Rosa fuerte: El cotilleo como nihilismo colectivo | Letras Libres
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Rosa fuerte: El cotilleo como nihilismo colectivo

Un reportaje, realizado por El Mundo TV, sobre la impostura de muchos de los implicados en la llamada "información rosa" o prensa del corazón (famosos, periodistas especializados, intermediarios, portavoces...) consiguió, en sus dos emisiones en la cadena Tele 5, altísimos índices de audiencia. Además, durante los días que
siguieron a las emisiones, todos los programas de radio y televisión que incluyen secciones de cotilleo se hicieron eco del escándalo y repitieron con pelos y señales los engaños, cambalaches, montajes y atentados a la honradez profesional que el reportaje había dejado al descubierto. En muchos de esos programas, algunos de sus colaboradores habituales —y, desde luego, muchísimos de sus incombustibles personajes, a los que llevan dedicados millones de carísimos minutos televisivos— figuraban en el elenco de fantoches, descerebrados, cantamañanas y sinvergüenzas de La gran mentira del corazón, y allí estaban, despotricando contra quienes habían jugado sucio con ellos, decían, o perorando con envidiable desparpajo y hasta cierto empaque cómicamente sesudo sobre el interés de la intimidad ajena para el común de los mortales. Por supuesto, tras el impacto popular de ese reportaje que probaba el gran fraude que hay detrás de gran parte del periodismo rosa, los programas especializados no han sufrido merma alguna en su share, los correveidiles que se califican a sí mismos de periodistas siguen alardeando de la fiabilidad de sus fuentes, y las revistas del ramo no han perdido más lectores que los que se hayan ido muriendo por razones, claro está, completamente ajenas al descubrimiento del gran enjuague. Sólo la vidente Cristina Blanco, una de las "víctimas" más destacadas y voluminosas —está gordísima— del pomposamente llamado "reportaje de investigación", protagonista de uno de sus momentos más crueles y desternillantes, compareció ante los televidentes, en un programa de sobremesa, bañada en lágrimas, asegurando que habían hundido su carrera, aunque sin atreverse, claro está, a felicitarse por que no la hayan metido en la cárcel después de haber estafado con adivinaciones irreales a decenas de clientes. Pero estoy seguro de que hasta Cristina Blanco —que, del disgusto, a lo mejor se queda en los huesos— recuperará enseguida la clientela, el prestigio profesional y los kilos y pronto volverá a recibir en su despacho a un mínimo de diez clientes al día, clientes a los que volverá a cobrarles, sin pestañear, quince mil pesetas cada vez que les tome el pelo.
     Por si queda alguien que no sepa —lo dudo— de qué iba el famoso reportaje delator, intentaré resumirlo. César Sicre, un joven aspirante a actor —gaditano, buen mozo y rebosante de desenvoltura—, es contratado por los autores del reportaje para que aparezca de pronto en el "mercado rosa" asegurando que ha tenido en Miami una aventura con la cantante mexicana Paulina Rubio. Aporta como prueba unas fotos en las que se ve juntos a ambos, pero el montaje fotográfico es tan burdo y evidente que sólo un homínido de las excavaciones prehistóricas de Atapuerca podría darles crédito. A pesar de todo, la buena nueva se difunde como la gripe por los mentideros del "famoseo" madrileño y el chico es contactado enseguida por linces del periodismo rosa que, haciendo alarde de una intuición fuera de lo común y de un esfuerzo de investigación de veras admirable, sacan la conclusión de que el mozo dice la verdad, pero que si no la dice da lo mismo, porque allí hay carnaza para unos cuantos programas sobre historias de cama y de cuernos de los famosos. El chico telefonea entonces a revistas, agencias y televisoras para comunicar que Paulina Rubio, que ha llegado a España hace unos días para promover su nuevo disco, estará en un lugar determinado tal día a tal hora, y que allí se presentará él para pedirle que, por favor, le deje hablar con ella aunque sea unos minutos. Las televisoras y los reporteros acuden, faltaría más, y el muchacho hace su papel perfectamente, ante la aparente indiferencia de la cantante que ni siquiera lo mira desde el interior del coche en el que escapa, aunque probablemente piense que si a John Lennon lo persiguió un loco, por qué no a ella. El siguiente paso es la invitación que se le hace al chico, por mediación de una agencia de "famosos", al programa Tómbola, a cambio de 275 mil miserables pesetas (sí, miserables: la mitología popular asegura que en Tómbola a los invitados, por dejarse crucificar, les pagan millones), y el amante fantasma de Paulina Rubio se defiende con soltura de los mordiscos de la jauría de expertos en noticias del corazón. Como 275 mil pesetas no es dinero, César Sicre entra en contacto con uno de los elementos más escalofriantes del catálogo de famosos indígenas, la señorita Montse Páez —no por casualidad presunta e inverosímil ex amante de Ricardo Bofill hijo, novio oficial de la Rubio—, quien le explica que ella vive del cuento rosa y se saca al mes alrededor de un millón de pesetas, así que preparan un montaje cutre a más no poder, en una playa de Canarias, minuciosamente narrado en el reportaje. Luego, viene la visita a la pobre Cristina Blanco, que le dice al muchacho, mientras le echa las cartas, que no se preocupe si la gente no cree su aventura con Paulina, que ella sí lo cree, ella sí "ve" que se han acostado, y que seguirán acostándose, pero que no le diga a nadie que ha estado en su consulta, sin adivinar para nada, claro, que en la mochila del chico hay oculta una cámara. Como es natural, los ecos del acontecimiento llegan a México, y el galán español es invitado a viajar a México DF para participar en un programa idéntico a Tómbola que emite una televisora local, y en el que César Sicre, a pesar del contrato que ha firmado, se niega a asegurar que se ha acostado con Paulina Rubio, para evitar posibles demandas...
     El chovinismo venéreo y otros trofeos de caza mayor
     El demoledor trabajo de El Mundo TV tenía la no pequeña virtud de atravesar de arriba abajo todo el "tejido" del mercado rosa: los protagonistas, el fabuloso tinglado económico, la constante complicidad mediática —y no sólo la de programas o publicaciones completamente inanes o de ínfima calidad—, el rastrero diseño actual de lo que en términos periodísticos consolidados se ha llamado siempre "área de sociedad" y, desde luego, lo que, con un deje que ahora debe pasar a lo sarcástico desde lo irónico, llamamos el "respetable". Al final, claro, en el respetable está la clave, porque un producto no existe si no existen consumidores. O, dicho de otro modo: si el respetable, en España, consume con verdadera delectación y tenacidad este deleznable producto no puede ser porque todo el mundo haya perdido de golpe la sensatez, el pudor, la vergüenza propia y ajena, el sentido del ridículo y la autoestima intelectual y sentimental. Sólo un afán colectivo de destrucción de todo el andamiaje de "la respetabilidad" puede explicar esta unánime contribución al esperpento nacional. El galopante descenso hacia lo más cutre y más soez no es sino la cristalización de un nihilismo tan bien coordinado como el ataque a las Torres Gemelas, dispuesto a dinamitar —sería admirable si no fuera tan zarrapastroso— los valores sagrados de toda la vida. De lo contrario, costaría entenderlo.
     Una de las víctimas más llamativas de este ataque masivo a nuestros más arraigados valores ha sido el chovinismo venéreo. Cierto que César Sicre, el actor que protagoniza La gran mentira del corazón, vino a suceder en el imaginario colectivo, ya democráticamente abaratado, a nuestros grandes conquistadores de hembras extranjeras, con el torero Luis Miguel Dominguín —en su tiempo— y el bailaor o bailarín Joaquín Cortés —en el nuestro— a la cabeza. Un ejemplar monógamo de esta hispánica especie es Antonio Banderas, tan hombre de familia incluso a la hora de ejercer de don Juan —después de todo, parece demostrado que se ha dado por satisfecho con poner una pica en Melanie Griffith, piensa el respetable— y, dentro del hasta ahora reducido campo de la versión femenina del donjuanismo, a la Bella Otero la ha sucedido, por ejemplo, Carmen Cervera y su talento no sólo para enamorar al barón Thyssen, sino también para enamorarse de él, o Penélope Cruz y su conquista de Tom Cruise, presentada con orgullo patrio como el triunfo de la belleza y el temperamento de la mujer española; no incluyamos, porque al fin y al cabo se mueven en territorios culturales —un respeto para la cultura—, el caso de la en su tiempo joven Carmen Llera y su matrimonio con el, ya en aquel tiempo, anciano escritor italiano Alberto Moravia, o el de Elena Ochoa y su admirable persecución del talento masculino excepcional, que no cesó hasta que logró casarse con el eximio arquitecto británico sir Norman Foster, quien, además de derrochar talento, está forrado. Pero, de pronto, César Sicre resulta un impostor, y se produce un unánime suspiro de alivio: puede seguir enconadamente humillado el donjuanismo hispánico. A los machos españoles pueden seguir dándoles sopas con onda ejemplares tan irresistibles como el cubano Dinio y el italiano Alesandro Lequio, con su exhibición de envidiables y envidiados miembros viriles dudosamente desmesurados y su arsenal de mujeres jurásicas, desnortadas, necias, ignorantes, vulgares y charlatanas. El escaparte venéreo del país ha caído hasta niveles escalofriantes, y eso, bien mirado, es un triunfo contra la fanfarronería sexual autóctona que hay que agradecerle al deterioro vertiginoso del periodismo rosa.
     Otro éxito que hay que apuntar en el haber de la omnipresente y abrasadora prensa del corazón, en todos sus formatos, es el desprestigio de la tradicional familia española, tan unida, tan generosa, tan cálida, tan firme, tan entrañable. La avalancha de separaciones, divorcios, adulterios y demás accidentes sentimentales y carnales, que empezaron protagonizando, de cara al voraz lector y espectador, personas de cierta relevancia social, cultural, política y económica —las nietas y los nietos de Franco, Isabel Preysler, Marta Chávarri, las Koplowitz y los Albertos, algunos políticos de relumbrón, actores y actrices de consolidado prestigio—, fue quedando poco a poco en manos de una patulea de botarates de uno y otro sexo, sin oficio ni beneficio, cuya única actividad conocida era, precisamente, acostarse, casarse o descasarse con unos y con otros. La salvaje delectación con la que en montones de honrados hogares españoles se asistía a la cremación, absolutamente fallera, de los valores familiares de toda la vida, a cargo de ese ejército de mamarrachos, alcanzó su apoteosis definitiva en el caso de la familia Pajares. El actor Andrés Pajares, independientemente de que su comicidad haya rendido tributo en demasiadas ocasiones a la zafiedad más abyecta, tiene a sus espaldas una carrera sólida y algunas interpretaciones dignas de aprecio, pero de pronto explotó ante los ojos y los oídos atónitos de todos los españoles su entretenidísima intimidad familiar. Ante todo el país, empezaron a cruzarse insultos fabulosos todos los miembros de la familia, que incluye, además de Andrés Pajares, a su ex mujer Chonchi, su novia Conchi, su hijo Andrés, su hija Mari Cielo —el nombrecito es el menor de los desatinos que adornan a la criatura—, el marido de Mari Cielo y las sucesivas relaciones más o menos sentimentales de Chonchi, Andrés hijo y, sobre todo, la Mari Cielo dichosa. Nada, incluida la legendaria y entrañable conspiración judeomasónica de los peores tiempos del franquismo, consiguió jamás en España dinamitar de un modo tan radical, además de ameno, la altísima, rutinaria y resignada valoración que los españoles teníamos de la sagrada, aparte de pegajosa y castrante, institución familiar. (Ahora, el descalabro matrimonial de la vedette Norma Duval, musa estrepitosa del Partido Popular, ha destrozado brillantemente el espejismo conservador que pretendía convencernos, como metáfora del famoso "centrismo" del señor Aznar y compañía, de que se puede ser moderna como la que más —teniendo en cuenta lo que en el pp se entiende por moderno—, andar por ahí herméticamente despechugada, y mantener a la vez una familia intachable).
     Como es lógico, al feliz y liberador hundimiento de la familia como pilar de la sociedad, van unidos otros naufragios no menos aparatosos y reconfortantes. El mito sacrosanto de la maternidad, por ejemplo (¿alguien puede imaginar una madre más bochornosa que Carmina Ordóñez —hija, esposa y madre de toreros, para más inri—, siempre con esas admirables ganas locas de vivir y de divertirse, y cobrando pequeñas fortunas por contar cada cinco o seis meses sus ligues, matrimonios, separaciones y divorcios con desastrosos individuos, a veces de la edad de los heroicos hijos de la señora?); o el de la incomparable belleza de nuestras mujeres (basta con fijarse en la ya citada Montse Páez, horrorosa de la muerte, pero capaz de conseguir credibilidad mediática para su a todas luces inventado romance con Bofill hijo, incluido embarazo y aborto, y comprender cuántas mujeres españolas habrán visto por fin satisfecha su venganza contra la belleza de las otras, y cuántos hombres casados con mujeres del montón, o peores, habrán considerado el episodio una reparación a su insoslayable fidelidad conyugal); o el mito, siempre tan humillante para una economía familiar media o menos que media, de la elegancia femenina —Nati Abascal, Rosario Nadal, Paloma Cuevas— como factor de reconocimiento social (ahí está, triunfando en toda regla y haciéndose con un capitalito curioso, la señorita Belén Esteban, quintaesencia de la ordinariez)... El caso patético de la vidente Cristina Blanco ha venido a socavar nuestra confianza en el misterio (conozco personalmente a Cristina Blanco porque es la madre del niño que protagonizó la adaptación cinematográfica de mi novela El palomo cojo y alguna vez me ha amenazado, con una mezcla inquietante de advertencia y generosidad, con adivinármelo todo; ya no tengo nada que temer). La sana envidia por los hogares de los famosos, que tuvo su apoteosis en la mansión de innumerables cuartos de baño que se hizo construir Isabel Preysler para celebrar su amor con el ex vicepresidente económico socialista Miguel Boyer, se ha curado en cuanto hemos visto al jugador de baloncesto Fran Murcia, recién separado de la presentadora (?) y actriz (??) Lara Dibildos, cargar personalmente en una furgoneta, aparcada frente al antiguo adosado conyugal, su colchón, su somier y su mesita de noche. Incluso un axioma tan enraizado en nuestra convivencia contemporánea como el buen gusto que se atribuye a los homosexuales ha quedado hecho añicos con la incorporación de la cantante (???) Tamara la mala a la iconografía gay nacional. Y no puedo dejar de citar, por resbaladizo que sea el asunto, la contribución inapreciable al resquebrajamiento del consenso nacional sobre la veneración monárquica que corrió a cargo de la ex actriz Bárbara Rey con sus estrepitosas insinuaciones sobre altísimos amores, decepcionantes regalos, comprometedoras fotografías, oscuras amenazas, sustanciosos chantajes. Si hasta eso —y me dejo en el tintero montones de destrozos— lo ha conseguido el despropósito rosa que nos invade, parece claro que un afán unánime de dinamitar nuestras más profundas creencias se está encargando de convertirnos, por fin, en un país sin rancias servidumbres sagradas y realmente moderno.
      
     Falta talento
     El verdadero problema, en mi opinión, es que nos falta talento para contarlo. Los escritores españoles pretendemos presumir de haber asimilado y destrozado los mayores inventos narrativos de los últimos años, pero ni el nouveau roman ni el realismo sucio ni ninguna otra monserga formalista nos ha servido para capturar con maestría la excelente materia prima que nos ofrece la información rosa. Aquí no ha aparecido un Proust, un Scott Fitzgerald o un Truman Capote capaz de transformar en obra de arte la vacuidad, la trivialidad, la frivolidad, la necedad.
     Es verdad que, contemplando el formidable desbarajuste de la familia Pajares, por ejemplo, uno comprende que al mismísimo Shakespeare le faltó genio para reflejar de verdad lo que es un infierno familiar. Macbeth queda muy poco por encima de Mujercitas, de la señora Alcott, si se lo compara con las tremebundas vicisitudes familiares de nuestro actor cómico. Pero eso no debería eximirnos de hacer un esfuerzo para no desperdiciar el regalo que nos están haciendo a diario las musas.
     Odio citarlo, porque lo quiero mucho, pero un escritor tan excelente como José Manuel Caballero Bonald acaba de dar muestra de su incapacidad clamorosa para rebajarse al fangoso mundo del cotilleo inguinal. En La costumbre de vivir, segundo tomo de sus memorias, Caballero Bonald narra el episodio de su aventura con la mujer de Camilo José Cela, aireado hace unos años, con todo lujo de detalles morbosos, por una revista especializada en escándalos. Caballero Bonald se despacha con un relato maravilloso, delicado, reflexivo, intelectual de aquel acontecimiento; o sea, su narración resulta decepcionante. Dan ganas de recomendarle que vea Tómbola sin parar hasta que aprenda a contar ese tipo de cosas con un poquito más de gancho.
     Es lo que ocurre cuando los escritores en general, y los narradores en particular, se ponen divinos: se alejan de la auténtica realidad del país. Y no será porque el propio periodismo del corazón no haya dado ejemplo de creatividad narratológica: el caso del reportaje La gran mentira del corazón ha demostrado cómo se puede utilizar la denuncia del fraude para seguir alimentando todo el tinglado del fraude, en un asombroso bucle metaformal que incluye la maravillosa paradoja de que César Sicre, el actor utilizado para desenmascarar a los "famosos", se haya convertido, tras su memorable actuación, no en un codiciado actor, sino en un codiciado "famoso". Sólo la falta de talento de nuestros profesionales de la literatura explica que un material con tantísimas posibilidades haya desembocado en la peor de las fórmulas: la información rosa en España, desde el punto de vista narrativo, no es más que una versión tardía, obstinada, desmedida y pavorosa del "realismo mágico".
     Y es que todo en esta vida, incluido el nihilismo, tiene un precio. -