¿Se extinguen las librerías de viejo? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Se extinguen las librerías de viejo?

Las librerías de usados ocupan un lugar preponderante en las cartografías particulares de los lectores. ¿Están desapareciendo? Ojalá sea solo una falsa sensación.

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Desde hace un tiempo tengo esta sensación: lenta, casi imperceptiblemente, las librerías de viejo se extinguen. Ahora hay menos que antes. No es un dato basado en encuestas, ni en estadísticas, ni en nada más que mis propias sensaciones. Me pasa bastante últimamente: voy a un lugar donde mi memoria me indica que había una librería de usados, no la encuentro, busco y rebusco y por fin me resigno a que esa librería ya no está más. Buscar y rebuscar, justamente, eso que a los lectores tanto nos gusta en los estantes de esos negocios.

En realidad, que la librería no esté más no siempre quiere decir que no exista más. Muchas siguen vigentes en internet. Sospecho que el comercio electrónico es, al mismo tiempo, la causa y la solución del problema de las librerías de viejo. He comprado bastantes libros por internet. En ciertos casos, en lugar de recibirlos en mi casa, decidí ir a buscarlos yo. He retirado libros de casas particulares, de kioscos de revistas, papelerías, edificios de oficinas, tiendas de mascotas y… ah, sí, a veces también de librerías.

La venta por internet, hay que decirlo, ofrece muchas ventajas:

  • Costos mucho más bajos para los vendedores, ya que se evitan los gastos que implica un local abierto al público.
  • Se puede acceder virtualmente a enormes catálogos desde cualquier lugar del mundo.
  • Se puede buscar y comprar en cualquier momento del día, todos los días del año.
  • En la mayoría de los casos, se puede optar por recibir el producto en el domicilio.

¿Cómo hace entonces un librero de viejo, si su negocio no va bien, para resistirse a la tentación de bajar la persiana para siempre y dedicarse en exclusiva a la venta online? ¿Cómo reprocharle esa decisión? Me hago esas preguntas con una tristeza similar a la que siento al ver que en el 84 de Charing Cross Road, en Londres, en el lugar donde estaba la librería Marks & Co., que aprendimos a querer a través del libro de Helene Hanff, ahora hay un local de McDonald’s. (Aquí arriba, fotos de la fachada clásica de Marks & Co., en los años cuarenta, y la actual, tomada de Google Street View. El único rastro de que la histórica librería estuvo allí es una placa en la pared, oculta en la foto por el tronco del árbol.)

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La tristeza es natural, porque visitar una librería de viejo tiene una magia incomparable. Deambular por sus pasillos como un explorador que recorre un territorio desconocido sin saber qué se puede encontrar. La emoción de pasar por las portadas o los lomos, uno por uno, a menudo palpándolos con las yemas de los dedos, que quedan sucias de un polvo un poco incómodo pero agradable. Y, cada tanto, el hallazgo del tesoro inconseguible en las librerías “normales”: ediciones antiguas, autores de rastro difícil, títulos agotados o descatalogados…

Lo dicho: el comercio por internet tiene muchas ventajas. Si uno quiere un libro en concreto, lo busca en AbeBooks, eBay o Mercado Libre y se evita una peregrinación por quién sabe cuántas librerías. Pero el más puro encanto de las librerías de viejo es otro: el placer de dar con un libro que uno no buscaba. Parafraseando a Cortázar, andamos sin buscarnos y sin saber que andamos para encontrarnos.

¿Cuántas veces no te ha ocurrido que el deseo sea posterior al hallazgo: ves un libro cuya existencia desconocías y sabés de inmediato que lo anhelabas, que el destino de ese ejemplar es abandonar la librería y acompañarte para siempre, hasta que la muerte los separe? Y te vas pensando que el dinero —el puñado de billetes que el librero te ha exigido a cambio— sí hace la felicidad.

Y algo más: para querer un libro y poder buscarlo en AbeBooks, eBay o Mercado Libre, primero hay que conocerlo. Y uno no siempre lo conoce por escuchar las recomendaciones de los amigos o leer los suplementos culturales: en muchos casos es por haberlos visto en una librería. Con frecuencia, en librerías de viejo. Si estas se extinguieran, perderíamos, también, una fuente de conocimiento.

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No es un problema exclusivo de las librerías de viejo, claro está. Hace poco estuve en Colonia del Sacramento, Uruguay, una coqueta y muy bonita ciudad de 25 mil habitantes. En todo el centro no encontré una sola librería. Recorrí después algunos barrios de la periferia: no vi ninguna y dudo de que exista alguna por allí. Les pregunté a algunos vecinos, porque me parecía raro, no podía ser que no hubiera ninguna.

—Antes había una acá en la otra cuadra, pero cerró —me dijo alguien.

—Fijate en la avenida Artigas, pero creo que no —me dijo otro.

—Mirá que yo soy nacido y criado acá, ¿eh?, pero no sé de ninguna —me dijo alguien más. Y agregó—: Es bueno saber que todavía hay gente que lee.

Ni siquiera en las tiendas de la terminal de ómnibus o del puerto —adonde arriban y desde donde parten varios barcos por día que unen esa ciudad con Buenos Aires— venden libros, ni siquiera los best-sellers de bolsillo típicos de viaje, que se suelen ofrecer junto con las revistas de crucigramas y las golosinas.

La única librería que sí supieron indicarme fue la ubicada dentro del Colonia Shopping, un centro comercial no tan alejado del centro pero que, dadas las dimensiones de la ciudad, se puede decir que está casi en las afueras. No fui.

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Por suerte, todavía muchas librerías de viejo gozan de buena salud. Se puede acudir a sitios clásicos como la calle Donceles en México, la Cuesta de Moyano en Madrid, los buquinistas junto al Sena en París, el Parque Rivadavia en Buenos Aires y tantos otros rincones que los lectores conocemos y con los que dibujamos mentalmente, en cada ciudad, nuestras cartografías particulares. Son esos rincones los que a veces nos deparan la triste noticia de ya no ser lo que han sido. En todo caso, ojalá la mía sea solo una falsa impresión y que las librerías de viejo no sean un género en vías de extinguirse. Y que sigan viviendo en su hábitat natural, sin necesidad de criarlas en cautivero para preservar la especie.