Realpolitik poselectoral | Letras Libres
artículo no publicado

Realpolitik poselectoral

Tras las elecciones generales del 20D, PSOE y Podemos han situado unas líneas rojas que prometen no traspasar pero que finalmente tendrán que traspasar.

“Las amenazas y los incentivos -escribe David Runciman en el número de enero de 2016 de esta revista- nunca se alinean de forma productiva”. El politólogo británico compara las políticas contra el cambio climático con el bloqueo del escritor: si la amenaza (el deadline) es muy cercana, ya no merece la pena enfrentarse a ella; si todavía es lejana, significa que aún hay tiempo, pero uno corre el riesgo de relajarse. Es difícil controlar todas las circunstancias. En política se entra siempre a la mitad del juego. Los que dicen traer la democracia descubren de pronto que ya existe. En El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Marx decía que “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre albedrío, bajo circunstancias elegidas por ellos”. Difícilmente se dan las “condiciones objetivas” ideales.  

La política no se hace en una burbuja ajena a su contexto. Por eso se hace a base de parches, avanza a veces a trompicones, se realizan cesiones. Es lo que ocurrió en la transición española: “ninguna de las partes se hallaba en condiciones de imponer al adversario sus planteamientos”, escribe Joaquín Estefanía en el prólogo de La transición española y la democracia, de Javier Pradera. Es lo que Vázquez Montalbán llamó “correlación de debilidades”. Tras las elecciones generales del 20D, partidos como PSOE o Podemos han situado unas líneas rojas que prometen no traspasar pero que finalmente tendrán que traspasar. Responden a sus incentivos electorales o demandas internas: el PSOE, presionado por sus líderes territoriales, se niega a realizar un pacto con Podemos en el que se incluya el derecho de autodeterminación de Cataluña; Podemos, apoyado por partidos nacionalistas, no puede ceder respecto al referéndum si quiere conservar el apoyo de casi 30 diputados nacionalistas.

El PSOE se encuentra en el peor dilema: está atrapado entre las peticiones de formar un frente constitucionalista junto al PP e incluso Ciudadanos, que lo dañaría electoralmente y regalaría votos a Podemos, y las de una militancia que prefiere un frente de izquierdas con Podemos y quizá ERC y Unidad Popular. Jorge Galindo lo analiza de manera brillante en un artículo en El País, donde compara las posibilidades de los socialistas con el zugzwang, un término de ajedrez que define “el momento en que uno de los contendientes se ve obligado a decidir entre varios movimientos sin que ninguno de ellos le resulte conveniente”. El partido está también dividido internamente y debate, en un bucle metarreferencial, sobre la posibilidad de seguir debatiendo. Muchos critican las rencillas internas cuando no hay formado ni siquiera un gobierno, otros exigen un congreso que elija a un nuevo secretario general para deshacerse de Pedro Sánchez. El momento nunca es el adecuado para nada.

No se van a dar condiciones ideales y hay un deadline. Pero no funciona exactamente como en la escritura: la presión y la fecha límite ayudan y estimulan al escritor. En este caso, habrá una evolución desde la intransigencia a la cesión que los partidos tendrán que explicar. Como dice Galindo, “los líderes que hoy se enroquen en posturas irreconciliables ganarán una batalla o minimizarán sus pérdidas. Pero tendrán que administrar mañana una decepción y una polarización que no eliminará la fragmentación. Solo estarán haciendo más largo y tortuoso el camino que ellos mismos deben recorrer.” Cuentan que cuando a Harold McMillan, ex primer ministro tory, le preguntó un periodista qué era lo que más le preocupaba de la política, respondió con una frase ya clásica: “Events, dear boy, events”. Los acontecimientos, hijo mío, los acontecimientos. Hay quien dice que realmente no fue la respuesta a un periodista, sino que se lo dijo a Kennedy. Otros piensan que se refería a política internacional. En todos los casos habla de la imposibilidad de aislar la política de la realidad en la que se desenvuelve, y de un juego ya empezado al que siempre se llega más tarde y peor de lo que se pretende. 

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