Retrato de poeta en el café | Letras Libres
artículo no publicado

Retrato de poeta en el café

La poesía de Tomás nos acompañó en la dicha amorosa pero también en el desamor, el abandono y la soledad. Para esos tramos oscuros de la vida, Cantata a solas (1983) es -me decía un amigo- casi "un manual de sobrevivencia".

Al morir Tomás Segovia recordé dos imágenes suyas de los años setenta. Una pareja camina por la avenida Orizaba, cerca del antiguo Colegio de México. Van abrazados, brincando grandes trechos, borrachos de alegría como novios adolescentes. Ella lleva un vestido color caqui, es rubia, juncal y hermosísima. Él posee el rostro de un noble caballero español y podía haber sido modelo de Velázquez de no ser por el atuendo juvenil y la cuidada cabellera sesentera –oro a veces, otras plata– que ondulaba a su paso. Eran Tomás y Mary. Ella debió de estar en sus veinte y él cerca de sus cincuenta, pero la estela de su amor me ha llegado hasta ahora.

Es a Mary a quien Tomás dedica los poemas de Figuras y melodías (1973-1976) que se recogen en el tomo de su Poesía (1943-1997) editado por el Fondo de Cultura Económica con motivo del Premio Juan Rulfo (2005). Se trata de poemas libres, en prosa, sonetos y pensamientos breves (“Friso con desnudos escritos”) que han sido la compañía de muchos lectores enamorados, y merecen serlo de muchos más: “Mujer desnuda, lugar donde la desgarrada vida cicatriza.” No son rudos poemas eróticos (Tomás, siempre elegante, sabe dónde detenerse) ni postulan metafísicas amorosas (le importa más el amor inmediato que sus significaciones trascendentes). Son poemas de amor –de una amorosa materialidad– escritos por un hombre a una mujer en torno al encuentro de los cuerpos. Elijo un fragmento, al azar:

 

Toda una noche para mí tenerte

sumisa a mi violencia y mi ternura

toda una larga noche sin premura

sin nada que nos turbe o nos alerte.

 

La poesía de Tomás nos acompañó en la dicha amorosa pero también en el desamor, el abandono y la soledad. Para esos tramos oscuros de la vida, Cantata a solas (1985) es –me decía un amigo– casi “un manual de sobrevivencia”.

La otra imagen de Tomás me remite a un café en la calle de Hamburgo en la Zona Rosa. Es una tarde y los comensales en las mesitas discuten, se miran y parten los pastelillos. Junto a ellos, un hombre solitario, con la mirada clavada sobre el papel y los dedos peinando la melena, escribe. Es Tomás Segovia. Era su hábitat natural, como confesó a Christopher Domínguez Michael (en una entrevista que publicaremos en Letras Libres): “Soy un señor que escribe en los cafés... sin ningún pudor, sin ningún temor, sin ninguna aureola... quienquiera me interrumpe, todo mundo, y me dejo interrumpir... ando por ahí, me suenan cosas, me siento en un café y escribo.”

Había algo nomádico en este poeta que, para muchos, es el mejor de la camada más joven del exilio español. Nacido en Valencia en 1927, Segovia perteneció a la “Generación de Medio Siglo” que en los años de la posguerra gravitó en torno a la escuela de filosofía en Mascarones. Los más jóvenes del grupo (nacidos entre 1927 y 1934) abrieron los horizontes del país a toda la tradición occidental. Cercanos a la sensibilidad y la misión de los Contemporáneos y marcados por la presencia y la obra de Octavio Paz, estos jóvenes poetas (Segovia, Montes de Oca, Isabel Fraire, Eduardo Lizalde, Gabriel Zaid, entre otros), novelistas (Carlos Fuentes, Salvador Elizondo, Juan García Ponce, Jorge Ibargüengoitia, José de la Colina, entre otros) y dramaturgos (Gurrola, Luisa Josefina Hernández, Vicente Leñero) renovaron la vida cultural mexicana. En 1959, como un Lope mexicano, dramaturgo y poeta, Segovia publicó una obra de teatro situada en el siglo XI, que aún se representa en España: Zamora bajo los astros.

A fines de los cincuenta, Segovia relevó a Fuentes como director de la Revista Mexicana de Literatura. En esa publicación, los jóvenes poetas y novelistas incursionaron también en el ensayo. García Ponce reflexionó sobre el deseo y el destino del escritor, Elizondo sobre el tiempo, la identidad y la memoria, y Segovia acerca de la pasión, la mujer, así como sobre temas de antropología y lingüística que siempre le apasionaron. Los ensayos de Segovia y sus compañeros no eran prolongaciones o variaciones de los temas de Paz: eran un diálogo creativo con el poeta de El arco y la lira. Un diálogo que los volvía “contemporáneos de todos los hombres”.

La publicación de las Cartas de Octavio Paz a Tomás Segovia 1957-1985 (FCE, 2008) muestra la gran afinidad entre ambos. Paz, me parece, lo veía como su alma gemela, como su interlocutor más cercano: “Segovia: una inteligencia espiritual, a condición de saber que el espíritu no niega al mundo ni a la carne. Tampoco a la vida histórica ni a la vida cotidiana: es la vida que reflexiona sobre sí misma. Una inteligencia erótica, ávida de realidad.”

Paz planeó con Segovia una revista que no cuajó en los sesenta y lo invitó a ser secretario de redacción de Plural. En aquellos años los unió una vuelta a los socialistas utópicos, en particular a Fourier. Los seducía la idea de una sociedad igualitaria y humana, organizada en unidades pequeñas dedicadas al trabajo placentero, al arte y al amor. En Paz, esa idea tenía ecos zapatistas; en Segovia anarquistas y románticos. La nostalgia de un edén subvertido es el tema central de su poema mayor: Anagnórisis. Conforme avanzaron los años setenta, Paz ahondó su crítica al dogma marxista con un énfasis que Segovia no compartió o entendió, quizá porque sentía que al hacerlo Paz perdía la aspiración utópica que él, Tomás, quiso conservar siempre. No sin dolor, se distanciaron, pero Vuelta fue su casa y siguió siendo miembro del consejo de redacción.

Me dicen que murió en paz, rodeado de sus hijas e hijos, sus nietas, y de su mujer, María Luisa Capella, a quien escribió sus últimos poemas. Varias generaciones de amigos lo despedimos. Estaban los pocos compañeros de su generación que aún viven, los nietos del exilio, las discípulas que lo extrañarán y la república de los poetas en pleno. Todos juntos, “en sus maneras de amor”.