Salvar Europa | Letras Libres
artículo no publicado

Salvar Europa

Las dificultades de la moneda única alimentan un sentimiento contra Europa. Pero la UE ha proporcionado a España los mejores años de su historia, y es un proyecto por el que merece la pena luchar.

En su autobiografía, Christopher Hitchens habla de un viejo chiste polaco que plantea esta pregunta: Si los rusos y los alemanes atacan otra vez, ¿a quién dispararías primero? La respuesta es: “A los alemanes. Primero el trabajo, luego el placer”. Pensé en este chiste, una encapsulación de siglos de invasiones y sufrimiento, cuando el ministro de asuntos exteriores de Polonia dijo que tenía más miedo a la inactividad alemana que a su poder, y declaró que Alemania era la nación indispensable de Europa. El discurso de Sikorski fue una emocionante llamada a la acción, un comentario sobre la emergencia económica. Pero también nos recordaba uno de los grandes logros de la Unión Europea: superar los enfrentamientos entre las naciones del continente y poner el interés común por encima del rencor histórico, el juego –de democracia, solidaridad y comercio- donde todos ganan por encima de los juegos de suma cero.

Desgraciadamente, es un logro frágil, y estos días –cuando el comisario de asuntos económicos y monetarios Olli Rehn ha declarado que “entramos en un periodo crítico de diez días” para salvar el euro- vemos a veces un resurgimiento de prejuicios nacionalistas. Se habla de una Europa de dos velocidades, de la lentitud de Angela Merkel, de la reticencia de los alemanes a pagar por la mala gestión de los países meridionales de la Unión, de la hipocresía de los países que se saltaron los pactos de estabilidad cuando les convenía y que ahora reivindican la exigencia de cumplirlos, de que si los países del sur han sido irresponsables a menudo encontraron un banco del norte que les prestara el dinero alegremente, de la construcción de una “Europa alemana”. Algunas críticas son extrañas. Se reprocha al mismo tiempo falta de liderazgo y poco espíritu democrático, aunque más liderazgo implicaría menos democracia y viceversa. Decimos que Merkel escucha demasiado a los alemanes y que nuestros políticos escuchan poco a los españoles, lo que tampoco encaja del todo bien. Pero quizá haya algo de verdad en algunos de esos reproches, como quizá haya razones para la cautela alemana, o para las críticas a la extraña pareja de Sarkozy y Merkel, donde Francia intenta que, al ir de la mano de Berlín, su situación económica parezca mejor, como quien va con un amigo guapo a una fiesta, y Alemania intenta no parecer dictatorial.

Sin duda, hemos visto demasiadas cumbres que han encontrado soluciones que quedaban viejas en unos pocos momentos. En ocasiones, los líderes nacionales han responsabilizado a Europa de normativas impopulares, muchas veces positivas. Los mecanismos de la Unión Europea son más transparentes que los de la mayoría de las instituciones, pero son complejos y quizá no se han explicado del todo bien. El diseño de una unión monetaria sin una unión fiscal ha resultado fallido, estamos viendo que es complicado armonizar economías muy distintas, y la tensión entre las normas europeas y la soberanía nacional se incrementa. Pero la ruptura de la zona euro sería un desastre, que arruinaría a muchos países. Y el fracaso europeo acabaría también con una idea que ha mejorado a muchas naciones, obligándoles a hacer reformas, y estableciendo una aspiración a la modernidad y a la democracia que Timothy Garton Ash codifica en seis principios esenciales: libertad, paz, imperio de la ley, prosperidad, diversidad y solidaridad. Algunos países del sur que tienen que realizar ajustes podrían lamentar no haber recordado antes la frase de Groucho Marx: “Nunca querría entrar en un club en el que se me admitiera como miembro”. Pero la Unión Europea nos ha proporcionado incontables beneficios: algunos son difíciles de definir pero fundamentales, como corregir la sensación de que éramos una anomalía histórica, o una vocación universalista de defensa de la democracia y los derechos humanos, y otros son muy concretos, desde mejores infraestructuras hasta la creación de una comunidad a través del programa Erasmus o la posibilidad de pasar a un país vecino sin tener que atravesar una aduana o cambiar de moneda.

Es un proyecto que todavía puede salvarse y merece la pena intentarlo. Cuando se lamenta el espíritu neoliberal de las nuevas normas que promueven otros países, se tiende a olvidar que muchos de esos países son el paradigma del Estado del bienestar. Por decirlo con las palabras de Ramón González Férriz, una de las conclusiones de esta crisis es que “solo con mucho control del gasto, acoso a la corrupción y toneladas de política institucional se pueden tener países igualitarios y buenos servicios públicos”. Es posible que resulte algo árido y aburrido, y que haya que hacer sacrificios desagradables. Pero la racionalización económica es uno de los aspectos que siempre han formado parte de Europa, y la aspiración a entrar en la Unión Europea, la pertenencia al club y los cambios que eso ha producido le han dado a España los mejores años de su historia, y todavía tienen mucho que ofrecerle.