novela, sino el libro más conocido. Estaba El lamento de Portnoy y Pastoral americana de Roth, Submundo de DeLillo... Desafortunadamente escogieron The hunters, mi primer libro. Esa ha sido mi primera y única relectura.

¿Se sintió muy diferente a ese James Salter que debutaba como novelista?

No, al contrario: me reconocí de inmediato en el libro. Me di cuenta de ciertos elementos, como un pintor que ve algunas imágenes habituales en su trabajo. Tuve sentimientos similares. Creo que el relato es mejor que los posteriores, pero no la escritura. Lástima que no van de la mano.

Pasaron 35 años entre la aparición de En solitario y Todo lo que hay. ¿Durante ese tiempo estaba ocupado con diferentes proyectos o simplemente la idea de escribir una novela no se dio?

Tenía la idea de escribir una novela, pero otros libros llegaron primero. Quemar los días, mis memorias, y dos colecciones de cuentos. La idea de escribir Todo lo que hay vino de hace más de treinta años. Tomé notas preliminares para ello, pero algo pasaba con los personajes. Escribí mucho y sentí que había cometido un error. Pensé que me gustaban los personajes, y no. Mi idea se desvaneció. No podía mantenerla con los personajes, así que los puse a un lado. Hace una década comencé a pensar en ello de nuevo. Fueron casi cinco años de trabajo serio.

¿En qué le afectó el paso el tiempo?

¿El proceso de escribir? ¿Se refiere a si se me olvidó cómo escribir una novela luego de tanto tiempo? Borges dijo que nunca se sentó frente a una hoja en blanco sin saber a lo que se enfrentaba. De vez en cuando hay un golpe de suerte y, por decirlo de alguna forma, el libro se escribe solo. Todo lo que tienes que hacer es transcribir. Aunque, por supuesto, que suceda esto no es frecuente. Todo lo que hay no fue particularmente difícil, pero tampoco más fácil que las anteriores.

¿Cómo describiría a Philip Bowman, el protagonista de Todo lo que hay?

Bowman es un hombre que vive lo que en ese tiempo se pensaba era la época dorada en Estados Unidos. Más que la historia de una vida personal, Todo lo que hay es una historia emocional. Es una reflexión de cómo la gente que parecía importante en un periodo de tiempo después desvanece. Algunas figuras permanecen, otras desaparecen.

¿Se tomaría un café con él?

Más que café, quiero ser su amigo.

¿Cree que Bowman es un hombre que busca encajar en los nuevos tiempos? ¿O solo es una persona desfasada?

Sin duda no es un moderno, no es una figura de vanguardia. La última vez que lo encontramos en el libro tiene sesenta años. En las primeras páginas de la novela aparece en un momento concreto de la historia y él es más representativo de aquellos tiempos que de los actuales.

¿Cómo fue la reacción de los lectores y de la crítica a la novela?

Fui afortunado porque escribieron buenas críticas. La primera reacción que recuerdo fue en una llamada telefónica de una mujer de Texas que preparaba una artículo. Se presentó y después me dijo: “Philip Bowman no sabe nada sobre las mujeres.” Creo que quería decir que Bowman representa una actitud anticuada, una fuerza antigua, un pensamiento demodé. Ella me adelantó que a algunas mujeres no les iba a gustar este libro.

En su obra hay numerosas figuras femeninas fuertes, pese a que muchas reseñas y críticas apuntan a lo contrario.

Años luz, por ejemplo, es una novela muy cercana a Nedra, uno de los personajes. Lo he dicho antes: el libro trata de ella. Sospecho que la mujer de Texas estaba haciendo una objeción sobre la actitud hacia las mujeres, una actitud propia de un hombre de esos tiempos, como es Bowman. Sería un error retratarlo de otra manera.

¿Ha visto a una nueva generación de lectores después de la publicación de Todo lo que hay?

Sí, especialmente en España. No sé a qué atribuirlo: se debe, supongo, a que un par de escritores escribieron sobre uno de mis libros, aunque no sé qué título, pienso que fue Años luz. Estoy consciente de que tengo lectores en español, y más ahora con la última novela.

Después de leer Todo lo que hay y de seguir a Philip Bowman por tantos escenarios, hay un misterio en él que permanece. En cierto modo, Bowman prefiere ser un hombre enigma: ni siquiera leyendo sobre su vida sabemos quién es.

A pesar de que he estado con él toda su vida, sigue siendo un misterio para mí. No fue una de mis ideas al escribir la novela, pero así resultó: la imposibilidad de conocer a alguien. Todos tenemos un poco de misterio y creo que solo nos queda aceptarlo.

Recientemente Philip Roth anunció su retiro de la escritura. ¿Ha pensado en hacer lo mismo?

He pensado en ello. Dejé pasar 35 años entre una novela y otra. Muchas veces pensé que no vendría una nueva.

¿Está escribiendo algo nuevo?

No, nada.

¿Cómo llegó al título de su novela más reciente, Todo lo que hay? Parece una especie de punto final.

Se puede tomar así, como algo final. Pero también se puede interpretar de una manera más abarcadora como “esto es todo lo que hay”, “esto es todo lo que somos”. El título original era Torá. “No puedes ponerle Torá, nadie va a entender lo que hay detrás del título”, me dijo mi editor. Es verdad: pocos saben lo que significa y algo se iba a perder. Me parece que Todo lo que hay es el título más cercano a la idea original.

Fue piloto de la Fuerza Aérea durante doce años y montañista. ¿Esas actividades afectaron el modo en el que escribe?

Suelo pensar en ello, pero no veo la conexión. Volar quizás ha influido en mi forma de escribir, aunque no veo del todo claro. Probablemente le dio a mi escritura un sentido distinto del mundo físico, de las distancias y el tiempo, de la accesibilidad. Me ha ayudado a escribir de ciertas cosas inútiles, como el cielo y las nubes. He dicho “inútiles” porque existen para todos, pero las he llegado a ver de manera distinta. Tal vez ha sido el resultado de volar y subir montañas, pero es parte integral de lo que soy y, por lo tanto, se me escapa. ~