Se requiere experiencia | Letras Libres
artículo no publicado

Se requiere experiencia

¿Es la experiencia el conocimiento que obtenemos automáticamente con los años? Este ensayo sigue de cerca a Montaigne y muestra que “ganar experiencia” es una labor más compleja de lo que parece.

Nada es tan hermoso y legítimo como hacer bien de hombre, y tal como es debido.

Ni hay ciencia tan ardua como saber vivir bien esta vida.

Y, entre nuestras enfermedades,

la más salvaje es despreciar nuestro ser.

Montaigne, “La experiencia” *

1.

“La experiencia” es el último y, quiero insistir, el mejor ensayo de Montaigne. Nos inspira por su equilibrio y sabiduría. Al igual que Goethe, Montaigne tenía el don –hay quienes dirán el mal gusto– de beneficiarse de su experiencia en todas las etapas de la vida y, con la edad, alcanzó una perspectiva benigna y apacible. Algo que yo no parezco lograr del todo. He cumplido ya setenta años: tres veintenas más diez, la edad de una supuesta plenitud y la comprensión de toda una vida. Pero no dejo de estar inquieto, de sentirme perplejo. Al hacer un recuento de todo lo que me ha ocurrido, parece que no fue nada. Para citar el último verso del poema que Borges escribió sobre Emerson: “no he vivido. Quisiera ser otro hombre”.

2.

Además, solo quiero ser yo. Creo que sé cómo soy, me siento cómodo con esa persona, puedo distinguir la buena escritura de la mala y a un ser humano decente de un patán. Siento cada vez menos la necesidad de justificar mis conclusiones. En público me conduzco con una confianza inmune. (Mi vida privada es otra historia.) Mis alumnos acuden a mí en busca de respuestas y yo improviso: les digo algo que parezca adecuado. La mayor parte de los dilemas que afectan a estos jóvenes, sus dudas existenciales, religiosas o románticas, sus perspectivas profesionales a futuro, su preocupación de caerle mal a alguien, se me escapan. Quizá sea porque simplemente estoy bloqueado, incapaz de reunir la urgencia que hay detrás de lo que para ellos constituye una crisis. La mía es la cuestionable sabiduría de la pasividad. No me molesto ya en permitir que me altere aquello que no puedo cambiar. Aun el disparate político del día me produce apenas un contrariado encogimiento de hombros. Me perturba más que mi equipo favorito pierda un partido, pero entonces recuerdo que, técnicamente, no fue culpa mía que no ganara, porque no tengo los poderes mágicos necesarios para alterar el resultado.

3.

“¿Tienes experiencia?”, preguntó Jimi Hendrix en son de burla. Se refiere a: ¿me he acostado con cincuenta groupies?; ¿he fornicado con una guitarra en el escenario ante miles de personas que me idolatran?; ¿he consumido tal cantidad de drogas que he estado a punto de morir por una sobredosis? No. En ese sentido, no tengo experiencia.

4.

¿Tienes otro tipo de experiencia? Vaya si la tengo. Conozco la jugada. No nací ayer. No me cuezo al primer hervor. Puedo decirles dónde es arriba y dónde abajo. No pueden verme la cara de tonto. No pueden engañarme como a un niño. Soy de Misuri; aquí estoy para lo que se ofrezca. Algo sé. Sé de qué lado el pan tiene la mantequilla. Estoy enteradísimo. Me siento más triste pero soy más sabio. No soy ningún idiota. Tengo ojos en la nuca. Sé distinguir derecha de izquierda. Sé distinguir mi trasero de mi codo. Puedo ver en qué dirección sopla el viento. Tengo una idea bastante clara de lo que ocurre. Tengo mucha experiencia. Le he dado la vuelta al mundo en avión. Lo he visto todo. Ahora ya lo he visto todo.

5.

“El desapego [...] es una de las formas que puede tomar el compromiso con la experiencia: las cosas se ven a la distancia, parecen extrañas y por lo mismo se ven con mayor claridad”, escribe la historiadora del arte Svetlana Alpers. Tener experiencia puede significar adentrarse en peligrosas zonas de guerra o ser testigo de tragedias en medio de un tiroteo, como George Orwell en el frente español o Susan Sontag en Bosnia, o puede significar quedarse en los márgenes, ejerciendo una atenta cautela. Luego está la experiencia del quehacer diario, eso que Virginia Woolf llama el “algodón en rama de la vida cotidiana”: esos momentos de “no ser”. ¡Vamos! Como diría Bartleby, prefiero no vivir en la nota más aguda. Siempre he admirado el distanciamiento perplejo. Me siento apegado a la idea del desapego. Acepto la culpa por mi desapego, si es que el desapego conlleva culpa alguna.

6.

Como mencioné, “La experiencia” es el último ensayo que escribió Montaigne. Me pregunto si este será el mío, mi último ensayo. Me voy quedando sin qué decir. Es más, siento que ya cumplí como escritor. No tengo nada más que demostrar. Resulta extraño haber llegado a semejante puerto y estar rodeado de amigos y colegas que siguen empujando, con esa incertidumbre de si les alcanzará el tiempo para completar el destino que les ha tocado. Alcancé un modesto destino. He hecho lo que me propuse y ahora me quedo más allá del deber. Todavía voy a museos; todavía me deleita una película nueva o un libro viejo. Todavía disfruto caminar por partes de la ciudad que no conozco; participar en el placer, la locura y las tristezas de la vida en familia; dar clases a los jóvenes y no callarme en una mesa redonda de la Association of Writers and Writing Programs, pero ya no quiero trabajar de manera tan ardua en la escritura. Es como si me atacara alguna forma de estrés postraumático que –después de tantos años de enfrentar el reto de escribir bien– me ha dejado temblando, con un deseo de paz y quietud.

7.

Hay una enorme cantidad de cosas que ya no puedo hacer, y que probablemente jamás volveré a hacer. No podría cambiar un neumático ni aunque se me fuera la vida en ello (aunque si de verdad fuera asunto de vida o muerte tal vez podría hacerlo). No sé leer una partitura ni tocar el piano. Antes podía leer en hebreo pero ahora no, al menos no sin cometer muchísimos errores. No nado bien y apenas sobrevivo en el agua. No corro maratones, no porque no pueda –desde el punto de vista físico–, sino porque no logro obligarme a correr un maratón. Lo que no puedo hacer y lo que no me apetece hacer están unidos por el hueso. No sé latín. No distingo un árbol o un matorral en flor de otro. Soy incapaz de identificar las estrellas. De hecho, mis conocimientos de astronomía son tan escasos que, junto con Charles Lamb, podría decir: “Sospecho de Venus solo por su brillo y si el sol, en alguna mañana portentosa, hiciera su primera aparición en el oeste, de verdad creo que, mientras todo el mundo murmurara sus temores a mi alrededor, yo podría mantenerme sin ningún miedo, con absoluta falta de curiosidad y deseo de observación.” Mi comprensión de cómo funcionan las cosas, incluidas las leyes de la física, es tan patética que me pregunto cómo he logrado navegar por el mundo. Me especializo en la ignorancia. “¿Qué sé yo?”, como diría Michel. Por lo que se ve, parece que no voy a tener relaciones sexuales con otro hombre en esta vida. La experiencia me ha enseñado a honrar tanto mi indiferencia como mi cobardía. Hay que verlo de este modo: a fin de cuentas, la experiencia ha demostrado ser la escuela que me enseña a limitar lo que me preocupa y a tolerar mis limitaciones.

8.

Uno de los privilegios de envejecer es que no estás obligado a adaptarte a lo nuevo, o tener siquiera que hablar con entusiasmo al respecto. Sigo siendo un hombre del siglo xx. Arrastrado con renuencia hacia el nuevo milenio, permanezco leal al anterior, labrando patrones que establecí entonces. Por ejemplo, todavía leo periódicos y revistas impresos y me visto bien para tomar un vuelo. Evito pensar en Facebook, Twitter, el texting, o en cualquiera de esas innovaciones: no es que las deplore –no tengo ninguna objeción arrogante hacia las nuevas tecnologías–, simplemente me niego a involucrar mi mente en ellas. Cuando echo un vistazo a los artículos de opinión que hablan acerca del peligro evolutivo que significan estas nuevas formas de comunicación para los valores humanistas, abandono la lectura de inmediato. No quiero que esos fenómenos me importen lo suficiente como para sentirme alarmado. Me niego a ser alguien de actualidad. De esta manera evito desperdiciar mucho esfuerzo en tratar de escribir ingeniosas reflexiones acerca de la última novedad o el artilugio más reciente.

La experiencia también me ha enseñado a reconocer que mucho de lo que pasa por innovador no es más que bombo y platillo, producto de las relaciones públicas y de una memoria corta. En la cultura popular, así como en la alta cultura, lo que se considera atrevido suele ser el reciclaje de un tropo agotado. Pensemos por ejemplo en la androginia: Marlene Dietrich usaba su esmoquin y besó a una mujer en los labios. Ahora Madonna o Lady Gaga hacen lo mismo. Igual pasa con el sadomasoquismo y el cuero negro, el fragmentarismo, la renuncia a narrar, el desorden temporal, los bucles autorreflexivos, el ritual escénico a lo Artaud, las sílabas sin sentido a lo Jlébnikov, el antiarte neodadaísta, los efectos de distanciamiento brechtiano-marxistas, y la toma de conciencia políticamente correcta de todos los colores.

En mi juventud leía las secciones de Arte y Entretenimiento (entonces se llamaban de otra manera, pero eso no importa) de The New York Times con ávida credulidad, pensando que tenía que hacer el esfuerzo de conocer a este o aquel cineasta, pintor, director de orquesta y productor teatral. Ahora miro por encima el nombre de los periodistas de cultura que firman las notas y, puesto que conozco a la mayoría de ellos y no confío particularmente en su opinión ni tampoco valoro su estilo prosístico –por muy trabajadores que sean–, paso más tiempo cavilando sobre cómo consiguieron que les asignaran el tema que leyendo sus artículos. ¿Suena solo arrogante o cuenta como signo de experiencia?

9.

Tengo suficiente experiencia con el extraño comportamiento de las personas como para no sorprenderme ante sus repentinos brotes de gentileza, brutalidad, ternura, traición, inconsistencia, vanidad, rigidez, schadenfreude y sus opuestos. Lo que sí me asombra son los acontecimientos actuales. Cuando se produjo el 11-S, quedé atónito ante una cosa tan monstruosa. (Me pareció que no fue accidental que ocurriera al otro lado del milenio, en 2001. Pensé: nada bueno puede venir del siglo xxi. Aunque tampoco es que el xx haya carecido de su cuota de sorpresas desagradables.) Me sigue asombrando la aparente disposición de los republicanos a preferir el cierre de la administración federal y el impago de la deuda por parte de Estados Unidos antes que negociar con el presidente. Ya no entiendo a mi país: cómo es que –tras un siglo de programas federales como el New Deal, la seguridad social, la regulación bancaria, las viviendas públicas y los cupones para alimentos– una enorme franja de la población todavía puede sentirse agraviada ante el más mínimo esfuerzo gubernamental para proteger a los pobres y a los débiles, o ante cualquier otro tipo de injerencia que no sea el de mantener a las fuerzas armadas. Nada de lo vivido anteriormente me había preparado para este aterrador viraje. Crecí en la atmósfera de la posguerra de un Estado de bienestar modestamente progresista, donde se esperaba que problemas como la segregación racial y la pobreza fueran atendidos a nivel gubernamental. Con ingenuidad asumí que en el mejor de los casos marchábamos, o en el peor nos arrastrábamos, hacia una sociedad más justa. Lo que pensé que era una evolución histórica inevitable resultó ser solo un incidente pasajero. Habría sido mejor recurrir a la teoría del eterno retorno de Nietzsche. Hoy tengo menos experiencia, menos capacidad de adaptarme a este severo ambiente de egoísmo que el joven promedio de veinte años, que ha crecido sin mi conjunto de expectativas de la “Gran Sociedad” y el New Deal.

10.

Alguna vez los periódicos tuvieron una importancia capital, ya no. Soy un ser que pertenece a la cultura de los periódicos; por lo tanto, ya no importo. Soy superfluo. Debo aprender a aceptar mi redundancia, como el hombre superfluo de Turguénev. Por fortuna, he tenido muchísima práctica. Siempre pensé que algún día sería superfluo, un atavismo cultural, motivo por el que me preparé sumergiéndome en volúmenes de anticuario de épocas pasadas, cuyos autores, sospecho, no significarían nada, o casi nada, a las futuras generaciones. Cuando mis amigos de la universidad leían a Beckett, Burroughs y Pynchon, yo leía atentamente a Fielding, Machado de Assis y la Dama Murasaki. Luego, cuando descubrí los placeres del ensayo personal, me aferré a los encantos de fustán de Lamb, Hazlitt, Stevenson y Beerbohm, con apenas un vistazo a Sedaris, Wallace y Vowell. Felizmente me he transformado en un tipo cuya idea de una película entretenida, tal y como me recuerda mi hija adolescente con desdén, es un filme mudo, en blanco y negro, restaurado.

¿Entonces de qué sirve la experiencia si la experiencia que he logrado adquirir ya no se aplica a los retos de la nueva era, excepto como el recalcitrante anquilosamiento de mi terquedad ante lo novedoso, y mi adopción de lo viejo y lo enrarecido?

11.

Emerson me reprende: “Pero el hombre y la mujer de setenta años asumen que lo saben todo, han vivido más de lo que esperaban, renuncian a la aspiración, aceptan lo real como necesario y hablan con condescendencia a los jóvenes. Dejemos, entonces, que se conviertan en órganos del Espíritu Santo; dejemos que sean amantes; dejemos que contemplen la verdad, y sus ojos vuelvan a mirar hacia arriba, sus arrugas se suavicen, estén de nuevo perfumados con esperanza y poder. La vejez no debería tomar desprevenida a la mente humana. En la naturaleza todo momento es nuevo; el pasado siempre es engullido y olvidado; solo lo que está por venir es sagrado. Nada es seguro sino la vida, la transición, el espíritu que da energía [...] La gente desea establecerse; solo en la medida en que esté inestable existe alguna esperanza para ella.”

Sí, sí, claro. Si tú lo dices, Emerson. Yo quiero establecerme; quizás haya sobrevivido a mi esperanza. Cuando Emerson escribió este pasaje seguramente sonaba fresco, rebelde, positivamente eléctrico. Ahora suena viejo. Me doy cuenta de que, incluso al elegir que Ralph Waldo Emerson me reprenda, me abandono a una añoranza antigua.

12.

Estos son los últimos seis versos del hermoso poema de Borges sobre Emerson:

Piensa: Leí los libros esenciales

y otros compuse que el oscuro olvido

no ha de borrar. Un dios me ha concedido

lo que es dado saber a los mortales.

Por todo el continente anda mi nombre;

no he vivido. Quisiera ser otro hombre.

Bueno, mi nombre no anda por el continente entero, pero... soy respetado. He leído no pocos libros esenciales (ay, olvidando lo que había en ellos, de modo que debo volver a leerlos desde el principio), y soy autor de más de una docena de títulos que –si bien no hay garantía de que logren escapar al olvido– han brindado cierto placer a algunos lectores. Más allá de esto no puedo, no debo pedir más: la ingratitud enfurece a los dioses. No soy grandioso, como lo son Emerson o Borges, para considerar siquiera que tengo derecho a querer ser alguien más. (Esto me recuerda un viejo chiste judío: El rabino y los peces gordos de la sinagoga se golpean el pecho en Yom Kipur, Día de la Expiación, y gritan: “¡Soy un gusano, no soy nada, no soy nadie!” Al conserje, un gentil, le parece buena idea y comienza a golpearse el pecho gritando: “¡No soy nadie! ¡No soy nadie!” Los otros lo miran con alarmado desprecio, hasta que uno de ellos dice: “¡Miren quién piensa que no es nadie!”) ¿Es falsamente ingenuo y presuntuoso por mi parte considerarme un don nadie, un punto diminuto bajo las estrellas, o acaso la amplia perspectiva geológica de la inminente catástrofe ambiental es la única adecuada y responsable?

13.

¿Cuál es la naturaleza de la experiencia? ¿Cuál es la conexión, si es que existe, entre experiencia y conocimiento? ¿Cuál es la relación entre conocimiento y sabiduría? ¿La sabiduría puede adquirirse de forma pasiva? ¿Uno puede vivir y no adquirir experiencia? ¿La experiencia solo es “experiencia” si la convertimos en pensamiento autoconsciente, o debemos incluir lo inconsciente en nuestro inventario de experiencia? Por ejemplo, nuestros sueños: ¿no forman parte de nuestra experiencia? Por cierto, ¿en realidad existe eso que se llama inconsciente? ¿La sabiduría es fundamentalmente una propiedad intelectual o emocional? ¿La sabiduría puede saltarse el corazón y albergarse solo en el cerebro? ¿Alguna vez funciona a la inversa? ¿Cuál es la diferencia de valor entre una experiencia turbia vivida conscientemente y una evitada con prudencia? ¿La prudencia –en su significado de sabia evasión de ciertos caminos apenas esbozados– resulta en un alma menos profunda o más profunda? ¿Existe eso que se llama alma? Si no existe, ¿qué sentido tiene adquirir experiencia?

14.

“Somos grandes insensatos: ‘Ha pasado su vida en el ocio’, decimos; ‘hoy no he hecho nada’. ‘¡Cómo!, ¿no has vivido? Esta es no solo la fundamental, sino la más ilustre de tus ocupaciones.’ ‘Si me hubiesen dado la oportunidad de manejar grandes asuntos, habría mostrado de qué era capaz.’ ‘¿Has sido capaz de meditar y de regir tu vida?: has realizado la tarea más grande de todas.’ [...] ¿Has sabido componer tu comportamiento?: has hecho mucho más que el que ha compuesto libros. ¿Has sabido reposar?: has hecho más que quien ha conquistado imperios y ciudades. La grande y gloriosa obra maestra del hombre es vivir de modo conveniente.”

Esto lo escribió Montaigne, en “La experiencia”, a los 56 años. Murió a los 59. Digamos sesenta, para redondear. Ya que los setenta son los nuevos sesenta, yo debería estar llegando a ese punto de sabiduría plena que Montaigne obtuvo al final de su vida, ¿cierto? Pero, como el joven promedio de hoy ha prolongado la adolescencia, comparado con un joven del siglo xvi en Francia (véase Centuries of childhood, de Philippe Ariès, donde demuestra que a los niños se les trataba como pequeños adultos y se esperaba que empezaran a trabajar desde los siete años), tendríamos que restar otros veinte años a mi índice de madurez, dejándome en cuarenta años. Después, restemos otros diez por ese síndrome que Hemingway denominó desdeñosamente “del hombre-niño norteamericano”, refiriéndose a que había algo excepcionalmente atrofiado en los hombres de esta tierra en particular, lo que reduciría mi edad emocional todavía más, así que quizá debería ser considerado como el equivalente a un treintañero. Con razón no dejo de parpadear como un pollito recién salido del cascarón, preguntándome qué es esto, qué es aquello.

15.

El problema del solipsismo: no creer que los otros son tan reales como tú parece detener la adquisición de sabiduría. Por otro lado, tal vez todos somos narcisistas y, si el narcisismo es una ley universal, tenemos que volver a examinar todos los magnánimos vituperios que hay contra el narcisismo y preguntarnos si se trata de una forma hipócrita de chantaje social. ¿Por qué habríamos de sentirnos culpables de algo que no podemos evitar?

No me considero un narcisista de primer orden. A diferencia de Montaigne, ni siquiera siento un interés profundo en mí. Cuando estoy solo en mi estudio o caminando por la calle, por lo general no voy pensando en mí sino en otros, en un intento por comprenderlos, aunque eso podría ser solo otra forma de autoprotección narcisista: tratar de anticipar qué harán, para eludirlo con efectividad cuando la situación se presente. En todo caso, cuando de la realidad se trata, tiendo a entenderla de manera literal. Doy por hecho que la gente que me rodea es real, que el árbol que está al otro lado de la ventana es real, etcétera. Jamás he logrado comprender la idea propuesta por Jean Baudrillard o David Shields, según la cual cada vez sentimos que nuestra vida es menos real, que los simulacros que los medios de comunicación producen incesantemente nos han robado el sentido de nuestra propia autenticidad, y que por lo tanto añoramos lo real. Yo no añoro lo real. No tengo ni la más remota idea de qué significa eso. Solo quiero arreglármelas, solo quiero disfrutar los años que me queden en esta tierra, y, sobre todo, quiero ver a mi hija Lily convertirse en la maravillosa adulta en la que está ya transformándose con rapidez; quiero verla aprovechar todo su potencial y su destino. Me inquieta que se preocupe tanto. Amor fati, quiero decirle. Ama tu destino, algo que también me repito constantemente, por todo lo bueno que produce.

16.

Cada mañana me despierto entre las seis y las seis treinta porque necesito orinar. Mis gatos lo saben y comienzan a acercarse a la cama a esa hora, para asegurarse de que me levante a darles de comer. Lo primero y lo último que hago todos los días es ponerme gotas en los ojos para controlar el glaucoma. No tengo problemas de sueño, pero me despierto con más frecuencia que antes, a veces por el ruido que hace algún vecino, por los ronquidos (míos o de mi esposa), porque me despierta un sueño o por ningún motivo en especial. Me despierto y comienzo a hurgarme la nariz para destapar los ductos respiratorios. Esto es particularmente cierto en invierno, cuando la calefacción se enciende de noche y reseca el aire del cuarto. Como no duermo lo suficiente, en la tarde los ojos se me cierran cuando leo y a menudo, cuando estoy en el cine o escucho una ópera, empiezo a cabecear. Es indignante pagar una fortuna por un boleto para ir a la ópera y quedarse dormido, pero no lo puedo evitar. A veces, solo para mantenerme despierto, me froto el cuero cabelludo a la altura de la frente, donde antes tenía cabello, y encuentro protuberancias que intento alisar arrancándome la piel suelta. Cuando estoy en un lugar público, como el metro o el cine, invariablemente me preocupa que se me suban las chinches, debido a que hace algunos años tuvimos una plaga de chinches y nos vimos obligados a tomar medidas extremas para exterminarlas: llevamos toda nuestra ropa a la tintorería y envolvimos los libros. Cada vez que tengo comezón pienso que son las chinches que regresan.

17.

Detesto mentir. Haré casi cualquier cosa para evitarlo, incluso si eso significa escabullirme de una lectura poética en el instante en que termina o –si se me aborda de manera directa– soltar alguna frase poco diplomática que ofenda a alguien. Esta resistencia a mentir tiene su origen no tanto en un principio ético como en un temor supersticioso, como si, en caso de que alguna vez empezara a mentir con soltura, mi esencia se disolviera y me convirtiera en una criatura de personalidad múltiple. Cuando uno miente se divide en dos seres, y entonces un tercero tiene que vigilar y ejercer las funciones de juez entre los otros dos. De aquí que el adulterio nunca haya sido una gran opción para mí. Claro que he mentido, en algunas ocasiones, pero no voy a decirles dónde ni cuándo. Mi experiencia llega a eso. La mayor parte de mis mentiras son pecados de omisión, como cerrar la boca cuando podría meterme en problemas si digo lo que opino de verdad. Si alguien me cuenta que le fascinó una película que a mí me pareció pésima, sonrío y asiento con entusiasmo, aunque con cierta contracción de la cabeza de modo que si Dios está observando Él entenderá y perdonará mi falsedad. Aunque, ¿por qué habríamos de ser transparentes? ¿El arte es transparente? Es mejor respetar los misterios. En vista de todas las cosas que jamás lograremos comprender, no necesitamos salir a buscar un misterio: el misterio vendrá a nosotros sin importar qué hagamos o no hagamos.

18. Coda

Al responder al gran ensayo final de Montaigne, intenté reunir mis propias nociones e intuiciones sobre la experiencia. Empecé a escribir antes de releerlo, diciéndome que de esa forma tendría una ventaja inicial; pero al final no pude leer su texto de nuevo con detenimiento –aunque eché un vistazo a los pasajes que ya tenía subrayados–, porque era demasiado deprimente. No me sentí a la altura de su estilo audaz y vitalista. Él es el maestro, él es el Padre, y yo no podía entablar una lucha edípica, porque a él se lo debo todo como ensayista, y lo sé. Lo más que pude hacer para resistirme a su dominio fue evitar la relectura de su ensayo mientras yo escribía el mío. Eso sí, he leído “La experiencia” por lo menos quince veces, y lo he explicado a menudo en clase a lo largo de los años. Fue durante una de esas lecturas que llegué a la conclusión definitiva de que este era el mejor de sus ensayos; tanto así que dudé de mí mismo por haber incluido “Sobre unos versos de Virgilio” –su meditación sexual que yo esperaba que resultara de interés para los jóvenes– en mi antología The art of the personal essay, en vez de incluir este, sobre la experiencia, que es mucho más concluyente.

Este era mi tercer intento de emplear a Montaigne como influencia consciente. Traté de apropiarme de su estilo aforístico en mi ensayo Contra la alegría de vivir, y de su enumeración de subterfugios anatómicos en Retrato de mi cuerpo. Pero cuando llegó el momento de aproximarme a su enérgico compendio sobre la experiencia de vida, no pude hacerlo. Me pareció mucho más tentadora mi propia facultad de comprender la experiencia. Y aquí llegamos a mis recelos acerca del ser unitario. Desde hace algún tiempo sostengo que quienes escriben ensayos personales reafirman un ser conectado lógicamente y, con respecto a esto, son más tradicionales que los posmodernistas o los teóricos franceses que cuestionan la idea del yo individual. Ahora, el hecho es que ignoro si mi yo es unitario, cohesivo, o si existe incluso: solo sé que cuando escribo ensayos me conviene proceder asumiendo que lo es. Finjo que poseo un yo unitario y eso me es suficiente para empezar a escribir. Aunque pregona sobre la duda y lo eternamente cambiante, me parece que Montaigne tiene un yo único, pletórico de confianza en sí mismo y a prueba de toda fractura. O quizás sea su voz la que me parece tan unitaria. Él logra sostener ese yo, esa voz secamente meliflua, a través de extensos ensayos que divagan y regresan al tema principal una y otra vez. Yo, en cambio, apenas fui capaz de sostener un ensayo sobre la experiencia que con trabajo llegó a las veinte cuartillas, y eso dividiéndolo en diecisiete míseros apartados. Apliqué aquí aquello de los mosaicos de texto; escribí en fragmentos, con espacios entre cada pieza discontinua, que no es la forma en que habitualmente escribo ensayos. Por lo general acopio fuerzas y sigo hasta acabar. Pero me hallé fragmentando ante la certeza abismal del gascón. De hecho, lo que lo llevó a su estoica y noble conciencia de que “debemos aprender a soportar aquello que no podemos evitar”, y lo que sirvió para unir ese último ensayo, fueron las piedras que tenía en el riñón. Esa enfermedad fue la principal maestra de sus años finales: “¿Hay algo que pueda compararse en dulzura a ese cambio súbito, cuando paso de un dolor extremo, al evacuar la piedra, a recobrar como si se produjera un relámpago la hermosa luz de la salud, tan libre y tan plena, como sucede en nuestros cólicos repentinos y más violentos?” No, gracias. Prefiero mi prolongada e irresuelta inmadurez a su iluminación adquirida por medio de piedras en el riñón. ~

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Traducción del inglés

de Laura Emilia Pacheco.

 

 

 

 

* Michel de Montaigne, Los ensayos (según la edición de 1595 de Marie de Gournay), prólogo de Antoine Compagnon, edición y traducción de J. Bayod Brau, Barcelona, Acantilado, 2007, 1736 pp.