Recetas mágicas | Letras Libres
artículo no publicado

Recetas mágicas

No hay fin para la credulidad. Necesitamos confiar en que existen atajos o recetas mágicas para conseguir el dinero, el amor o la salud. Los dos primeros son más concretos y comprometedores: o tienes pasta o no la tienes. Te quiere o no te quiere. Pero sentirte un poquito mejor... Eso de “mejorar”, por ejemplo, ¿cómo se mide? En una época piqué con los tratamientos anticelulíticos, reafirmantes, reestructurantes o mejorantes en general. Hasta que me di cuenta de que el único que veía claramente mis progresos era justamente quien me los cobraba. Y aplicando el tema a los atajos en general he de decir que soy malísima cliente tanto de tratamientos cosméticos y brujofarmacias como de loterías. Por eso me quedo boquiabierta cuando veo la enésima edición de la pulsera mejorante llegada esta vez directamente del sol new age de California. Los hermanos Troy y Josh Rodarmel del condado de Orange, hijos treintañeros de una madre “holística”, lanzaron al mercado en el 2007 la pulsera Power Balance. Esta vez no se trata de algo como las Rayma que inventó Manolo Polo, un masajista de Baleares y que, con ayuda de la fallecida periodista radiofónica Encarna Sánchez, triunfaron en los ochenta. Ahora son de silicona y su especialidad no es el reuma sino una nebulosa de mejorías donde destaca “el equilibrio”. La asociación de consumidores Facua las ha denunciado ante las autoridades sanitarias, y el Instituto Nacional de Consumo ha alertado a las comunidades autónomas de su posible publicidad engañosa. Parece que en su interior llevan un trozo de plástico plateado en el que han logrado insertar “una frecuencia”. ¿Cómo se inserta “una frecuencia”, que es simplemente una unidad de medida? Pues de la misma manera que antes se insertaba “una energía”. No vale la pena hacer preguntas. Ni sus creadores ni empleados quieren meterse en berenjenales: “No estamos diciendo que exista un beneficio (para el cliente), sino que si ayuda un poquito ya es estupendo”, dice un directivo. Es a causa de esta supuesta ayudita que la luce todo el mundo. No sólo la Infanta Elena, Cristiano Ronaldo, Raúl o Belén Esteban, que ya iría un poco de soi. También la llevan Patxi López e Ignacio González, con cargos políticos ambos, uno del pse y del pp el otro. Y es que en el fondo son cada vez más lo mismo, con tirón por las recetas mágicas, comprensivos con la política “alternativa” y sin verdadero criterio ni anclaje en la realidad.
Existe en Facebook un grupo que tiene este nombre y estas intenciones: “Power balance: cómodo sistema de detección de retrasados”. Van por los 3.000 seguidores.

Por algún motivo no ha habido éxito en explicar al público, ni por desgracia a los jóvenes en escuelas y universidades, que para decir que una cosa está realmente funcionando debe haber estudios y experimentos que la respalden. Y esto vale tanto para las pulseras magnéticas o “equilibrantes” como para cuestiones más abstractas como las teorías psicopedagógicas que siguen imperando en el campo educativo con los resultados que todos conocemos. No lo podría haber dicho más claro el profesor Adolf Tobeña en una conferencia que impartió en Cádiz, en el marco de las jornadas “Las dos culturas 2010: Educación, el cambio necesario”, y que está colgada en www.terceracultura.net. Por eso el pensamiento flácido, que decía un amigo mío, campa por sus respetos. Así seguimos viendo como personas perfectamente razonables en su vida diaria siguen empeñadas en dejarse el dinero en terapias de acupuntura que no han demostrado más que vagos efectos analgésicos que se derivan de un pinchazo que puede ser practicado en cualquier punto del cuerpo sin relación con los famosos “canales” o “meridianos” energéticos de esta fantasía milenaria. Muy recientemente, el Center for Inquiry ha publicado un paper escrito por Robert Slack, Jr. que afirma que la adopción acrítica de la acupuntura (y de las demás terapias no contrastadas) no sólo añade costes significativos al ya sobrecargado sistema sanitario americano, sino que rebaja los estándares de la formación de los médicos y sus tratamientos y otorga  una indebida y peligrosa autoridad a la pseudociencia. Esto tiene como consecuencia una degradación del respeto por la ciencia entre el público en general. Abundando en esta cuestión, en el suplemento “La otra crónica” de El Mundo del sábado 12 de junio, se publica un artículo donde se informa de que la Reina Doña Sofía recurre a sesiones de acupuntura para combatir el estrés. Y no sólo eso, la Reina “se preocupa porque las energías positivas fluyan por su cuerpo” y “controla el Chi” –sorprendente noticia con la que más de uno haría un chiste malo. Y como broche a tamaño relato, finaliza su autor diciendo que la soberana acude a uno “de los más prestigiosos acupuntores chinos erradicados en España”, y así vemos conjugarse en un mismo artículo la más sublime sabiduría con la más sublime ignorancia, y preguntamos a la Yoda, si no podrían ser lo mismo tanto una cosa como la otra.

Estas prácticas contienen supuestos que contradicen leyes, principios o conocimientos empíricos bien establecidos tanto en campos de la física, la química o la biología. Leyes que nos permiten vivir en este planeta sin desintegrarnos al instante. Este fracaso educativo se da, como nos recuerda Tobeña, en multitud de campos que van más allá de los tradicionales en la charlatanería. No me extraña que en este clima puedan prosperar personajes como Juan Felipe Carrasco, responsable de Transgénicos de Greenpeace. Lo vi el martes 8 de junio en La 2. A sus aseveraciones sobre la maldad y los demostrados perjuicios que ocasionan los transgénicos, un par de profesores de biología y expertos en estos temas le oponían el hecho de que en 14 años, desde que empezó este cultivo en España y con más de 10.000 estudios realizados, no haya habido ni uno que respaldadse con rigor los supuestos peligros de esta tecnología. A esto respondía el responsable de Greenpeace con un argumento sorprendente: con que hubiera un sólo estudio (él conocía uno, dudoso para sus contertulios) sería suficiente para establecer una moratoria indefinida. Vamos, que se agarraba a un clavo ardiendo antes que renegar de la petición de principio a la que debía su cargo. Por eso y tantos otros ejemplos la pseudociencia tiene cuerda para rato. ~