Robert Hughes, de la crítica como legado | Letras Libres
artículo no publicado

Robert Hughes, de la crítica como legado

¿Hace cuánto tiempo que un crítico de artes plásticas no se convertía en una figura intelectual como lo fueron John Ruskin o Clement Greenberg? Ambos inventaron una forma de mirar, el Renacimiento lo seguimos contemplando con ojos de Ruskin, y Greenberg nos enseñó a seguir el laberinto un Pollock. Robert Hughes, fallecido el pasado 6 de agosto en Nueva York, y crítico de artes plásticas de la revista Time  desde 1970, fue un intelectual en el sentido más estricto, conocedor de la tradición occidental (su último libro es una historia cultural de Roma) y un crítico que miraba un cuadro como miraba la vida. Para Hughes, ver bien consistía en contestarle al cuadro, ponerse a su nivel, sopesando su sentido y su valor; para ello ajustaba las coordenadas entre la obra, la vida del artista y la época que le tocó vivir. De este modo lo que apreciamos en sus textos es una imagen completa del artista donde todo cuenta: su resultado formal, su relación con el arte del pasado y su interés por el mundo que lo rodeaba.

Es decir, lo que nos seduce de Hughes es que su crítica era moral; lo que vemos en sus mejores textos sobre arte –El impacto de lo nuevo  que surgió de un programa con el mismo título creado para la BBC donde Hughes desarrolló el auge y la caída del arte en el siglo XX; y Nothing if not critical, traducido con poca fortuna como A toda crítica  por Anagrama en 1992– es su sentido de la vida a través del arte.

Para esta conciencia moral, Goya era, si no su artista preferido, aquel donde encontraba lo mejor del hombre, y no solo lo mejor del pintor: la lucha contra lo irracional, el dominio de los propios temores, la crítica al poder y el desdén por el éxito social. Y si Goya estaba en el cenit de sus preferencias artísticas, Warhol estaba en el nadir: le reprochaba su accesibilidad, su deseo infantil por “imponerse al mundo por medio de la autorrevelación terminal”, y por sus cambios de estilo que dependían de la moda y una y otra vez se degradaban de estilo a mero diseño; finalmente le reprochaba su relación cortesana con Reagan y con el sha de Irán.

La ética que buscaba en el arte no siempre coincidía con sus propios actos. Casi al final de su vida, en 1999, tuvo un accidente automovilístico en Australia –donde nació en 1938–. Él manejaba en sentido contrario y chocó de frente con otro auto. Estuvo atrapado en su coche tres horas antes de que pudiera ser rescatado. Tristemente, durante el juicio contra los cargos que el gobierno de ese país le imputaba, intentó defenderse diciendo que los jóvenes que conducían el auto contra el cual chocó llevaban droga y habían intentado chantajearlo. Sin embargo, en 2003 la pruebas fueron desechadas y tuvo que declararse culpable de manejar imprudentemente y causar daños físicos a otros automovilistas, además de pagar una fianza de 2,500 dólares. Hughes fue severamente criticado por sugerir que no recordaba nada del accidente, ni de los incidentes durante el juicio y por volver a los Estados Unidos antes de verse obligado a asistir a un segundo juicio. Esta fatalidad se sumó a otra mucho más personal, ocurrida en el 2001: su propio hijo, un escultor de 33 años, se suicidó. Al parecer, la vida estaba llevando a cabo su propio interrogatorio; su fatal crítica. Sin embargo, como escribe en A jerk on one end. Reflections of a mediocre fisherman, una suerte de memorias centradas en su afición por la pesca y publicadas en 1999: “el fracaso forma parte de la pesca deportiva, del mismo modo que las lesiones en la rodilla forman parte del futbol”.

Después de esos “fracasos” regresó a la militancia feroz contra su propia época, donde peleaba la batalla perdida de rescatar al arte del comercio del arte. Pero en modo alguno era solo un crítico de artes plásticas. Sus mejores momentos, se encuentran en su crítica a los valores culturales y sociales. En La cultura de la queja, uno de sus libros más importantes, luchó contra la corrección política que está “corroída por la falsa piedad y el eufemismo”. En este ensayo busca revalorar la calidad artística por sí misma, es decir, por sus méritos estéticos y no como una consecuencia del género o la orientación sexual, de la situación médica o mental del artista. Aquellos que hacen una profesión o una ideología lo mismo de su condición racial que de su orientación sexual o estatus económico le parecían deplorables, sobre todo porque ponían en su trabajo el énfasis en su condición de víctimas.

A veces sus textos eran deliberadamente rudos, pero con una aspereza que libera, como quien lee a Fernando Vallejo: “La queja –escribió– te da poder, aunque este poder no vaya más allá del soborno emocional o de la creación de inéditos niveles de culpabilidad social.” Rechazaba el culto “al niño interior maltratado”; le parecía que la persona que se victimiza vive en un estado inmaduro donde solo puede relacionarse con el mundo a través del reproche, el resentimiento o el chantaje.

Hughes tenía algo que muy pocos críticos alcanzan, incluyendo aquellos que son muy brillantes: un estilo personal que se nutría de la persuasión de su argumento, de las frases que dan en el clavo de la de obra pero, sobre todo, parecen tocar en nuestra cabeza un recuerdo, algo ya visto o leído que amablemente el autor nos trae a cuento. Ese encanto (no encuentro otra palabra que conjugue tantas características), ese toque, esa chispa, es la literatura. Su crítica, como la de Gore Vidal, Octavio Paz o George Orwell, se lee como literatura: una crítica sin histeria.

Su obra fue una reivindicación del talento, del esfuerzo, del rigor frente a la idea “terapéutica del arte” (el arte como ejercicio formativo, educativo y de enaltecimiento espiritual, y no solo como “disfrute o registro histórico cultural”), lo cual no fue bien visto en un mundo que venera la igualdad y la oportunidad para todos. En asuntos artísticos, escribió, “el elitismo no significa necesariamente injusticia, ni siquiera inaccesibilidad [...] pero nos empeñamos en hacer de la educación artística un sistema donde nadie puede fracasar”. Un pesimista, le llamaron siempre, tal vez porque sabía que la horda de bárbaros piadosos que él reconocía en el mundo del arte había comenzado a colonizar todos los ámbitos. ~