Rubem Fonseca: la fascinación del abismo | Letras Libres
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Rubem Fonseca: la fascinación del abismo

No deja de resultar paradójico que sea un autor norteamericano tan célebre como Thomas Pynchon quien haya reconocido lo que pocos entre nosotros han sabido ver en el narrador brasileño Rubem Fonseca: un verdadero maestro. Nació en 1925 y todavía es un semidesconocido en Hispanoamérica.
"Lo mejor de la obra de Rubem Fonseca es no saber adónde nos va a llevar. Siempre que comienzo un libro suyo es como si sonara el teléfono a medianoche: 'Hola, soy yo. No vas a creer lo que está sucediendo.' Su escritura hace milagros, es misteriosa. Cada libro suyo es un viaje que vale la pena: es un viaje de algún modo necesario." Hay una gran verdad allí, porque la virtud fundamental de Fonseca es la de todo buen narrador: hacernos creer lo increíble, inventar un mundo que se parece al nuestro pero que es, por alguna razón, del todo nuevo y fascinante.
     Fonseca sabe, como pocos, contarnos algo cuyo interés es tan poderoso que no podemos dejar de seguir leyendo apenas abrimos las primeras páginas, y al mismo tiempo sabe sorprendernos en cada una de las que siguen. Lo hace recurriendo a todas las trampas posibles: pistas falsas, proliferación de intrigas, personajes radicalmente ambiguos, designios que se entrecruzan o superponen por obra de voluntades e intereses contradictorios, etc. Las fuerzas que dominan ese mundo (erotismo, violencia, hedonismo, corrupción en todas sus formas) lo convierten en un lugar peligroso, donde existe la posibilidad inminente de morir o tener que matar, de verse envuelto en vastas conspiraciones o en escándalos que implican tanto a sombríos personajes del hampa como a miembros de la alta burguesía y la política.
     Cuando ingresamos a una de sus narraciones, presentimos el clima general de amenaza y riesgo, el olor a sudor frío de las posibles víctimas; todo es letal, implacable, desalmado. Hemos descendido a un submundo que es como un abismo abierto sobre el infierno humano. Aquí no hay redención y todo —desde las míseras favelas hasta los lujosos departamentos donde se desarrollan orgías de alcohol, sexo y drogas— exhala un hedor de depravación, de podredumbre irremediable. La única cualidad que permite a algunos sobrevivir aquí es el cinismo: nadie quiere cambiar este mundo abyecto, sino sacar el mayor provecho de él.

El modelo policial contradicho
Es obvio que el modelo literario que más ha influido sobre Fonseca es el de la novela policial y del thriller. El esquema básico que sigue la gran mayoría de sus novelas y cuentos es el de la investigación de un crimen o hecho delictivo. Como en todo relato policial, los culpables y sus móviles son ciertamente desconocidos y difíciles de descubrir, pero en las historias de Fonseca son, además, escandalosos, porque violan el principio clásico del género: a cambio de una investigación que restituye el orden moral roto, tenemos representantes de la ley que son tan corruptos y depravados como los malhechores. Así, Fonseca introduce un dato revelador sobre la total ausencia de normas establecidas y válidas en sociedades como la brasileña —y, por extensión, latinoamericana—, que va más allá del sentido de mero "entretenimiento" que distingue al relato policial: observar la pericia con la que la trama del que investiga desbarata la del criminal y nuestras propias sospechas.
     La capacidad para generar una acción vertiginosa con el menor despliegue verbal posible es algo que Fonseca no sólo ha aprendido en los citados modelos literarios, sino en el cine, en el que ha trabajado como guionista (también ha sido crítico cinematográfico), labor cuyas huellas pueden seguirse claramente en la composición de sus relatos. Del cine debe de haber aprendido otra virtud clave: la de la funcionalidad del trazo narrativo y el manejo preciso de sus distintos tiempos y climas, para crear imágenes visuales imborrables por su pulsión emocional y su irresistible seducción. Sus textos están hábilmente modelados por un designio artístico, pero de un modo casi invisible para crear efectos que enriquecen constantemente el relato y lo impulsan, con una lógica inexorable, hacia adelante. Más que textos en los que brillen las palabras, son eficientes maquinarias narrativas que desatan fuerzas, situaciones y peripecias que captan toda nuestra atención: hay en ellas algo escondido, algo perturbador e inquietante que la narración va revelando con cuentagotas. La maquinaria funciona gracias a un control perfecto de los ritmos que van desenvolviendo la historia, siempre muy veloz y directa, pero hecha con una serie de sutiles transiciones, pausas breves y bruscas aceleraciones.

El tercer botón de la camisa
Fonseca narra a través de un continuo cambio de focos, perspectivas y texturas, a veces dentro de una misma secuencia o párrafo, como jugando con el lector. Todo lo accesorio o conectivo entre una escena y otra ha sido eliminado o reducido drásticamente en favor de una fluidez en medio de sobresaltos. Sus relatos suelen estar intensamente dialogados, pero los interlocutores no se identifican con los habituales guiones ni con las acotaciones convencionales ("dijo X" o "contestó Y") ni con las indicaciones del modo o gesto que acompañan el acto verbal: al autor le bastan las comillas para indicar el paso de uno a otro interlocutor, que se define por su dicción sin que el narrador intervenga. Y si súbitamente otro personaje interviene en el diálogo, no siempre tendremos aviso previo: lo sabremos por las reacciones de los otros.
     Los personajes hablan directamente, pero también a través de cartas, confesiones policiales, documentos legales, grabaciones, etc., lo que nos permite advertir la discrepancia entre sus reales intenciones o actos y lo que declaran a terceros. Fonseca trabaja ávidamente con esa duplicidad moral y revela un conocimiento íntimo de los tejemanejes del mundo judicial. Ese conocimiento no sólo le viene por la vía del cinema noir y la novela policial. Una vez, conversando con él en Río de Janeiro, me contó que algunas de sus historias están inspiradas en diálogos sostenidos "profesionalmente" con policías y delincuentes; me reveló entonces la fría razón por la cual los asesinos (primero en la realidad y luego en sus cuentos) suelen apuntar al "tercer botón de la camisa" de sus víctimas: el impacto de la bala en el esternón lo desintegra en fragmentos que atraviesan los órganos vitales, causando la muerte segura.

Literatura, sueños, erotismo
Pero estas complejas intrigas, con policías brutales y asesinos a sueldo propios del género detectivesco, son sólo el vehículo para examinar cuestiones de otro orden: la literatura (y el arte en general), el mundo de los sueños y la pasión amorosa. De las dos primeras podemos hallar testimonio en la notable novela Grandes emociones y pensamientos imperfectos (1988), protagonizada por un director de cine cuya búsqueda de un raro diamante y de un presunto manuscrito desconocido de Isaac Babel lo lleva a una aventura de espionaje internacional en la antigua Alemania Oriental. La presencia del erotismo es dominante en toda su obra: aparece, por cierto, como un móvil habitual del crimen, como una pulsión cuya fuerza, casi irresistible, produce toda clase de tensiones y tragedias; su signo es también maligno, aparte de insensato y finalmente insatisfactorio.
     El erotismo que cultivan los personajes de Fonseca es, a la vez, excitante y frustrante: el hombre es un depredador que ve en la mujer una presa apetitosa, y ésta suele ser una bruja seductora que lo envuelve en sus redes para aprovecharse de su poder, dinero o prestigio social. Prostituta o dama de la alta sociedad, las apariencias femeninas cambian, pero no la relación sexual, siempre envenenada por algún otro tipo de interés o expectativa. Aun las parejas que aparentemente lo tienen todo albergan, al fondo, una terrible falla moral que las lleva a un desenlace violento. El amor es también de alto riesgo porque exige que los amantes sean conspiradores, víctimas o ejecutores.

Una parodia criminal
La constante sensación de peligro mortal sobresalta continuamente al lector que se deja atrapar por el vértigo de la acción planeada por Fonseca. Eso se puede comprobar en dos de sus libros de cuentos más recientes: Historias de amor (1997) y La Cofradía de los Espadas (1998); el primero incluye una novela corta que tiene un extenso título: Del fondo del mundo prostituto sólo amores guardé para mi puro, publicada en 1997. Me ocupo ahora de este volumen. Quien lo abra esperando encontrar historias sentimentales o románticas se llevará una gran sorpresa: el amor en Fonseca es más bien la obsesión de destruir al otro. De los siete textos que recoge Historias..., sólo uno ("Viaje de bodas") resulta frustrado, quizá por un afán de estridencia, para provocar nuestro asco; pero los otros son espléndidos. Algunos, como "Betsy" o "Ciudad de Dios", son brevísimos, y eso agudiza la brutalidad de su impacto. Pero me concentro en dos relatos fundamentales para apreciar el arte de Fonseca: "Carpe Diem" y la mencionada novela corta Del fondo del mundo...
     El primero es un relato cuyas cuarenta páginas son fáciles de leer en pocos minutos por la extraordinaria velocidad de su desarrollo. Por ese rasgo, su fuerte cualidad visual y el hecho de estar escrito casi exclusivamente como el diálogo (más cartas y mensajes telefónicos) de una pareja de amantes clandestinos, parece casi un guión de cine, y es posible que ése haya sido su origen. El cine es, además, la constante referencia de los planes y fantasías de ambos (sobre todo de ella, que ve al menos una película al día). La acción es una especie de parodia de famosas películas de misterio, crimen o acción, con el ingrediente del humor negro. Dependiendo de lo que les parezca más práctico y ventajoso, la pareja planea alternativamente la muerte del esposo de ella o la esposa de él, y discuten —sin pestañear siquiera— quién puede hacer mejor el trabajo.
     Sus diálogos son brillantes, ingeniosos, cínicos; el amor y la muerte son para ellos un juego excitante que los atrae por los riesgos que corren; en algún momento, él dice: "No hay marido que no haya alimentado ese sueño, matar a la mujer". La intriga se complica en cada página, y más cuando ella se entera de que también la está persiguiendo alguien para matarla. La forma como se desenreda esta maraña de intrigas es a la vez electrizante y cómica.

Un arte poética
Aunque parezca imposible, la intriga de Del fondo del mundo... tiene todavía más dobleces y trampas. El raro título proviene —presuntamente, pues con Fonseca nunca se sabe— del "Poema del fraile", del bardo brasileño Manuel Antônio Álvares de Azevedo (1831-1852), que celebra las delicias del tabaco. En todo el relato hay una continua referencia a los placeres de un buen puro, que alivia la tensión creciente de la trama que gira alrededor de una serie de crímenes inexplicables. Los principales actores del relato son el criminalista Mandrake, a quien ya conocemos por otras narraciones del autor, y su cliente Gustavo Flávio, quien recibe fotos de mujeres con las que ha estado sentimentalmente vinculado y que luego son asesinadas.
     El hecho de que Flávio sea un célebre escritor le permite a Fonseca hacer continuas y reveladoras reflexiones sobre la literatura; en verdad, esta novela puede considerarse una especie de arte poética del autor, que nos dice sobre él más de lo que su enredo policial promete. La descripción que hace Mandrake del escritor es poco caritativa pero exacta: "Era un hombre vanidoso, un pedante erudito e inteligente, un mulato que con el paso de los años se había vuelto blanco, un gordo que había adelgazado, un mujeriego con éxito..."
     La vida erótica de Flávio no puede ser más confusa y promiscua: su nueva esposa es Luíza, pero convive o al menos pasa más tiempo al lado de Amanda, que quiere también ser escritora; las dos mujeres son conscientes de esta extraña situación y la toleran dentro de un clima de mutuas sospechas. Parece fácil acusarlo de machista, pero su opinión de los hombres es muy dura: "Todos los defectos que les atribuyen a las mujeres los tienen [ellos] por partida doble".

"Una especie de acertijo"
Tan importante como esto es la estrategia narrativa del texto para intensificar el valor relativo de toda la información que tenemos sobre los personajes, sus intenciones y sus acciones. Quien orquesta todo como un vasto expediente judicial —o más bien "como una especie de acertijo"— es Mandrake, pues sabe que "los clientes siempre te mienten, los policías te mienten, los testigos le mienten a todo el mundo". Lo que leemos es la transcripción de múltiples declaraciones hechas por los actores del caso, transcritas luego y complementadas con los comentarios del abogado (que aparecen marcados con el signo "&") y que a veces contradicen las declaraciones anteriores; las partes textuales están entrecomilladas, pero no aparecen en orden cronológico porque "desafortunadamente no puse fecha ni enumeré las transcripciones". Como si esto fuese poco, Mandrake vincula este caso con otro, el caso Delamare, que aparece en otra narración suya. Es decir, el texto es un laberinto de voces y versiones discrepantes que el lector debe recomponer por su cuenta, como un detective sospechoso de todo. Y mientras esto ocurre, los personajes discuten las virtudes de los finos habanos que consumen, dando testimonio del profundo hedonismo de sus vidas simultáneamente amenazadas por peligros inminentes.
     Por otro lado, la cuestión de la literatura absorbe una parte considerable del texto. Aunque es un escritor de éxito, Flávio desdeña la literatura light y se niega a escribir libros complacientes o edificantes. En el fondo es un provocador, un epicúreo irredimible, un iconoclasta que ha escrito libros titulados Comer y coger, muestras de su filosofía panerótica. Amor, placer y literatura están estrechamente unidos; Flávio confiesa que "mi motivación para escribir tiene algo que ver con la pasión que siento por las mujeres". El escritor que más admira es Sade, que llena "el corazón y la mente de los lectores de miedo y horror, porque la vida era eso, miedo y horror". Pese a que Mandrake las considera "sofismas", sus ideas literarias son muy lúcidas: cree que el papel del escritor no es mostrar la realidad convencional, sino "enseñarte a ver lo que no se ve"; y afirma una gran verdad: "Ningún escritor reconoce su propia mediocridad. Sólo la de los otros".
     Defiende una filosofía del amor que, por una parte, desdeña a los hombres que realizan el acto sexual sin amor porque "el orgasmo ocasiona siempre un inmenso fastidio mezclado con tristeza"; y, por otra, sostiene cínicamente que "un hombre puede amar a dos mujeres". Toda la acción ocurre, además, cuando ha habido un cambio profundo en su vida literaria: ha abandonado la ficción y ahora escribe ensayos. Al parecer, ese cambio está conectado con el mencionado caso Delamare, en el que Delfina Delamare, una mujer casada que fue amante de Flávio, acabó asesinada.
     Cada revelación ahonda el misterio de los crímenes. Aunque nos enteramos de que Hilde, con quien comienza la serie de asesinatos, fue también una antigua amante de Flávio, nos es difícil considerarlo sospechoso porque es él quien recibe los sobres con la foto de cada una de las tres víctimas. Pero es evidente que Flávio miente sobre algunos detalles y podría saber más de lo que admite.
     La enmarañada intriga crece con nuevas revelaciones eróticas que surgen como una consecuencia lateral de las indagaciones que hace el propio Flávio: se enreda con Farida, la amiga de Hilde, pese a que lo primero que ella hace es mentirle, y con Silvia, "la mujer con el cuerpo más perfecto del mundo", que será otra víctima de los crímenes en serie. La notable proeza narrativa de Fonseca es mantener el misterio hasta la penúltima página, pues cuando, muy poco antes, Flávio se autoacusa, ni Mandrake ni nosotros le creemos: es otra de sus trampas; además, él mismo sobrevivirá a un intento de asesinato. Y cuando, al fin, el verdadero autor es identificado —dato que no revelaremos aquí—, el propio Mandrake introduce un elemento de duda que hace menos convicente la conclusión: el arma usada en el atentado contra Flávio no es la misma que en los crímenes anteriores. Es decir, la relatividad impide que el orden quede de verdad restablecido, lo que garantiza el sesgo perversamente ambiguo que todo tiene en la obra del autor.

Literatura y perversión
Otra forma de perversión es la del mismo oficio literario, y ésa es la lección soterrada en la trama policial de la novela. A través de los consejos de escritor que le da Flávio a Amanda, hay en el libro una inquietante teoría sobre el arte de leer, escribir y vivir. Elijo tres pasajes donde cristaliza. El primero es digno de Borges: "Cualquier lector reescribe el libro que está leyendo durante el proceso de la lectura", que es precisamente lo que se ve forzado a hacer el lector de esta narración. El segundo, citando a Plinio el Viejo, señala que el escritor tiene que confiar en su imaginación "aunque te haga infeliz [...] o te vuelva un loco"; para Flávio la literatura es sobre todo expresión de un incurable malestar existencial. Y el último es una especie de letanía sobre la importancia del valor moral necesario para escribir, que concluye con esta despiadada afirmación: "[...] en fin, valor para rechazar todos los premios, o mejor todavía, el valor para no querer merecer premios, y el peor de todos los premios, la consagración en vida". Sólo cabe decir que estas ideas ayudan a entender la naturaleza cabalmente extraordinaria de la obra de Rubem Fonseca en la literatura latinoamericana. ~