Ravi Shankar: la materia de la música es el espíritu | Letras Libres
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Ravi Shankar: la materia de la música es el espíritu

El músico indio y virtuoso del sitar Pandit Ravi Shankar, nacido en la ciudad santa de Benarés, a orillas del Ganges, en el remoto año colonial de 1920, moría casi un siglo después, con 92 años, frente al océano Pacífico, en la cosmopolita y pagana población de San Diego (California) a finales de 2012. La contribución que hizo a la divulgación de la música y la tradición de su país, que llevó al encuentro de la cultura de Occidente, con más de 100 grabaciones, no admite parangón. Su espíritu abierto, actividad incesante y enorme talento atravesaron todo el siglo XX cambiando, decisivamente, el curso de la historia de la música popular. Shankar acortó su nombre de pila de Robindro a Ravi, que en sánscrito e hindi quiere decir sol. Le escuchamos:   

Nuestra tradición nos enseña que el sonido es Dios, “Nada Brahma”. Eso significa que el sonido y la experiencia musical no son sino pasos para la realización del Ser. Consideramos la música como una clase de disciplina espiritual que eleva la esencia interior hacia la paz divina y el éxtasis, “Ananda”. Aprendemos que una de las metas fundamentales a las que aspira un hindú en su vida es conocer el verdadero significado del universo, su esencia eterna e inmutable, y esto se consigue primeramente a través del conocimiento completo del propio ser y de la naturaleza. El propósito más elevado de la música en la India es desvelar la esencia del universo que ella refleja. En este aspecto, el “Raga” resulta uno de los medios por los cuales dicha esencia puede ser aprehendida. Así, a través de la música, uno puede llegar a Dios.

Nacido en una familia religiosa, su precocidad musical propició que se incorporase, con apenas diez años, a la troupe de su hermano Uday Shankar, mítico bailarín que hizo con la danza y la escenografía teatral indias algo similar a lo que haría él muchos años después, llevando por toda Europa un espectáculo que logró que todas las miradas se volviesen hacia la India. Uday actuó incluso en la Unión Soviética revolucionaria, a mediados los años veinte, con la no menos mítica Anna Pavlova. Y no fue sino una década después, en los años treinta, cuando Ravi Shankar lo acompañó en las giras, como bailarín e instrumentista, familiarizándose muy pronto con la cultura occidental. La primera grabación de Ravi Shankar, con esta formación, data de 1937 y está incluida en un disco antológico (en sentido real y figurado), Flowers from India(2007), absolutamente recomendable. El solista de la agrupación era Baba Allauddin Khan, multinstrumentista y gran maestro de la música clásica india, quien se convertiría en el maestro y gurú de Ravi Shankar. En 1938, Allaudin Khan volvió a Maihar con su discípulo y le sumergió en el severo aprendizaje del sitar, que concluyó en 1944. Entonces Shankar se mudó a Bombay, donde comenzó a componer música para ballet, compañías de teatro, orquestas de música, radio y bandas sonoras para la incipiente industria de Bollywood, entre ellas las de la clásica Trilogía de Apude Satyajit Ray. En 1956 se embarcó en una gira mundial por Europa y EE.UU. que  coronó en Londres, con la grabación de su primer disco de proyección internacional: “Three Ragas” . Quizá el punto culminante de esta época fueron las extraordinarias sesiones con el violinista Yehudi Menuhin, recogidas en tres discos con el significativo título de East meets West, el primero de los cuales obtuvo, en 1967, el premio Grammy a la mejor obra de cámara. Fue un encuentro fascinante al que Shankar aportó su original aproximación a la música clásica india, abierta a otras influencias (por ejemplo a la música carnática del sur, muy diferente de la tradición indostaní del norte) y que, por ello, nunca fue del gusto de ortodoxos, puristas y demás pedantes culturales. De cualquier manera, estas piezas infinitas de ragas (unas bases melódicas repetitivas que crean distintas atmósferas emocionales) sobre las que se superponen larguísimas improvisaciones de una sonoridad envolvente y texturas sin fin invitan a girar entrópicamente hasta el corazón de la música, en un progresivo estado de trance. Y ello llamó la atención de muchos jóvenes músicos norteamericanos, que partían de ideas totalmente opuestas, con canciones de pocos minutos de duración y un desarrollo que las llevaba directamente hacia el desenlace, como si la experiencia musical fuese un paréntesis momentáneo en la sorda realidad cotidiana, que apenas arañase la superficie del sonido. La contaminación india de la música popular occidental comenzó con la fascinación de David Crosby y The Byrds por Shankar, cuyo sonido traspuesto a la guitarra asoma en la canción “Why”. Grupos más psicodélicos como The Doors también se sintieron atraídos por la idea de llegar a una experiencia total a través de la música. Al comienzo de “The end” te sorprenden los acordes y escalas indias del guitarrista Robbie Krieger, quien por aquella época tomaba clases de sarod y sitar en la Kinnara Music School, que fundó Shankar en Los Ángeles en 1967. Mención aparte merece la relación e influencia que tuvo como gurú y maestro de George Harrison y, por contagio, de The Beatles, quienes ya en Rubber soul(1965) y en Revolver(1966) incluyeron canciones tan sugerentes y novedosas como “Norwegian wood”, “Tomorrow never knows” y “Love you to”. El aroma oriental impregnó también el emblemático Sgt. Pepper’s lonely hearts club bandcon “Within you without you.” La discografía posterior de George Harrison –All things must pass (“My sweet lord”) y Living in the material world– confirma la profunda impronta musical y espiritual de Shankar. Y esta conexión fue mucho más allá de unos pocos artistas hasta alcanzar a la sociedad misma: los principios de paz, espiritualismo y goce de vivir del movimiento hippie sintonizaban con el hinduismo y, de manera casi involuntaria, Ravi Shankar se vio inmerso durante unos años en la vorágine del rock, como una megaestrella más, actuando en los Festivales de Monterrey (1967) y Woodstock (1969), etapa que cerraría con el concierto de Bangladesh (cuyo disco le deparó, en 1971, el segundo Grammy de su carrera). A partir de entonces se distanció del polimórfico y excesivo mundo del rock y de sus infinitos círculos viciosos. Por otro lado,desde finales de los 50, también uno de los gigantes del jazz, el saxofonista John Coltrane, se había fijado en la estela del músico indio, pero su prematura muerte en 1967 impidió que grabaran juntos. Los caminos paralelos en busca de la espiritualidad del creador de “A love supreme” y de Ravi Shankar nunca se cruzaron en un estudio, pero la honda impresión que le causó su relación con el pandit explica por qué su hijo, también saxofonista, se llama Ravi Coltrane. Algunas grabaciones de John Coltrane apuntan en aquella dirección: la canción “India” en el disco “Impressions” (1963) y el disco “Om” (1965), una suite de casi 30 minutos  con cantos extraídos del Bhagavad Gita y cuyo título es un mantra  de la tradición hinduista con un significado nebuloso en torno a la plenitud de Dios.

En su última época Ravi Shankar colaboró con músicos orquestales clásicos, André Previn y Zubih Meta, o contemporáneos, Philip Glass, con quien grabó el interesantísimo Passages(1990). Unos años antes había vuelto a componer una banda sonora, la de Gandhi(1982), nominada para los Óscares de Hollywood, y derrotada finalmente por la música extraterrestre de John Williams para ET.

Su talento se ha perpetuado a través de sus hijos, el malogrado Shubhendra Shankar, la cantante Norah Jones y la compositora e intérprete del sitar Anoushka Shankar. Precisamente esta última acompañó a su padre en el memorable concierto que dio origen a su último gran disco y tercer premio Grammy: Full circle: Carnegie Hall 2000. El  círculo completo o la música entendida como una experiencia total para alcanzar la armonía y la perfección espiritual. Pero no siempre es así o, al menos, no para todos. En su libro Chasin’ the trane: The music and mystique of John Coltrane, J. C. Thomas reproduce el comentario de Shankar tras un concierto de Coltrane: “La música fue fantástica. Me impresionó mucho, pero algo me angustiaba. Había turbulencia en su música, y eso a veces me producía sensaciones negativas, pero no llegué a adivinar de qué se trataba. Ahí teníamos una persona creativa que se había hecho vegetariana, que estudiaba yoga, leía el Bhagavad-Gita y, sin embargo, en su música yo percibía todavía mucho desasosiego interior.” Definitivamente, aunque el Este y el Oeste se encuentren, resulta ilusorio pensar que la filosofía hinduista pueda iluminar totalmente a  los desorientados espíritus solitarios  que deambulan las inhóspitas megápolis del siglo XXI, el territorio de las sombras. ~