Rayuela, una señora dignísima | Letras Libres
artículo no publicado

Rayuela, una señora dignísima

Se cumplen cincuenta años de la publicación de la novela icónica de Julio Cortázar.

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“Se terminó de imprimir el día veintiocho de junio del año mil novecientos sesenta y tres en los talleres gráficos de la Compañía Impresora Argentina, S. A., calle Alsina 2049 - Buenos Aires”.

Con ese colofón se cerraba la primera edición de Rayuela. Hace justo medio siglo, los 3,000 ejemplares de aquella tirada inicial salía de los hornos de la Editorial Sudamericana. Poco después, uno de ellos sobrevoló el Atlántico y llegó a París. “¡Che, la edición quedó muy bien!”, escribió Cortázar casi de inmediato a su editor y amigo Paco Porrúa. “Nuestra rayuelita es muy digna, muy coquetona, y sobre todo en el lomo queda preciosa…”

 

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Es difícil ser original para hablar de Rayuela. ¿Qué no se ha dicho sobre ella en estos cincuenta años? El libro tardó muy poco en encontrar sus lectores: los jóvenes. Las chicas querían ser la Maga y los chicos querían encontrarla (sin buscarla, claro) en las calles de París o tendiendo puentes con tablones entre dos edificios de Buenos Aires en un día de calor abrasador. Toco tu boca, se decían, y eran los años sesenta, y se sentían temblar unos contra otros como lunas en el agua.

La publicación de Rayuela convirtió a Cortázar en una estrella literaria. Sus libros se convirtieron en best-sellers, se tradujeron a decenas de idiomas, se metieron en la vida cotidiana de millones de lectores. Y si la muerte no lo hubiera alcanzado de manera relativamente prematura (tenía 69 años cuando falleció en 1984), quizá se habría convertido en uno de esos eternos candidatos que en cada octubre no reciben el premio Nobel…

Las reacciones no fueron unánimes. Mariángeles Fernández, editora y especialista en la obra de Cortázar, cuenta que “las primeras críticas lo pusieron a caer de un burro: pero qué es esto, este loco de dónde salió, quién es ese señor que desde París nos dice cómo tenemos que hablar, cómo tenemos que pensar”.

Y el paso de los años multiplicó las críticas. Hubo voces que se alzaron contra los “capítulos prescindibles” del libro, a los que consideraron auténticamente prescindibles, otras contra las morellianas (pedantes y aburridas, según estos lectores), contra el “exhibicionismo” de la erudición sobre el jazz, lo “efectista” de sus novedades… Así, para muchos, Rayuela fue quedando confinada al mismo rincón de los anaqueles donde descansan las novelas de Herman Hesse o ciertos relatos de Jack London: libros que se deben leer durante la adolescencia o la primera juventud. “Lo que Cortázar nos dejó son sus cuentos”, se escucha repetir a quienes consideran que Rayuela fue un impacto importante en su época, pero que hoy se ve demasiado afectada por los achaques de la vejez.

 

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En una carta de 1959, Cortázar apuntaba: “La verdad, la triste y hermosa verdad, es que cada vez me gustan menos las novelas, el arte novelesco tal como se lo practica en estos tiempos. Lo que estoy escribiendo ahora será, si lo termino alguna vez, algo así como una antinovela, la tentativa de romper los moldes en que se petrifica ese género”. Hablaba, por supuesto, de Rayuela.

“¿Cómo escribir una novela —añade en la misma carta— cuando primero habría que des-escribirse, des-aprenderse, partir á neuf, desde cero, en una condición preadamita, por decirlo así? Mi problema, hoy en día, es un problema de escritura, porque las herramientas con las que he escrito mis cuentos ya no me sirven para esto que quisiera hacer antes de morirme…”

 

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Probablemente la mejor explicación de cómo las generaciones posteriores necesitaban matar al padre Cortázar la brinde Fabián Casas, en un brevísimo texto de 2007. Recuerda el momento en que, siendo un niño de 11 años, se hizo con un ejemplar de Rayuela:

“El primer verso de la novela decía: ‘¿Encontraría a la Maga?’, la puta madre. Todo era críptico, prometedor, maravilloso. Me acuerdo que pensé: si me leo este libro, si lo diseco y lo metabolizo en mi porvenir, voy a ser un genio inalcanzable. Después, pasaron las lecturas múltiples de Rayuela, después pasaron los años y el libro me empezó a parecer ingenuo, esnob e insoportable (…) Hasta que finalmente llegó el día en que negué a Cortázar tres veces…”

Mariángeles Fernández pide medir las obras en su contexto. “Si ahora leemos Cien años de soledad también nos parece hasta ingenuo a veces. Pero hay que pensar que han pasado 50 años. Si no, El asno de oro de Apuleyo también es una ingenuidad, pero la novela humana parte de ahí y se va nutriendo de todas esas cosas. Y el mundo literario no podría ser lo que es sin Cien años de soledad y sin Rayuela, desde luego”.

 

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¿Logró Cortázar su objetivo? Está claro que Rayuela no surge desde cero ni desde una condición pre-adamita, como anhelaba su autor. Pero Cortázar sí resolvió aquel problema de escritura del que hablaba, porque las herramientas que usó son muy distintas de las que había usado hasta entonces para sus cuentos. La mezcla de recursos, de géneros, de idiomas, el lenguaje poético y los juegos de palabras, el propio “Tablero de dirección” movieron las estructuras e hicieron ver que se podía escribir de otra forma.

Si Rayuela es una antinovela o si rompió los moldes del género, es una afirmación más difícil de sostener. Todas las generaciones de escritores creen percibir que la novela se muere; muchos de ellos ambicionan ser su verdugo. Lo innegable es que, como dice Fernández, sin esta obra el mundo literario no sería lo que es. Borges anotó que la labor de cada escritor modifica nuestras concepciones del pasado y del futuro. Con Rayuela, Cortázar lo logró, indudablemente.

Vivimos tiempos veloces. Los productos se ponen de moda y gozan de sus quince minutos de fama para enseguida volverse old fashion, y luego ridículos, kitsch. Hasta que alguien los encuentra por ahí y los llama alternativos, y los vuelve a poner de moda. La rueda no para de girar. “Quiero que vuelva —dice Casas sobre Cortázar en el final de su texto—. Que volvamos a tener escritores como él: certeros, comprometidos, hermosos, siempre jóvenes, cultos, generosos, bocones”.

Y como todo vuelve, también lo hacen ahora Cortázar y Rayuela, aprovechando el aniversario redondo desde aquella primera edición. Como dice Mariángeles Fernández: “Todos envejecemos, afortunadamente, porque hemos vivido. Y Rayuela es una señora dignísima, guapísima, que tiene 50 años y a la que todavía le queda mucho para dar”.