Sánchez-Cuenca y los intelectuales | Letras Libres
artículo no publicado

Sánchez-Cuenca y los intelectuales

La desfachatez intelectual, de Ignacio Sánchez-Cuenca, es a ratos brillante, ingenioso, moralizante, atrabiliario e injusto: parece un intelectual español.

La desfachatez intelectual (Libros de la Catarata), del profesor de ciencia política Ignacio Sánchez-Cuenca, trata de la relación entre los intelectuales y la política en España. El libro sobre (es decir: contra) los intelectuales es casi un género y en nuestra lengua hay buenos ejemplos de análisis del lenguaje periodístico, pero el planteamiento de Sánchez-Cuenca es sugerente y hasta cierto punto novedoso.

Los analistas deberían introducir un cierto sosiego en el debate público, potenciar la argumentación razonada y basada en la evidencia, elevar el nivel de la conversación. En cambio, Sánchez-Cuenca detecta una retórica literaria que inventa relaciones causales, no atiende a la evidencia empírica, y es propicia al argumento ad hominem y al anecdotismo y personalismo. La desfachatez intelectual está llena de citas que “se caracterizan todas ellas por una mezcla de frivolidad en los contenidos y prepotencia en la forma estilística. Empleando un tono sobrado, pleno de contundencia, se realiza una afirmación retumbante, en la que no hay rastro de duda o matiz. Y ese estilo henchido de certidumbre, que se corresponde tan perfectamente con lo que el sociólogo Diego Gambetta ha llamado ‘machismo discursivo’ [...], sirve para disfrazar ocurrencias y argumentos poco informados y mal construidos”.

Los autores de los que escribe Sánchez-Cuenca vienen en general del mundo literario. Herederos de las angustias del 98, están obsesionados con el nacionalismo y el ser de España, y en los tiempos de crisis se han apuntado a un regeneracionismo apresurado. El objetivo de La desfachatez intelectual es “llamar la atención sobre la pobreza de su argumentario cuando intervienen en la esfera pública a propósito de temas que no conocen en profundidad y sobre los cuales, en la mayoría de los casos, no tienen nada especialmente interesante que aportar”.

El libro arranca de una polémica entre intelectuales clásicos y politólogos. Tiene momentos disfrutables y observaciones perspicaces. Es recomendable para cualquiera que esté interesado en el debate público. Me ha ayudado a reflexionar sobre errores que he cometido o que puedo cometer. En ese sentido, creo que es útil.

Al mismo tiempo tiene problemas graves. Oscila entre una pretensión de análisis serio, como cuando expone su tesis central sobre el papel de los intelectuales, y la provocación del panfleto. No siempre tiene el rigor que reclama. Aunque presenta una tesis sobre una manera precipitada de opinar, un estilo personalista y dotado de cierta soberbia que predominan en nuestro ecosistema mediático, buena parte del volumen se centra en unos pocos nombres -Fernando Savater, Mario Vargas Llosa, Félix de Azúa, Jon Juaristi, Antonio Muñoz Molina, Javier Cercas- y prácticamente en un solo medio de comunicación. Sin base de datos o análisis más sistemático, el volumen parece un ensayo de una obra más completa y peca de impresionismo.

Sánchez-Cuenca reivindica el valor de usar nombres propios en vez de realizar críticas generales. Entre otras cosas permite que el aludido responda. En ese sentido es valiente; como él, creo que sería bueno que se aceptaran con mayor facilidad la crítica y el debate, y que lográsemos distanciar un poco más las ideas y las obras de quien las produce. El procedimiento, además, da morbo, y más cuando el autor ha tenido polémicas anteriores con algunos de los escritores que critica. Pero también añade un elemento personal que dificulta hablar de las ideas. “En cualquier combate cuerpo a cuerpo, las ideas y los argumentos ceden ante el ataque personal”, se lamenta el autor, señalando un defecto de nuestra forma de debatir. Los repasos biográficos un tanto someros y el tono incisivo de Sánchez-Cuenca tampoco ayudan a una discusión desapasionada.

Creo que quien participa en el debate público debe informarse, estudiar la evidencia y escuchar a los expertos, y que el componente literario debe ayudar a transmitir las ideas más que a crearlas. Pero algunos de los textos que señala Sánchez-Cuenca no resisten su análisis porque no están pensados para soportar ese tipo de análisis. Pueden interesarnos más o menos, pero quien los escribe no los escribe de ese modo, y quien los lee tampoco.

Muchos de los ejemplos son hilarantes y parecen llevar el fisking incorporado. A menudo el análisis de Sánchez-Cuenca resulta incontestable. Pero en otras ocasiones es también limitado: faltan otros elementos que eran evidentes para el emisor y los receptores.

Algunas de las críticas de La desfachatez intelectual son injustas. Una persona que lleva tiempo opinando con regularidad en la prensa ha tenido muchas oportunidades de equivocarse en público. Fernando Savater ha escrito páginas memorables, además de asumir un alto coste personal. No creo que le haga justicia una frase inoportuna sobre los parados y los toros.

En otras ocasiones parece pedir a los textos cosas que quizá no le pueden ofrecer. En un artículo sobre Javier Cercas, reprocha que el autor de Anatomía de un instante realice un análisis incompleto de la crisis española. Anticipando la objeción del lector, Sánchez-Cuenca dice que aunque sea una columna de revista dominical no se puede menospreciar al lector de ese modo. Algunas de esas críticas interpretan los textos de manera literal y aislada, como si no estuvieran rodeados de otros textos o de otras explicaciones.

Ignacio Sánchez-Cuenca se muestra alarmado por la presencia de escritores (“literatos”) en los medios de comunicación de nuestro país. Muchos escritores se pronuncian sobre política por lo mismo que los actores y los cantantes lo hacen: los periodistas se lo pedimos.

Otra posible razón es la debilidad del mercado literario. El mundo cultural que conozco mejor es bastante más precario e incierto que el que describe Sánchez-Cuenca, que se centra en unos pocos nombres consagrados. Los escritores compaginan su trabajo con la docencia, con la traducción, con la labor periodística (en plantilla, escribiendo de asuntos literarios o emitiendo opiniones sobre la paz en el mundo). Una novela normalmente no da mucho dinero, pero puede proporcionarte unos ingresos de manera indirecta (si el medio de comunicación paga, lo que no siempre sucede). Eso tiene sus riesgos personales y artísticos: que el opinador se acabe imponiendo al artista ante los lectores y ante ti mismo, que acabes creyendo que la literatura importa por los temas que trata, que España te duela como una contractura.

Un problema más grave del libro de Sánchez-Cuenca -donde aparecen muchos más hombres que mujeres- es su parcialidad. La mayoría de los escritores que critica están entre la socialdemocracia y el liberalismo y se oponen al nacionalismo. Con alguna excepción, como Juan Manuel de Prada, los autores más claramente “de derechas” no ocupan un espacio similar, y la crítica tiene algo de “narcisismo de la pequeña diferencia”. Sobre todo llama la atención que no haya encontrado ejemplos de machismo discursivo o de artículos faltos de rigor entre autores que tengan posiciones ideológicas más cercanas a las suyas: no hay ejemplos de autores a la izquierda de la socialdemocracia. El autor defiende la obra de Luis García Montero, que practica el tipo de escritura que a él le parece apropiado para la prensa:

El escritor puede denunciar injusticias, recordar la importancia de determinados principios morales y políticos (la solidaridad, el consenso, el cosmopolitismo, la tolerancia, etc.), trazar el perfil de un político, exigir comportamientos más elevados entre quienes tienen altas responsabilidades, fustigar a quienes incurren en prácticas corruptas, reclamar ideales de difícil materialización, etc., y lo hará mucho mejor y con mayor fundamento que cuando oficia de analista y entra en debates positivos.

Existe otra opción, para que los escritores literarios aporten algo válido a la prensa, que es “la sátira y la burla”. En España “hay consumados escritores que han practicado el tono satírico con gran ingenio, desde Juan José Millás hasta Rafael Reig”.

“El debate, pues -advierte el autor en la introducción-, queda reducido a desautorizar a quien piensa distinto, sin entrar en demasiados detalles acerca de las razones para defender una postura determinada”. El argumento de Sánchez-Cuenca habría sido más poderoso si la selección de ejemplos hubiera sido otra.

El autor explica que entre las cosas que hacen los escritores “desde su tribunas” está “evitar el debate y el intercambio de argumentos, lo que no es incompatible con lanzar dardos cargados de mala uva”. Pese a esa declaración de intenciones y a momentos realmente ingeniosos, las simpatías y antipatías de Sánchez-Cuenca son tan obvias que le restan credibilidad. Cuando El País dedica un número al rey Juan Carlos, se le hacen “ditirambos acartonados, en el más puro estilo del antiguo NO-DO”; Rosa Díez, “una mujer sin estudios universitarios, de profesión administrativa y apparatchik del PSOE durante décadas, exconsejera del gobierno vasco”, “decidió seguir trepando en la política”; un economista concluía “con ese tono tajante tan habitual en su gremio”. Me interesan el capítulo sobre el nacionalismo, su visión de la moralización de los problemas políticos y su ataque a la declaración inicial de Libres e Iguales (que firmé). Pero ¿qué sentido tiene, por ejemplo, escribir: “merece atención especial la promotora del manifiesto, la persona que presentó ante el público y la prensa enfrente del Congreso de los Diputados, Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta Ramos, marquesa de Casa Fuerte, que firma como historiadora, si bien es más conocida por haber sido diputada del Partido Popular”?

Otras veces lo que se critica no es tanto la forma de la argumentación como las ideas: las diferencias del autor con Luis Garicano o César Molinas, y en general con la literatura reformista o neorregeneracionista, son más de enfoque: les reprocha la desatención de los problemas distributivos, un exceso de confianza en las reformas institucionales y provincianismo intelectual.

En La desfachatez intelectual, Ignacio Sánchez Cuenca cae en algunos de los errores que denuncia. Un poco a la manera de Groucho Marx, hay partes del volumen que no resistirían su propio análisis. Este libro, escrito con un nervio que le proporciona una disfrutable intensidad, es a ratos brillante, ingenioso, moralizante, atrabiliario e injusto: parece obra de un intelectual español. Y, como señaló Woody Allen, los intelectuales son como la mafia. Solo matan a los suyos.

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