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artículo no publicado

Rey de México

Nunca es inoportuna la reivindicación histórica de un hombre. 

Nunca es inoportuna la reivindicación histórica de un hombre. Ello me quedó clarísimo cuando, al disponerme a reseñar Don Guillén de Lampart, hijo de sus hazañas (FCE, 2012), cedí a la debilidad de contrastar lo que dice su autora, Andrea Martínez Baracs, con la ficha dedicada a Lampart en el diccionario histórico más cercano al teclado de mi computadora. Habiéndome emocionado, la noche anterior, con el noble retrato que de este aventurero irlandés (1611 o 1615–1659) fija Martínez Baracs, me asombró leer, en el Diccionario de Historia de España (Alianza, 1979), resumidas, todas las calumnias e imprecisiones que sobre Guillén de Lampart han permanecido inalteradas durante más de tres siglos y contra las cuales, perseverantes e insidiosas, la historiadora mexicana ha escrito esta monografía documental.

Dice este Diccionario que “Gabriel de Lamport” fue un irlandés audaz, ambicioso, megalómano, intrigante y “muy inteligente” que llegó a la Nueva España en 1640 en el mismo barco que el virrey López Pacheco y el arzobispo Palafox. Algo de eso es cierto aunque gracias a Martínez Baracs la información se precisa y se contorna: Lampart, “teólogo, astrólogo, gramático, matemático, maestro de retórica, poeta latino”, vino a la Nueva España como enviado secreto del conde-duque de Olivares y aquí, guiado por la temeridad y la desventura, cayó en manos de la Inquisición y estando preso su protector en la villa y corte, fue defenestrado: “Creyéndose situado en el ojo del huracán, Guillén fue engullido por la tormenta”.

Lampart fue algo más, mucho más que un espía. Preso, se convirtió en uno de los más valerosos adversarios de la Inquisición, de cuyo sistema criminal, de robo descarado y sevicias sin nombre, no sólo fue víctima sino denunciante. Se solidarizó con los mercaderes y financieros criptojudíos quien a partir de 1649 fueron quemados vivos o en efigie, penitenciados y torturados junto con sus familias en la Nueva España. 

“Lejos de ceder”, nos dice Martínez Baracs antes de copiar aquello que rescató Guillén de Lampart del dolor de las víctimas de esa Inquisición que fue la maestra de todas las máquinas totalitarias de los siglos siguientes, “presa del pánico, aturdido y debilitado por la diaria miseria carcelaria, a las abyectas denuncias comandadas por los inquisidores y su red de informantes, este reo se dedica a documentar, como un heroico agente de Amnistía Internacional que actuara desde las propias mazmorras de alguna implacable dictadura, los abusos y aberraciones cometidas no sólo contra él, sino contra sus compañeros de cárcel.”

De todo esto, el diccionario de marras, asombroso ejemplo del más pertinaz espíritu persecutorio en su variedad de cruzada nacionalcatólica, dice lo siguiente: “permaneció diecisiete años en las prisiones del Santo Oficio, agravando su situación por sus ataques al tribunal, intento de fuga y pasquines que audazmente fijó contra aquél; pero su encierro hizo decaer su inteligencia en manías y extravagancias; de ella dió muestras al escribir sobre materiales de ocasión salmos en latín, inspirados en los de la Biblia, que revelán su asimilación de ésta y su numen poético, habiéndose conservado con su proceso en el Archivo de la Nación mexicana. Acabó por ser condenado por hereje y pereció en un auto de fe en 1659.” No dice este diccionario que el escándalo por el caso de Guillén de Lampart, agravado por su novelesca fuga de un día en 1650, llegó hasta España donde el rey mismo trató de arrebatárselo sin éxito a la Inquisición.

Por fortuna, un libro como Guillén de Lampart, hijo de sus hazañas, volverá imposible la repetición de esas falacias y esas condescesdencias iniciadas cuando Vicente Riva Palacio tuvo la idea agridulce de novelar a Guillén de Lampart en Memorias de un impostor (1872). Tras compartir su vida sucinta, Martínez Baracs anexa los láminas de los manuscritos prisioneros de Guillén de Lampart, su “Propuesta al rey Felipe IV para la liberación de Irlanda” y su “Proclama insurreccional para la Nueva España” junto con la transcripción y traducción del título (realizada por Olivia Isidro Vázquez) del gran poema latino de este prisionero, el Regio Salterio, rescatado por primera vez, en 1948, por Gabriel Méndez Plancarte. Increíblemente, apunta Martínez Baracs, buena parte de la obra de Guillén de Lampart permanece inédita.

Mucho provecho puede sacarse de este volumen de 143 páginas, que invitará a los lectores más curiosos a leer las biografías de Guillén de Lampart, en italiano (la de Fabio Troncarelli) y en inglés (la de Gerard Ronan) pero que sobre todo le hace justicia a uno de los personajes más entrañables, loco, lúcido y valiente, de la Nueva España, cuya independencia nacional (como la de Irlanda, su hogar católico) profetizó al considerar ilegítima la concesión papal de las Américas a los reyes de España. En muchos sentidos, en los decisivos, Guillén de Lampart fue el primer moderno en estas tierras: este abogado de la libertad de conciencia no sólo fue un justo amigo de los judíos, sino un antiesclavista. Al enemigo pionero de la persecución religiosa y de la maquinaria inquisitorial para consumarla y del despojo de la propiedad privada en nombre de una religión de Estado, se agrega el  adversario  de la tortura en una intensidad que supera el ejemplo de Montaigne.

Cuenta Andrea Martínez Baracs algo que pocos mexicanos sabíamos: por iniciativa de Porfirio Díaz entre las esculturas que acompañan el Ángel de la Independencia hay un Guillén de Lampart en la hoguera, de 2.5 metros. Pero no está afuera su estatua, mirando el Paseo de la Reforma sino escondida, dispuesta “adentro del recinto en la base de la columna, aquel que albergó hasta el año de 2010 los restos mortales de varios de los independentistas.” Quizá la presencia de Guillén de Lampart, en efigie e incrustado en esa columna vertebral, ha proteguido a este país de mayores desgracias. Quizá deba ser, en otra esfera, no un impostor, sino el rey de México.