Sherlock, Churchill y las brujas | Letras Libres
artículo no publicado

Sherlock, Churchill y las brujas

Sic transit gloria mundi, “estamos hechos de la trama de los sueños”, “en este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”, etc., etc. Creemos que la realidad y la fantasía son dos distintos vasos, aunque sean comunicantes, y que por el tubito de cristal que los une pasa la misma agua, pero de pronto leemos una noticia que pone en crisis esa creencia. Cuando no hace mucho la cadena de televisión UKTV, siglas que deben significar algo así como Televisión del Reino Unido, hizo una especial encuesta entre la ciudadanía inglesa acerca de si habían existido ciertas célebres personas o ciertos famosos personajes muy intensamente british, he aquí que para el 47 % y el 23 % (respectivamente) de los encuestados, ni el rey Ricardo I, Corazón de León, que en el siglo XII fuera un importante y heroico padre del susodicho reino isleño, ni el primer ministro Winston Churchill, que en el XX fue un principal y a su modo heroico defensor de ese mismo reino contra el Reich nazi, respiraron en la realidad histórica, y sólo habrían sido criaturas imaginarias, seres inventados para motivar leyendas orales, páginas de novelas, imágenes quietas de ilustradores de libros e imágenes móviles del cine y acaso de ese otro cine de los sueños, ese otro Hollywood: el “subconsciente colectivo”. En cambio, según se deduce de las respuestas de 58 % (¡cincuenta y ocho por ciento!) de esos mismos encuestados, el célebre detective y violinista amateur Sherlock Holmes, a quien creíamos invención del novelista Conan Doyle, sí tuvo domicilio en el número 221 de Baker Street, London, England, sí existió, sí había fumado meditadoras pipas, sí en momentos de crisis intelectual se inyectaba morfina, sí para calmar su sobreexcitada máquina cerebral tocaba (mal pero muy a su gusto) el violín, sí todos los días celebraba la ceremonia del breakfast con el doctor Watson, que era para él como el biógrafo James Boswell fue para el doctor Johnson (en el caso de que el doctor Johnson haya existido realmente y no fuese la invención de Boswell y de unos cuantos cultos charlatanes frecuentadores de pubs), y sí por medio del estudio de pequeños detalles coincidentes y por deducción lógica habría resuelto innumerables casos criminales y los habría sellado con una frase ritual: “Elemental, querido Watson”.

Ese asombroso resultado de la encuesta televisiva de la UKTV demuestra que para una buena parte de la humanidad, y no sólo para la sección inglesa de la misma, las criaturas que creíamos meramente engendradas por la imaginación, la charla, los libros, la producción hollywoodense, etc., etc., podrían haber sido seres de carne y hueso (“y un pedazo de pescuezo”, decíamos los chicos, quizá porque suponíamos que esa parte de la anatomía humana era garantía de concreción carnal). Así, por sólo dar un ejemplo tomado de nuestro mundo cultural, cualquier día una encuesta de la televisión oficial de España nos dirá que para un buen porcentaje de los españoles opinadores el sabio rey Alfonso, precisamente llamado el Sabio, no reinó y ni siquiera existió en el siglo XIII, y que el caudillísimo Francisco Franco no desencadenó la incivil guerra civil que le permitió oprimir concretamente a la concreta nación española, mientras que, por lo contrario el ingenioso hidalgo don Quijote sí vivió en un lugar de la Mancha del que no se acordaba don Miguel (pecado imperdonable en un biógrafo), sí enloqueció leyendo pomposas novelas de caballería, sí fue huésped en suntuosos castillos y no en destartalados mesones y posadas, sí anduvo embistiendo malvados gigantes (y no inocentes molinos que nada le habían hecho), sí anduvo por caminos y llanuras con lanza en ristre y adarga al brazo, sí profesó de caballero andante y deshizo entuertos y rescató doncellas de virgo amenazado y conquistó el yelmo de Mambrino y en todo su periplo fue siempre acompañado por un leal escudero, el aldeano Sancho Panza, que aunque era analfabeto ejercía la (demasiado) contundente sabiduría del refranero español y tras la muerte de su señor habría sido entrevistado por un reportero arabigoespañol llamado Cide Hamete Benengeli que sería el verdadero autor del libro que luego descaradamente le plagiaría el susodicho Miguel de Cervantes (personaje que, en caso de existir, debió ser un truhán, pues no por nada había sido metido en prisión).

Así que en cuanto a lo que al caballero pensante Sherlock Holmes concierne, y a su escudero con sombrero bombín, el doctor Watson, esperemos que un día aparezca la biografía definitiva que corrija las inexactitudes y fabulaciones del folletinista y espiritista Conan Doyle, quien, por otra parte, quizá no tuvo existencia concreta y era sólo invención del club o el pub de los Baker Street Irregulars o de cualquiera de las otras instituciones todavía hoy dedicadas a cultivar la memoria del detective number one de todos los tiempos: la Sherlock Holmes Society of London, la Sherlock Holmes Society of Dublin, la Sherlock Holmes Foundation of Edimburgh, y aun, believe it or not, la Societé Sherlock Holmes de la Fondation des Quincailliers de la France... y otras.

Qué bien, y aceptemos que un analfabeto pero sabio campesino gallego tenía buenas razones, que la Razón suele tontamente desconocer, para decir: Xa sei que non hai que crer nas meigas, mais habelas, hai-nas…( “Ya sé que no se debe creer en las brujas, pero haberlas, haylas”.)

Publicado previamente en Milenio