Shake the Speare, Will | Letras Libres
artículo no publicado

Shake the Speare, Will

En Shakespeare parecen operar dos yo al mismo tiempo: uno memorioso y otro concentrado en la cotidianidad.

Memoria y experiencia, son ingredientes básicos del individuo consciente. A la luz de lo que sabemos al respecto gracias al estudio de los procesos mentales, detengámonos un momento en Stratford-upon-Avon, pueblo célebre por haber sido la cuna de William Shakespeare. Si pudiéramos escanear su cerebro vivo y analizar los pensamientos y sueños de este personaje enigmático y fascinante, despejaríamos algunas dudas acerca de su identidad. Si pudiéramos meternos en su cabeza miraríamos la vastedad literaria de la obra como el conflicto de dos egos que conviven en nuestro interior.

Para William Hazlitt, quien a principios del siglo XIX no tenía dudas de quién había sido el “cisne del río Avon”, el autor escribe como si los personajes estuvieran vivos, apartando de su mente cualquier probable ficción. En cambio para sus detractores, el oscuro actor de los King’s Men y empresario de teatro llevó a cabo una proeza inimaginable: retratar mundos que no le pertenecían. Les resulta inverosímil creer que dos clases de yo convivan en la conciencia de un modesto pueblerino, del que, afirman, no se conoce carta alguna redactada por su propio puño, excepto los garabatos estampados en papeles comerciales de la época.

Hazlitt insiste en el poder mental del autor: Will Shakspeare sabe hablarle a sus congéneres y, al mismo tiempo, entiende las claves para invocar el pasado. Es alguien que posee un yo sensible a su entorno y vive en realidad las experiencias cotidianas, mientras que otro recuerda. Uno es esclavo de la nimiedad y la sinrazón, mientras que el segundo es un grafómano que nos cuenta historias de lo que experimentamos, breves fragmentos de los millones de momentos psicológicos que han sucedido y se pierden de forma irremediable en el olvido. El que firma comedias, dramas y poemas heróico-eróticos, quizá un seudónimo de Francis Bacon, elige; quien quiera que haya sido, su yo memorioso tuvo el poder de conducir su vida, y en ella la representación teatral adquirió un significado particular porque es el dominio de la mente.

Lo que resta de algo que nos sucedió (una relación amorosa, un incidente social, la caída de un monarca, una catástrofe natural, el naufragio de un barco) es el relato que nos cuenta nuestra propia memoria. Pero en sus obras Shakespeare sabe que, cuando pensamos en la vida, no ponemos igual atención a las mismas cosas que cuando realmente las vivimos. Por eso sigue el impulso de escribir historias cuya trama impone una tiranía, la de la memoria.

William Hazlitt también enfatiza la naturalidad con que discurren los personajes shakespereanos. El teatro mental, las bambalinas neuronales, la tramoya sináptica no es un ámbito predeterminado por el autor. El sufrimiento, la imprudencia, la indecisión, el estoicismo, la avaricia y la dramática belleza acuden a las escenas de Ricardo II, Hamlet, Rey Lear, Macbeth y La tempestad porque marchan sobre el reloj de la vida, no sobre un recetario establecido. El Will del segundo periodo (después de Romeo y Julieta, 1595 y hasta su retiro en 1612-13) va más allá y no es partidario de ninguna moda estética ni de convencionalismos narrativos impuestos por el yo que recuerda, sino que decide aceptar el juego en tiempo real que le ha propuesto su mente y seguir los pasos del yo que experimenta, para el cual no existen las analogías ni las suposiciones formales.

Tanto en obras tradicionales (Enrique VI) o en posteriores y deslumbrantes (El mercader de Venecia) podemos encontrar rastros de esa tiranía del yo memorioso. Cuando pensamos en el futuro, no elegimos apoyados en experiencias pasadas sino en el recuerdo que tenemos de ellas. Al proyectar el porvenir ya no imaginamos experiencias, en todo caso creamos escenarios con base en recuerdos preconcebidos. En Mucho ruido y pocas nueces, en Como guste, o bien en Titus Andronicus y La comedia de errores, el yo que recuerda obliga al yo que experimenta a vivir una y otra experiencias, aunque lo que suceda carezca de significado para la memoria. No importa si se trata de la Roma imperial o la Inglaterra antigua, los personajes intentan ser felices para satisfacer el apetito del yo que recuerda, para llenar su (nuestro) pozo de la memoria. De esa manera, los recuerdos de un rey que ha gobernado por decenios se reducen a unos minutos de memoria entrecortada en el momento que abdica.

Lo que Próspero y Miranda, Coriolano, Julieta, Ofelia, Desdémona eligen en aras de ser felices está planteado por el conflicto entre estos dos egos, pues estos últimos profesan conceptos distintos de la felicidad. Alguien, un monarca, un general, pueden estar satisfechos con sus vidas y ser infelices, pues la satisfacción está compuesta de riquezas y metas realizadas, como en Hamlet, La tempestad y Coriolano. En cambio la felicidad tiene que ver con estar cerca de la gente que nos gusta, por más breves que sean esos instantes y lo peligroso de su acontecer, como en Romeo y Julieta, e intensos y puros como en Otelo. No podemos escanear la mente de William Shake-speare ni han escrito una app que nos permita consultar sus originales, pero sí podemos rastrear la actividad de sus neuronas, apreciar la calidad y cantidad de eventos sinápticos en las copias que se conservan de sus obras y poemas, los cuales parecen advertir lo que ahora sabemos: el espectáculo de la mente, donde uno aprende a sacudir el asta, no consiste en que uno pueda ver el mundo tal cual es, sino cómo podría ser.