Renuncia y disponibilidad, otra vez | Letras Libres
artículo no publicado

Renuncia y disponibilidad, otra vez

Desde 1968 no han faltado quienes han pretendido rebajar la altura moral y política de la renuncia de Octavio Paz. Hoy, con nuevos documentos, en la revista emeequis se insiste en sembrar la duda sobre la transparencia de su proceder.

Desde 1968 no han faltado quienes han pretendido rebajar la altura moral y política de la renuncia de Octavio Paz a la embajada de México en protesta por la matanza  en Tlatelolco usando como pretexto el mecanismo burocrático de la “solicitud de puesta en disponibilidad” que el poeta eligió para abandonar su destino diplomático. Hoy, con nuevos documentos como los que muestra y comenta Jacinto Rodríguez Munguía en la revista emeequis de este abril, se insiste, en sembrar la duda sobre la transparencia de su proceder.

Antes de hablar de ello debe hacerse memoria de lo ocurrido hace casi medio siglo: tanto en su correspondencia privada de 1968 como en los informes remitidos durante ese verano a Antonio Carrillo Flores, Secretario de Relaciones Exteriores del gobierno autoritario pero hombre con fama de lúcido y de pragmático, Paz protestó por el camino elegido por Díaz Ordaz: la represión que culminó el 2 de octubre, precedida por el desalojo de los estudiantes del Zócalo y de la ocupación militar de la Ciudad Universitaria. En vez de ella, instó a Carrillo Flores y de manera indirecta al presidente, a dialogar con los estudiantes, que pese a la fraseología radical de algunos de sus líderes, querían lo que tardó décadas en imponerse: la reforma democrática en México. Y publicó, también como protesta  “México: Olimpiada de 1968”, un poema que nos sobrevivirá como sólo lo han logrado algunos fragmentos de los arcaicos líricos griegos. Y que dice más que decenas de expedientes.

Tlatelolco significó para Paz que el gobierno se negaba a escuchar, reprimiendo y por ello  abandonó y entregó,  de manera pública, la embajada. Insisto en que esa renuncia, aunque burocráticamente haya sido “una puesta en disponibilidad”, fue un severo golpe para Díaz Ordaz a diez días de la inauguración de los Juegos Olímpicos, como lo muestran los testimonios de la rabieta escenificada por el dictador constitucional, según el testimonio de José Luis Martínez, recogido en carta a Paz por Carlos Fuentes. La resonancia internacional del 2 de octubre, que muchos capitalinos ignoraron dado el abyecto servilismo padecido entonces por nuestra prensa y  televisión, se debió a que la periodista italiana Oriana Fallaci, que venía de Vietnam, estaba en la plaza ese día y a la renuncia del embajador Paz, misma que él explicó con amplitud en una entrevista a Le Monde, concedida a Jean Wetz el 14 de noviembre de 1968, una vez que el poeta abandonó la India.

Tan irritado estaba el régimen diazordacista que el embajador de México en Francia, el apenas fallecido historiador Silvio Zavala, contempló la posibilidad de pedirle a los franceses la expulsión del poeta mexicano del hexágono por supuestas ofensas a Díaz Ordaz. Ahora se critica que el poeta, servidor leal de una Revolución mexicana en la que creía por tradición familiar y por elección política, haya entregado la embajada con pulcritud a quien lo sucediese y que mediante la “puesta en disponibilidad” decidiera preservar los derechos adquiridos por todo trabajador, incluyendo los medios logísticos indispensables para los desplazamientos de los diplomáticos (que en esa época recibían, en México, salarios más bien bajos) y la jubilación a la que tenía derecho Octavio Paz en 1973 al cumplir treinta años en el servicio exterior del país.

Finalmente, en octubre de 1968, no se sabía si el 2 de octubre auguraba la instauración de un régimen cívico–militar en México como los que ensangrentaron el continente pocos años después o si aquella fecha era el principio de nuestra lenta y tortuosa transición democrática, como resultó ser. En Postdata (1970), Paz apostó por esa reforma, misma que implicaba el diálogo con los sectores reformistas del régimen y no solo escuchar a la maltrecha oposición, lo cual explica que al irse de Nueva Delhi no lo hiciese “como un servidor público resentido, dolido y enojado”, según escribe Rodríguez Munguía, sino como lo que era, un poeta con una visión política de la historia. No quería una “ruptura revolucionaria” con el Estado, como se lo exigían los radicales, sino dejar el precedente de un gesto moral. Ese decir NO, como afirma Guillermo Sheridan, que llenó de orgullo y esperanza a miles de jóvenes mexicanos, esa “hora mejor” en la vida de Paz, como la ha llamado Enrique Krauze. En todo caso, Paz –quien se cuidó de usar la palabra “renuncia” para evitar la mala fe del régimen y sus voceros– abandonó públicamente la embajada en protesta por un crimen de Estado y nunca volvió al gobierno.

Sigue siendo el único funcionario mexicano, entre miles, que tuvo los arrestos de hacerlo y de hacerlo públicamente en octubre de 1968, cuando hacerlo bien podía significar el destierro, destino de no pocos poetas. El resto es papeleo, testimonialmente interesante para descifrar los usos y costumbres del ogro filantrópico, pero políticamente de escasa trascendencia.