Refugachos, escenas del exilio español en México | Letras Libres
artículo no publicado

Refugachos, escenas del exilio español en México

Para James, Paco y Nigel
      
      
     Como ha señalado José Antonio Matesanz de manera sumaria en un esclarecedor ensayo,1 sabemos que "Es un mito que los refugiados españoles hayan sido bien recibidos en México". Gracias a las campañas de la prensa opuesta al presidente Lázaro Cárdenas, los "hermanos exiliados" del discurso oficial llegaron a ser llamados por la población media refugachos o refifigiados,2 y no fue infrecuente que se les viera y denunciara como agitadores, embaucadores y/o embajadores de una querella política que amenazaba con reiniciarse entre equivalentes facciones ideológicas en tierra mexicana.
población media refugachos o refifigiados,2 y no fue infrecuente que se les viera y denunciara como agitadores, embaucadores y/o embajadores de una querella política que amenazaba con reiniciarse entre equivalentes facciones ideológicas en tierra mexicana.
     El caso de los intelectuales no fue la excepción, sino acaso el paradigma de ese desencuentro. Aporto en este trabajo algunas escenas alusivas: una querella literaria entre José Bergamín y Xavier Villaurrutia, Salvador Novo y Rodolfo Usigli; otra entre Pedro Salinas y Jesús Guiza y Acevedo y unas observaciones íntimas de Alfonso Reyes. Cada una de las tres escenas supone documentos inéditos u olvidados en viejas revistas que colaboran a apreciar la hondura del conflicto.
      
¡Ahí vienen los rojos!
"El anuncio de que vendrían los colorados españoles puso a los mexicanos a tronarse los dedos", escribió Salvador Novo en enero de 1939.3 Esto obedecía a varias razones: además de la hispanofobia crónica (que, dice Novo, "es un complejo que germinó en los libros de texto del XIX para llevar al corazón de los niños el odio a los gachupines)",4 el presidente Cárdenas y la República Española eran identificados con el comunismo al que el papa Pío XI denostaba en sonoras encíclicas: Rusia y México, según la opinión del prelado, eran países "donde el comunismo ha conseguido afirmarse y dominar".5
     Esta actitud dio pie a toda una campaña de prensa y pro-paganda a la que se agregaban el oportunismo de la colonia española de filiación falangista, los norteamericanos recién heridos por la expropiación petrolera y sociedades mercantiles de capital alemán hartas de lidiar con la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y con su líder, el "rojo" Vicente Lombardo Toledano.6
     La campaña prendió como yesca entre la clase media católica, en general adversa al "bolcheviki" Cárdenas. Era una incomodidad que había crecido desde que el proyecto de la "educación socialista" consideró al Estado como la única instancia educativa legítima, lo que fortaleció a organizaciones militantes de derechas, como la Acción Católica o la Unión Nacional Sinarquista, previas a la fundación del conservador Partido Acción Nacional en septiembre de 1939, para quienes el derecho de educar a sus hijos en el respeto a sus convicciones religiosas en escuelas confesionales era innegociable.
     Los exiliados representaban en este contexto, como señala Matesanz, "dos de las imágenes más explosivas para México: la del rojo y la del gachupín",7 lo que condujo a que "la llegada de los republicanos españoles a México se viera como una invasión de gachupines rojos, lo que era el colmo".8 Pero si ser gachupín era malo, y si ser "rojo" era peor, y gachupín rojo el colmo, un intelectual gachupín rojo ya rebasaba toda taxonomía del prejuicio, pues a los intelectuales, comenzando por los mexicanos, se les agregaba el cúmulo de previsibles, denigrantes etiquetas, desde acusaciones de haraganería sediciosa hasta mofas sobre la inutilidad de su labor: un desprecio a la inteligencia en el que la Revolución había tenido lo suyo que ver. El intelectual gachupín rojo fue así un blanco fácil. Las razones políticas, filantrópicas y demográficas del gobierno de Cárdenas no lograron abatir la abrumadora suma de estos agravantes.
     El caso de los intelectuales exiliados atizó la repulsa de la derecha con mucho mayor vigor que los otros exilios, el campesino o el técnico, que en la imaginación popular podían —una vez superada la xenofobia— calificar como personas capaces de valerse por sí mismas. A ellos no era necesario inscribirlos en las nóminas del Estado, y mucho menos construirles una casa.
      
La Casa de España
Dentro del plan de Cárdenas, Daniel Cosío Villegas, Alfonso Reyes y Narciso Bassols para abrir las puertas de México al exilio español, se concebía crear una institución académica de alto nivel que emulara al Centro de Estudios Históricos de Madrid (donde Reyes había trabajado años antes). En septiembre de 1938 se formalizó la creación de la Casa de España9 y se anunció una primera versión de su nómina: Ramón Menéndez Pidal, Tomás Navarro Tomás, Dámaso Alonso, José Gaos, Joaquín Xirau, Adolfo Salazar y Gustavo Lafora, además de tres españoles ya residentes en México: León Felipe, José Moreno Villa y Luis Recasens.10 Esto significaba el traslado a México de algunas grandes luminarias españolas en los campos de la filología, la poesía, la psiquiatría, la poesía, la historia y la filosofía, a quienes se les ofrecían condiciones óptimas para continuar sus investigaciones.
     La prensa derechista se comenzó a ensañar desde ese momento, sobre todo la revista Hoy, de Regino Hernández Llergo, a la que se le servía en bandeja la oportunidad de ejercer su feroz animadversión al presidente. Los ataques vienen en todos los tonos (sobre todo en el verano de 1939) y alcanzan niveles inusitados de bellaquería. Su colaborador más conspicuo, Novo, desliza desde el principio un fuerte elemento de discordia: los salarios que la Casa pagaría a los españoles. Los intelectuales estarán, escribe Novo, "resignados a ganar por primera vez en su involuntariamente errátil vida los apenas veinte pesos diarios con que verán renumerada su sabiduría". Novo, desde luego, aporta la cifra con toda mala intención, pues un profesor universitario mexicano ganaba apenas 2.50 pesos.
     El manejo del asunto logró inflamar la indignación de la opinión pública. Más allá de que las cosas se hicieron, ciertamente, con falta de tacto, quizás achacable a la precipitación, la averiada clase media mexicana mordió el anzuelo y se lanzó al ataque, sobre todo en el ámbito de la universidad. Un profesor de la facultad de derecho, Eduardo Pallares, escribe el día anterior a la llegada del Sinaia:           
La inversión de los valores sociales que tiene lugar hoy en día ha alcanzado un punto máximo de injusticia, al otorgar a los extranjeros un lugar privilegiado en detrimento de los nacionales por la pasión sectaria, la ceguedad producida por el furor del radicalismo ideológico y político que da origen a privilegios que tanto "nos arden" y que se conceden no a los extranjeros por serlo, sino por ser rojos escapados del infierno de España. No se protege a filósofos, literatos y sabios por serlo, sino porque son comunistas derrotados. Los universitarios nos sentimos humillados cuando vemos que hay sujetos que adquieren de golpe y porrazo una situación excepcional con magníficos sueldos y facilidades que a los mexicanos se nos han negado desde que México es nación independiente [...]11
Pallares retoma la cifra aportada por Novo, seiscientos pesos12 al mes, y los contrasta con sus 75: el profesor universitario mexicano vive "sin garantías jurídicas, amagado por la miseria". Era cierto: en México una carrera académica era lenta, difícil y mal pagada, entre otras cosas por el desdén que Cárdenas había mostrado hacia la Universidad Nacional, en poder de "la reacción". ¿Cómo era posible que el maestro Antonio Caso —uno de sus más respetados profesores— hubiese tenido que vender su biblioteca, por esos mismos días, para financiarse una intervención quirúrgica, mientras que los españoles recibían todas las facilidades?
[...] y con dinero del erario —agrega Pallares—, no del Partido Comunista, ni de la CTM, ni de los secuaces de Lenin y Stalin, ni del oro sacado de España por los rojos,13 sino de nosotros los contribuyentes, que no somos comunistas ni queremos nada con los prófugos españoles. Pues de ahí se saca para sueldos, laboratorios, derechos de traducción, ediciones de sus obras, etc. Se dice que el presidente de la Casa de España tiene un sueldo de novecientos pesos mensuales. ¿Acaso vivimos en tal penuria científica y literaria y filosófica para que no haya nadie entre nosotros que merezca la ayuda que se otorga a los intelectuales rojos españoles?
Novo, seguramente satisfecho, agrega fuego a la hoguera desde su columna, llevando ya la situación a lo paródico: "La gente tiene noticia de que en algún lugar de la ciudad funciona una Casa de España dotada de alcobas, clima artificial y bodega de champaña y destinada a dar la gran vida a un número misterioso de conspiradores izquierdistas..." —pero agrega, no sin razón:
Si la Casa de España hubiera mostrado el tacto de no lla-marse Casa de España, sino, por ejemplo, Centro de Estudios Superiores, no habría venido a ser el pararrayos de un complejo de inferioridad manifiesto con la más lamentable evidencia en artículos como el de Eduardo Pallares que truena, fulmina, confunde, deja por los suelos el decoro de la hospitalidad mexicana y juzga en tan poco la capacidad de ganancia de los escritores, que le parece exorbitante que a Alfonso Reyes se le paguen treinta pesos diarios [...]14

La prensa derechista ignora las esporádicas, escuetas notas aclaratorias de Reyes. El escándalo sobre los salarios crece, de la mano del anticomunismo y la hispanofobia. El filósofo fascista Jesús Guiza y Acevedo escribe: "El gobierno de Cárdenas paga espléndidamente a ciertos intelectualoides de alquiler para que lo alaben [...] Cárdenas, para estos monederos falsos, es más que César y Platón juntos [...] tienen una insolencia sólo comparable al dinero que reciben [...] El gobierno aparece como protector de la inteligencia en este hotel de lujo de intelectualoides emboscados que ganan sueldos que son un latrocinio al miserable pueblo de México".15
     La noción de que los exiliados tienen como misión organizar una versión mexicana de la Guerra Civil no se hace esperar, como se desprende de un artículo del pintor Gerardo Murillo, el "Dr. Atl", para quien los exiliados son "[...] profesores marxistas fracasados; intelectuales de cuarto y quinto orden, tipos que ni la Francia comunista ha querido admitir, que vienen a soliviantar a las masas de trabajadores dominadas por líderes azteco-judaico-comunistas desde la Casa de España, abrigo de la andante gachupinería".16
     Un énfasis semejante (cuando las fotos de los exiliados bajando del Sinaia con los puños en alto saturan la prensa), que propone que entre los exiliados hay milicianos que vienen a fortalecer militarmente a Cárdenas y a la CTM, prevalece en el semanario Hoy que publica, a partir de julio, una entrega semanal mordazmente titulada "La conquista de México en 1939"17 en la que defiende a los españoles de viejo arraigo (que se anuncian en ella con prolijidad)18 y pone énfasis en la tesis de que es con dinero del erario público mexicano que la trayectoria política de los exiliados atenta contra el país mismo: "Se ve que los refugiados no vienen a sumarse al país, sino a engrosar las filas de la CTM; no traen la paz, sino la guerra; no son huéspedes de México, sino de Lombardo".19 Otros comentaristas de mayor nivel se sumarán, si bien de manera más ponderada, al conflicto, sobre todo los católicos Alfonso Junco y Carlos Pereyra, o el más analítico, Luis Cabrera.20
     
Las quejas de Reyes
Rodeado por esas circunstancias, Alfonso Reyes vive una de las situaciones más hartantes y fatigosas de su vida. Había dejado su cargo de embajador en Brasil un par de años antes con el deseo de volver en paz a México y terminar sus años de autoexilio. Él mismo, en cierta forma, era un exiliado en su patria. Enfrentar el problema del rechazo a los españoles, y ser comidilla de periodistas y objeto de acusaciones, le hace echar de menos su vida en Sudamérica. Además de hallarse dedicado en cuerpo y alma a organizar la recepción y ayuda a los que llama sus "españoles intelectuales náufragos", tiene que encargarse de otras tareas delicadas, como redactar la sección sobre la expropiación petrolera para el informe anual del presidente.21
     El Diario (inédito) de Reyes refleja en esos días álgidos una imagen muy remota del mito de la hospitalidad. Resulta espeluznante irse encontrando en él entradas que dan cuenta de las circunstancias más desagradables con que lidia a cambio de los famosos novecientos pesos: rescates de última hora, combates contra la vanidad, intermediación entre facciones enemigas, amagos de violencia, arbitrajes cargantes, antesalas con funcionarios, líos con sus colaboradores, convencer a los exiliados de trabajar para mostrar su buena disposición, compensaciones a los mexicanos y ¡hasta mediaciones entre conflictos amorosos! Reproduzco algunas entradas:
     
1939
Xavier Icaza cuenta que le han llevado al presidente chisme que ¡yo aíslo mucho a los catedráticos de la Casa de España de los literatos mexicanos! ¡Como si fueran niños de teta, presos en el internado; como si yo llevara un año de estar con ellos; como si les tocara a ellos buscar a nuestros escritores y no viceversa! (6 de junio).
      
Impertinencias de Recasens, que no se siente bastante honrado en la lista...22 (12 de junio).
     
Cosío Villegas23 tiene un instintivo antiespañolismo en el fondo... (18 de junio).
     
Espantoso trabajo para arreglar la tercera conferencia de María Zambrano pasado mañana, y la de Bergamín en Bellas Artes... Salvé a Ontañón y a Jarnés, atascados en Veracruz, con los muchachos de Hora de España. Junta para lo mismo con Pellicer, Octavio Paz,24 etc. Pido a Pérez Martínez cite a una junta de amigos influyentes para auxiliar y colocar a toda esa intelectualería española que no cabe en la Casa de España... (19 de junio)
     
Sigo trabajando por los españoles jóvenes que están en Veracruz. Le arreglo a Jarnés un curso sobre la novela picaresca en la Escuela de Verano, y mañana le ofreceré otro a Ramón Iglesia, por telégrafo a Veracruz, sobre el Quijote. Liberto así a León Felipe, que no quería darlo, y le aseguro el suyo a Berta Gamboa sobre la novela de la revolución.25 Tratos con media ciudad. Salvador Milanés Jr. me ofrece trabajo para empleados de comercio españoles. Almuerzo con el simpatiquísimo e inteligente Josep Carner... (20 de junio).
     
Las cuentas dicen que no hay que invitar a más gente para la Casa de España... (21 de junio)
     
El exceso abrumador de trabajo me viene de las muchas personas que quieren entrar a la Casa de España, con o sin méritos para ello, cuando ésta ya no tiene presupuesto para más, ni puede tal vez lograr que el ambiente cultural de México resista más... (27 de junio).
     
Vino la comisión de la Junta de Cultura Española a quejarse contra imprudencias de Salazar, en sus artículos contra los republicanos. Descubrí que la antología entregada a la casa por Domenchina crea un incidente. Castro Leal me platica el incidente Siles y, como se lo conté a Cosío, ¡hoy me desayuno con que me entrega los libros de la Casa de España, diciéndome que el FCE se desentiende de ellos, dictatorialmente!... (31 de octubre).
     1940
Maniobra contra la Casa de España hoy en El Universal, donde abusan del nombre de Samuel Ramos que de inmediato se sinceró con nosotros... (4 de marzo).
     
Le compro a Pedro Garfias, para que no se muera de hambre, su libro Primavera en Eaton Hastings. Pleitos atroces entre Domenchina y Bergamín... Lo que me han hecho sufrir estos españoles, lo que he tenido que soportar por ellos, y ¡cómo me pagan ahora con sus intrigas! (27 de noviembre).
     
Necia intriga de Indalecio Prieto, Sánchez Román y demás politicastros españoles que tenían la ridícula pretensión de administrar ellos en la nueva presidencia un instituto mexicano. ¡Con razón perdieron éstos a la república! (16 de octubre).
     
Ya no se puede en México ir a ningún lugar en que se reúna la gente, por culpa de las intrigas de los muchachos españoles, prostituidos y hechos malvados por la guerra...26 (5 de diciembre).
     
Y problemas entre el amasiato de Domenchina y Lupe Marín, rencillas entre Bergamín y Cosío Villegas, los afanes por resucitar La Barraca27 en México, sus asombrosos esfuerzos por salvar a Cipriano Rivas Cherif del fusilamiento en Francia, el envío de dinero (de su bolsa) a Domenchina, la instalación del laboratorio del Dr. Lafora (que tiene al poeta Jorge Cuesta entre sus pacientes), cobro de cheques para Bergamín... En suma, cuidar de la susceptibilidad de todos y no recoger a cambio sino exabruptos de "todos estos envidiosos".28

Los únicos placeres de Reyes en esos meses serán las conver-saciones con Gaos, con Carner, con Moreno Villa y observar cómo, pese a todo, la Casa de España crece y produce humanidades de calidad ya establecida. Por fin, en octubre de 1940, logra que la Casa de España cambie su nombre por "El Colegio de México", y que las envidias de los mexicanos queden más o menos atenuadas con la creación de El Colegio Nacional.
     Poco a poco, la presencia de los españoles comienza a hacerse realidad en las calles de la capital. Escribe Novo:

En el solarium de la YMCA, grupos inusitados de españoles exhiben sus peludos cuerpos, ignoran a gritos los letreros que recomiendan silencio a los alagartados nativos a que se han sumado sin mezclarse con ellos; llenan los cafés del centro, vagan en grupos pintorescos por el Paseo de la Reforma, alegan en voz alta, perciben resignados la irreconciliabilidad de su carácter con el callado, mustio, discreto carácter de los coterráneos de un Ruiz de Alarcón que no toleraba el caudaloso Lope —y viceversa.29
Entre los escritores mexicanos que simpatizaban con la causa republicana no es fácil encontrar reacciones de incomodidad frente a los "privilegios" de la Casa de España. Finalmente, se trataba de escritores a los que leían y respetaban desde hacía años. En las raras ocasiones que se hace pública, todo sigilo y prudencia, esa incomodidad apenas y borda variantes sobre el tema de la desigualdad de trato por parte del gobierno. Aun así, no es una reacción frecuente al principio, y, en todo caso, podía venir disfrazada de ropajes académicos. Por ejemplo Rodolfo Usigli, que al final de una reseña (negativa) del primer libro publicado por la Casa de España, El teatro y sus enemigos de Díez Canedo, agrega: "Es desafortunado [...] que no haya habido antes y no haya todavía en México una Casa de México para dar curso también al pensamiento mexicano contemporáneo, que parece diferir en muchos ángulos del español..."30
     La idea de que existe un "pensamiento mexicano" diverso del español, que corre el riesgo de verse desplazado, o suplantado, por el poderío intelectual de los peninsulares, comienza a externarse con el paso del tiempo. Ya entrado el año de 1940, esta sensación desplaza a la vieja solidaridad. Una curiosa fábula, firmada por El Pez que Fuma (apelativo bajo el que se disfrazan Octavio Barreda y Villaurrutia en Letras de México), sección que parodiaba la actualidad literaria trasladada al mar, ilustra esa nueva etapa del desencuentro. Se titula
"La competencia"31 En el acuario hay pánico y confusión. Una banda de activas sardinillas migratorias han invadido las apacibles aguas. Grupos de descontentos se reúnen, impotentes, a murmurar y comentar la calamidad.
     —¡Esto es imposible! —dice un pececito de oro, finísimo poeta—. ¡Ya no digamos agua; ni aire nos dejarán! ¿Cómo van a sobrevivir nuestras revistas, nuestras instituciones, nuestras obras ante la brutal competencia de las que traen o piensan lanzar? ¡Unámonos, que la unión hace la fuerza!
     —El asunto no tiene importancia, amigo —le contesta el estoico pez fumador—. Hay que acostumbrarse a soportar con calma cualquier pérdida o desastre. Recordad que Fidias, cada vez que perdía una estatua, la reemplazaba inmedia-tamente con otra. El goce de la creación es infinitamente superior al del éxito obtenido. Y eso nadie os lo podrá quitar. ¿No nos decía Séneca que el pintor goza más en el momento de pintar que cuando su cuadro está hecho y descansa su pincel? Acordaos además del filósofo que decía: Es más dulce formar una amistad que gozar de ella.
El contraste entre los beneficios continuó haciendo estragos. A seis meses del desembarco del Sinaia (junio de 1939), El Universal anuncia en primera plana la "creación de una Liga de Intelectuales Mexicanos" deseosos de reivindicar la producción intelectual mexicana "frente a la potente actividad de los intelectuales españoles en México y los apoyos oficiales de que disfrutan".32 Ignoro qué tan seria pudo ser la iniciativa, que, desde luego, no prosperó. La supuesta liga reclutaba, según el diario, al poeta y crítico Jorge Cuesta, al filósofo Samuel Ramos y al novelista José Martínez Sotomayor, entre otros. Juntos prepararían un "manifiesto de quince puntos" entre los que destacaba "tramitar ante el Congreso leyes que otorguen protección preferencial al intelectual mexicano". En todo caso, es ante este tipo de inquietudes que la Casa de España se rebautiza como El Colegio de México y que se crea El Colegio Nacional (que exige la nacionalidad).
Guerra literaria: Bergamín vs. Novo, Villaurrutia y Usigli
Hay una casualidad que se antoja mandada a hacer para sazonar el guiso de estos rencores entre los escritores mexicanos y españoles: en 1939, a poco del desembarco del Sinaia, se cumple el tricentenario del dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón. La memoria de la mala fortuna que tuvo el mexicano como emigrante a España —donde luego de mil trabajos consiguió del Estado un mísero sueldo como "inspector de alcoholes"— agrega mala sangre contra los que venían de la península. El asunto se presta para que Villaurrutia, Novo y Usigli redacten unos epigramas al respecto. En su ensayo sobre Villaurrutia, Octavio Paz recuerda:
Villaurrutia compuso, con la colaboración de Usigli, si no me equivoco, unos epigramas contra los intelectuales españoles refugiados en México, especialmente contra José Bergamín. Le reprochaban, entre otras cosas, unos juicios más bien despectivos, escritos años antes, contra Juan Ruiz de Alarcón. La joroba del dramaturgo —sobre la que habían clavado banderillas Lope de Vega y Mira de Amescua— volvía a encender, tres siglos después, la guerra literaria en los cafés de México. Los epigramas, impresos en unas hojas rosadas, circularon por todas partes. Bergamín respondió con unos sonetos feroces. Santo remedio: hubo una tregua a la que siguió una reconciliación general.33
     El maltrato otorgado al corcovado Juan Ruiz por Lope de Vega y Mira de Amescua, así como las largas dificultades que pasó para hacerse con un nombramiento menial en la burocracia del reino, era un viejo ingrediente de la susceptibilidad literaria mexicana; la llegada de los españoles y el tricentenario, con sus celebraciones y sus ediciones conmemorativas, lo amplificó notablemente. Además, entre los refugiados destacaba José Bergamín, que en Mangas y capirotes (1933) se había referido a Juan Ruiz de Alarcón como un "intruso" en el Siglo de Oro español, lo que había provocado en su momento una airada reacción del dramaturgo Rodolfo Usigli.
     Pedro Salinas, que está dictando conferencias en México, gracias a Reyes, cuando aparecen los epigramas, le aporta a Jorge Guillén un resumen del suceso:
A todo esto los escritores mejicanos del grupo Novo, Villaurrutia, lanzando epigramas contra los españoles, sobre todo contra Bergamín, llenos de recelos y de envidias. Pero se han encontrado con la horma del famoso zapato, porque Pepe les ha hecho dos sonetos magistralmente quevedescos, donde el insulto llega a lo increíble. El tema se presta porque todos ellos son Ex Illis, o jotos como se dice allí...34
     Por su parte, el erudito Nigel Dennis, especialista en la obra de Bergamín, comenta en "Ensimismamiento y enfurecimiento en la poesía de José Bergamín (1939-1946)":
      
De hecho, parece ser que poco después de su llegada a México, Bergamín recibe un epigrama —que no lleva firma y que desgraciadamente no ha llegado a nuestros días— en que, suponemos, se denuncia, entre otras cosas, la estrechez de su perspectiva sobre el teatro del XVII. Si las sospechas de Bergamín sobre el origen del escrito están bien fundamentadas, el autor bien podía ser el propio Usigli, o quizá Salvador Novo o incluso Xavier Villaurrutia.35
Me encontré los epigramas en la única revista mexicana del periodo que se asume abiertamente fascista, la quincenal Lectura (Revista crítica de ideas y libros), fundada en mayo de 1937 por el ya mencionado Jesús Guiza y Acevedo. Publicaba material literario y crítico de Paul Claudel, Hillaire Belloc, Charles Maurras, el joven poeta nicaragüense Pablo Antonio Cuadra (recientemente fallecido) y el infaltable José María Pemán. Esto entre columnas de tema mexicano cuyos blancos favoritos son los "indolatinos marxistas" —enemigos de los "católicos romanos"— y, previsiblemente, los exiliados españoles ("México es la colonia penal de España", se titula un editorial). Interesada en la poesía, a diferencia de otras revistas conservadoras, Lectura publicaba junto a García Lorca (pero sólo la "Oda al santísimo sacramento") himnos criollos a sus héroes:
           
En el cielo hay azul, y en la sonrisa
del batallón de requetés románticos
se quiebra el sol en oraciones puras
para el Dios inmortal por quien lucharon;
y en las "Camisas negras"
canta la gloria para el César Fuerte:
¡Mussolini venció; venció el fascismo
y con el Fascio, Roma y la cultura!36

Hay razones para asegurar que la anónima "Flor de epigramas en el tricentenario de la muerte de Ruiz de Alarcón 1635-1935" que aparece ahí es la que provocó la guerra literaria. Se puede pensar también que seguramente llegó a la revista poco después de que circulara, como recuerda Paz, en hojas volantes color de rosa. La primera razón para suponerlo es la coincidencia de las fechas, pues aparece en el número del primero de septiembre de 1939 y tanto la supracitada carta de Salinas a Guillén como una de Bergamín a Salinas en que alude a sus sonetos contra los "amigos dórico-jóticos del Café París", están fechadas unos días más tarde.37 La otra razón es que Novo y Villaurrutia colaboraron con sus nombres en los primeros números de Lecturas y que Novo sostenía vieja e intensa amistad con su director.38
     Con respecto a la autoría de los epigramas, creo que Bergamín y Salinas tienen razón en adjudicarlos a Villaurrutia y a Novo que seguramente, en una velada de café, los habrán borroneado en una servilleta. La participación de Novo me parece incuestionable: aunque muy lejos de sus mejores trabajos satíricos y epigramáticos, presenta semejanza estilística con ellos, como el uso de trasposiciones y rimas con sílabas cortadas. Su documentado desdén hacia los "peludos cuerpos" de los españoles, que reaparece en la primera estrofa, es otra evidencia. Por otro lado, estoy seguro de que la "Flor de epigramas" no se encuentra completa (de hecho, parece difícil que comenzara como lo hace en la versión de Lecturas) y que debió ser cuidadosamente podada de toda connotación salaz, imposible de reproducir en una revista católica. El lector aguzado reconocerá que, en varios casos, el último verso de cada cuarteta es el título de una comedia alarconiana:
          

     Flor de epigramas
     en el 300 aniversario de la muerte
     de Juan Ruiz de Alarcón, 1639-1939
      
     No aspiraba al mimetismo
     ni era semejante a ellos,
     por más velludos más vellos,
     el semejante a sí mismo.
      
     Un dramático de antaño
     llamó siempre a los empeños
     españoles, por sus dueños,
     los empeños de un engaño.
      
     ¿Dónde, con sesera escasa,
     de España basta llegar,
     para hallar comida y casa?
     Mudarse por mejorar...
      
     No hay español que se abstenga
     en el colonial refugio
     de cantar sin subterfugio:
     no hay mal que por bien no venga.
      
     Con una intención oscura,
     deste Belarmín el labio
     en superfluo desagravio
     ganar amigos procura.
      
     No es la nuestra rencorosa,
     pero tu actitud al fin,
     sincera o no, Belarmín,
     es, la verdad, sospechosa.
      
     Don Juan pretendió un empleo
     en España, es la verdad;
     mas en lograr su deseo
     se tardó una eternidad.
      
     Con cuánta facilidad
     en cambio, los emigrados
     en la Colonia empleados
     se miran, que por los hechos,
     se creen los solos derechos
     en tierra de corcovados.
      
     Sólo faltó Corcovalla
     en la palaciega saña
     de una bufonesca obrilla
     de enanos, negros y villa-
     nos39 de la Casa de España.40
     Bergamín, explica Dennis, reacciona contra esos epigramas elaborando una serie de sonetos vitriólicos contra los tres mexicanos. Al parecer, esos sonetos crecen durante ese mes de septiembre hasta el número de treinta,41 suficiente para conformar una sección a titularse "La sota de espaldas" en un libro de epigramas que, proyectado por Bergamín y nunca publicado, se habría titulado Burladero de sonetos feos. Dennis cita uno de ellos en su ensayo y muy generosamente me envía otros tres que conserva.
     Réplica a un corillo o corrillo —correveidilo—
     corrido, corredor y corredora
     de unos alarconianos de atrás, trasnochados y coleantes.
      
     I.
     Juan Ruiz de Alarcón, si dais posada,
     que posaderas tome vuestra gente
     a nosotros nos es indiferente,
     pues ni les damos ni tomamos nada.
      
     ¿De nuevo es de novillo la puntada
     o de villa o villorrio la ocurrente
     villanía, despecho de impotente
     volviendo grupas de ex privilegiada?
      
     Fétido hedor el del rincón villano
     que emparedada voz de choto42 envía
     con equis de joroba por barrera.
      
     Si no llegó la piedra sí la mano
     al amigo perdido que la fía,
     y hoy, en rigor, se la devuelve entera
      
     (sobre la faz que hurtó la cobardía).
      
     II.
     A X y V + (N-1)
      
     De villa tienes uve como vuelo;
     de uve pico que es de ave y cacarea;
     de ruta, a más de consonancia fea,
     tienes el arrastrarte por el suelo.
      
     O villa o ruta ¡tanto monta! (en pelo);
     quien te monta y te ensilla y te espolea,
     a la francesa, aunque italiano sea,
     ¿es el uso, el usillo o el ucello?43
      
     Marica en español, urraca o pía,
     si a pluma y pelo como zorra astuta
     de ajenos pelo y plumas te has vestido,
      
     la rutinaria voz te robaría
     vileza y ocasión ¡oh villa! ¡oh ruta!
     ¡oh encumbrado volar, aunque invertido!
      
     III.
     A los mismos
      
     A jorobarse tocan ¡mariquillas!
     que por tocar jorobas de tal suerte44
     acabaréis por jorobar la muerte
     alarconizándola en cuclillas.
      
     Nunca se vieron tales pajarillas
     tornar al mismo sol, y es caso fuerte,
     que para recular hasta lo inerte
     perfumaron sus nalgas amarillas.
      
     Cuatro o cinco mayados o gatunas
     formaron entre putos y entre patas
     ramillete de usíglica fragancia:
      
     pardeando nocturnos a sus lunas
     y jorobados por andar a gatas
     en un París que no es París de Francia.45
      
     IV.
     A otros que son
     unos y los mismos
      
     Tenéis más humos que tuvieron cuernos,
     capaces de poblar bosques enteros,
     quienes, al engendraros, los primeros,
     quemaron vuestra sangre en copos tiernos.
      
     Chamuscados venís de los infiernos
     anónimos de amor, siempre postreros;
     que andar atrás es rastrear tras Eros,
     trashumando rastrojos los inviernos.
      
     Voz de chusma que es chisme y chimenea
     sale de vuestros humos en humores
     cenicientos de turbia cabronilla.
      
     No aquilatáis, aculotáis, ardores,
     hasta más no poder de hasta que sea
     de tal asta, tal pelo y tal astilla.
Contra lo que podría suponerse entre personas de tan alerta susceptibilidad, luego de tanto tarascazo endecasílabo, el episodio terminó bien. Villaurrutia y Usigli se convertirán en buenos amigos y colaborarán con Bergamín en la Editorial Séneca. Una vez pasada la gresca, Bergamín redactará una reflexión justa sobre la "generosidad maldiciente" de los escritores que dice: "como hasta para decir el mal tenemos necesidad de decirlo bien, empezamos por deshacer el daño que aparentemente causaríamos". Y lo más interesante de todo: la editorial Séneca publica con ánimo conciliatorio, al poco tiempo, una edición crítica... de Juan Ruiz de Alarcón.

Una carta de Pedro Salinas
La violencia de Guisa y Acevedo y su revista contra "Los re-fugiados, expelidos del organismo de España por movimientos peristálticos",46 en poco merecería repasarse si no fuera también por la presencia en sus páginas de un inusitado co-laborador.
     Cuando Pedro Salinas va a México a conferenciar en 1938, Guisa y Acevedo reproduce un poema suyo47 cuya espiritua-lidad le parece contradecir su "izquierdismo". Salinas, dice Guisa y Acevedo, "propinó una desagradable sorpresa a los camaradas mexicanos cuando lo oyeron mencionar en sus conferencias el nombre de Dios y del Rey". Los "indolatinos" marxistas, continúa, sostienen que los españoles no trajeron a estas tierras sino "vicios, ignorancia y fanatismos", y Salinas vino a demostrar que "los poetas españoles, católicos y monárquicos, trajeron la lengua y con la lengua la poesía y con la poesía toda la realidad moral, intelectual y religiosa de la civilización". No tendrían mayor importancia estas opiniones tendenciosas de no ser porque, rompiendo el sobreentendido pacto de indiferencia que rodeaba las provocaciones, y en uno de los muy contados ejemplos de una respuesta española a esa hostilidad, Salinas le contesta a Guisa y Acevedo cuando regresa a Wellesley. Reproduzco la carta en su totalidad por su obvia importancia para apreciar tanto el dilema de Salinas como el de la España en el exilio:
           

8 Appeby Road.
Wellesley, 10 de octubre de 1938
Sr. Director de Lectura
México, D.F.

Distinguido señor mío:

En el número 1 del tomo VI de la revista de su digna dirección, correspondiente al 15 de septiembre de 1938, aparece un soneto reproducido de mi primer libro (Presagios, 1923), al que le han antepuesto unos comentarios sobre mi estancia y conferencias en México. Como creo advertir en ellos cierta posibilidad de interpretación equívoca para el público mexicano, me permito enviarle estas aclaraciones, con el ruego de que les dé acogida en la revista.
     "Salinas es un hombre de izquierdas, o al menos como tal aparece en México", dice Lectura. No acostumbro a aparecer sino como lo que realmente soy. Y en efecto, sin haber pertenecido nunca a ningún partido político oficial, soy eso que, de un modo general, se suele llamar un hombre de izquierdas; es decir, izquierdista universal, republicano español, y partidario por completo del pueblo español y de su gobierno presente en la lucha actual. Y, ante todo, convencido enemigo, con la más honda convicción, de toda forma política de nazismo o fascismo, porque considero a estos regímenes como el peligro más grave e inmediato que hoy existe para la vida espiritual del hombre. Precisamente porque creo en lo eterno, como dice el comentario de esa revista, porque creo en las realidades espirituales y morales del ser humano individual, es por lo que mi conciencia se opone a aceptar sistemas políticos donde no se respeten, donde se persigan, las libres formas de expresión de la personalidad humana, en cualquiera de sus aspiraciones eternas. Creo que en mis conferencias analicé con igual deseo de comprensión, con la misma simpatía poética, tipos muy diversos de realidades poéticas españolas, ya fuese la espléndida poesía mística de San Juan de la Cruz, o la poesía pagana y sensual de Góngora. Pero ni me proponía hacer propaganda de catolicismo con la una, ni de paganía con la otra. Y rechazo toda interpretación de mis conferencias que rebase el puro ámbito de lo poético esencial.
     Dice Lectura, con razón, que mencioné los nombres de Dios y del rey. Y sigue, ya no sé si con alguna razón: "Claro. No se podía por menos, porque los poetas españoles son católicos y monárquicos". Hubiera sido muy difícil omitir el nombre del rey al hablar de una comedia como La vida es sueño o de un poema como Mío Cid,48 en que los reyes juegan un importante papel. Y mucho más omitir el nombre de Dios al comentar las poesías, impregnadas de amor divino, de San Juan o de Fray Luis de León. Pero, ¿qué se puede deducir de eso? ¿Que los poetas del Siglo de Oro eran católicos y monárquicos? Nadie lo pone en duda, ni nada tiene que ver con el valor poético de su poesía, ni con las tendencias políticas de hoy. ¿O que los poetas de hoy son católicos y monárquicos? En este caso la insinuación me parece del todo errónea. Porque sin entrar en la confección de un censo de poetas españoles vivos, basta con citar los nombres de los más grandes, entre los mayores, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, y de los mejores entre los jóvenes, García Lorca, Guillén, Alberti, Aleixandre, Cernuda, Altolaguirre, para desmentir esa afirmación. Se me podrían alegar ciertos nombres, como el del señor Pemán, en aserto contradictorio, pero tal ejemplo sería discutible, no ya desde el punto de vista del monarquismo o del catolicismo del señor Pemán, pre-gonados, copiosamente, por su pluma, sino desde el punto de vista de la consideración del señor Pemán como poeta vivo.
     Termina el preludio de la inserción de mi soneto con estas palabras: "Pobre del señor Salinas al tener que rozarse con los indolatinos marxistas". Agradezco la compasión, que no puede por menos de suponerse cristiana, que así se me dedica. Pero debo decir que en mi trato y roce con los presuntos "indolatinos marxistas" (a quienes, sin duda por mi corta estancia en México, no he llegado a colocar rótulo semejante) no he recibido sino muestras de atención y consideración inteligente. Que ellos han escuchado mis conferencias con deferencia y respeto. Y que, muy lejos de sentirme en alguna ocasión molesto con el trato de los intelectuales mexicanos que me han hecho el honor de invitarme y acompañarme, he podido darme cuenta, a través de él, de la gravedad y hondura de los problemas mexicanos de hoy, y de la voluntad, el fervor, y, en muchos casos, el acierto con que estos mexicanos de hoy se encaran con una realidad tan compleja como la de México.49 De ese bellísimo país que me ha inspirado tanta admiración y tanto amor, por todo lo que España sembró en él con tanta magnificencia, por todo lo que su espíritu nativo visible en muchas formas de arte culto y popular representa de originalidad, y por la esperanza de que México se encuentre a sí mismo a través de una integración completa de los distintos elementos raciales y culturales que el destino histórico ha traído a su suelo y a su pasado.
     Queda de usted, atentamente,
     Pedro Salinas50
Guisa y Acevedo publicó la carta, no sin un comentario previo que llevaba agua a su verdadero molino:     
Dice el señor Salinas que "por lo que mi conciencia se opone a aceptar sistemas políticos donde no se respeten, donde se persigan, las libres formas de expresión de la persona-lidad humana, en cualquiera de sus aspiraciones eternas"... ¿Sabe el señor Salinas que en México los padres de familia no tienen el derecho de educar a sus hijos porque el único que puede hacerlo es el Estado? ¿Se respetan en México y se promueven las formas libres de expresión?51
En carta a Guillén, regresando de México, escribió Salinas: "No te puedes figurar lo que me he divertido".52 Ignoro si sus ro-ces con el fascismo mexicano fueron parte de esa diversión. De cualquier modo, termino con esta carta, no sólo por su valor documental y la belleza de su exposición, sino porque, a mi parecer, es la mejor y más sintética respuesta a la nada divertida y vasta campaña de la que he dado cuenta, parcialmente, en este escrito. ~