Salinger: una invitación a la violencia | Letras Libres
artículo no publicado

Salinger: una invitación a la violencia

Una discusión literaria motivada por J.D. Salinger que se dirime a golpes.

La última vez que me agarré a golpes fue por culpa de J.D. Salinger. No soy un tipo violento pero hay veces que el orgullo tiene motivos que la razón no comprende. De hecho, toda la situación parecía sacada de The Catcher in the Rye. Estábamos en el bar del colegio después del cierre y casi todos los estudiantes se habían ido a dormir. Los vasos de plástico desbordaban los basureros. Alguien había olvidado una toga sobre la mesa de futbolito. El portero se paseaba asegurándose de que todas las puertas y ventanas tuvieran candado.

No sé por qué no nos fuimos antes mi chava, Jane, y yo. Hablábamos con un gringo que había llegado al principio del periodo de Cuaresma para empezar su maestría. Era un niño bonitillo, flaquito, con toda la arrogancia del recién llegado a la universidad. Se sentó a la mesa por invitación de un amigo que ya se había ido y se nos pegó hasta el final. También había un islandés que solamente asentía pero rara vez decía una palabra. Nunca supe quién era ni por qué estaba sentado con nosotros.

Cuando llegó el niño nos sorprendió en plena plática apasionada sobre Franny and Zooey. Jane había leído las noveletas por complacerme pero inmediatamente se sintió parte del mundo de la familia Glass.

–Es como si, a través de la oración de la serenidad, Zooey encontrara una especie de mantra cuya repetición la elevara a un estado extático donde finalmente encarna la ética que le permite sobrevivir el hastío y el duelo.

Y me miraba, Jane, con la travesura saltándole de lo ojos por haber dicho algo tan brillante como ridículo. Por lo menos nosotros nos entendíamos. A través de Salinger se abría una nueva ventana de complicidad donde sólo se podía ver hacia adentro.

El gringo se metió en la conversación, quesque Salinger era un autor menor, cuyo único mérito era haber caricaturizado a los adolescentes de clase alta de los cincuentas. ¡Decía cosas tan estúpidas!

Nadie le preguntó, más bien lo aguantábamos porque era un niño fuera de contexto. Pero siguió: sostenía que la narrativa norteamericana del siglo veinte solamente se redimía en un eje Faulkner-Carver, mediado por Hemingway. Lo argumentaba vehementemente, como si a alguien le importara. Si acaso Capote compartía la grandeza.  ¡Qué tipo más farol! ¡Juro que nunca había oído algo tan estúpido!  Y el islandés sólo sonreía y asentía. Se la estaba pasando bomba. Creo que no se enteraba de nada. Creo que era ingeniero.

El gringo era el tipo de cuate, además, que si se da cuenta que algo te está incomodando le pone más ahínco a la cuestión. Cuando se enteró –creo que Jane lo mencionó– que habíamos pasado la navidad en Lisboa, se soltó con unas opiniones sobre Pessoa que ruborizarían al mismísimo Mario de Sá-Carneiro. Le dije que no estábamos de humor, que Jane y yo estábamos como quien “pensó y halló y olvidó”. Digo, él puso a Pessoa sobre la mesa y ya me tenía hasta la madre. No hizo caso y, lo que es más, trató de bajarme a Jane, recitándole versos de amor en el peor portugués de diccionario. ¡Juro que nunca había conocido a un tipo tan farol! Señalando a Jane para que nos fuéramos, le di otro golpe de Tabacaria:

No eres nada, nunca serás nada, no puedes ni querer ser nada.

–Viniendo de una persona que cree que J.D. Salinger es un gran escritor, respondió, supondré que es un cumplido.

Hasta este momento yo había sido un caballero; cansado y grosero, pero caballero. Fingí que no me había afectado lo que dijo. Me levanté. Me puse el abrigo y la bufanda y uno de mis guantes. Le di una última calada a mi cigarro y, con dos dedos de la mano desguantada, se lo aventé en la cara. Comprendió que ya no hablábamos de literatura. Se me lanzó como tigre. No sé cómo le hice pero lo dejé en el suelo sangrando como cuando, en The Catcher in the Rye, Stradlater deja a Holden en el suelo, sangrando. El islandes, sonreía y asentía.

***

No reproduzco la historia de esta pelea porque recomiende la violencia como forma de resolver pleitos literarios. Tampoco suelto tantos nombres de autores para lucirme. Salinger, aquel gran especialista en invisibilidad, es un autor que penetra el alma invisible del lector y la ilumina, desnudando sus carencias. Sus textos no procuran al lector modelo sino que encuentran al ser in fabula de cada lector. Nada como Franny and Zooey para entender el duelo, el miedo y la ética. Nada como Raise High the Roofbeam Carpenters –su obra maestra– para perderle el miedo a la felicidad. Nada como los cuentos para sentir la profundidad de la mundana vida cotidiana. Reproduje la historia de la pelea porque han pasado cuarenta y ocho años desde la última publicación de J.D. Salinger y tres desde su desaparición material, y todavía no encuentro a otro autor a quien me gustaría llamar y pedirle que me cuente un cuento.