Ramón, Julio... y yo | Letras Libres
artículo no publicado

Ramón, Julio... y yo

En el número 8 de Vuelta (julio de 1977) yo había publicado un artículo, “El ‘caso’ de Ramón Gómez de la Serna”, en el que, a partir de unas líneas de José Emilio Pacheco sobre Ramón, “padre de la vanguardia en lengua española a quien no redescubriremos hasta que París y Nueva York le den su bendición”, me refería a escritores que lo habían tenido por precursor o por una primera influencia, y acerca de Cortázar me preguntaba por qué, siendo él tan generoso en reconocer influencias y precursores, nunca en ningún libro suyo mencionaba al autor de Greguerías, de Senos, de El hombre perdido, de Automoribundia y más de cien obras de escritura libre y lúdica, cuando, coincidiendo los dos por muchos años en Buenos Aires, allí estaba Ramón desde 1936 hasta su muerte escribiendo del mediodía al alba en el sexto piso de Yrigoyen nº 1974. Y para dar ejemplos de los muy posibles vasos comunicantes entre el autor español y el autor argentino propuse como adivinanzas la confrontación de dos y dos párrafos de ellos para distinguir cuáles eran de uno y cuáles del otro.

Aquí van otra vez esos párrafos para que el lector de hoy juegue a “adivinar” las respectivas autorías:

1) “Todo lo que sigue participa lo más posible [...] de esa respiración de la esponja en la que continuamente entran y salen peces de recuerdo, alianzas fulminantes de tiempos y estados y materias que la seriedad, esa señora demasiado escuchada, consideraría inconciliables.”

2) “Un punto de vista unilateral no nos convence y entonces nos adaptamos a lo que se podría llamar el punto de vista de la esponja [que] es la visión rara varia, neutralizada, sin predilecciones, multiplicada, [...] de la esponja hundida en lo subconciente y que avizora desde su submarinidad [...].”

3) “Desde luego inevitable metáfora, anguila o estrella, desde luego perchas de la imagen, desde luego ficción, ergo tranquilidad en bibliotecas y butacas. [...] Que lo dicho sea la lenta curva de las máquinas de marmol o la cinta negra hirviente nocturna al asalto de los estuarios, y que no sea por solamente dicho, que eso que fluye o converge o busca sea lo que es y no lo que se dice [...].”

4) “Hay que meter en lo que sea, novela o cuento, toda la complicidad de mundo y que cada cual alcance en este lanzarse al misterio el secreto que pueda, la interpretación de los ascensores y de las butacas en que se comienzan a ver en el atardecer butacas tapizadas en raso, en cretona, en terciopelo, como tentaciones de destinos que no podrá tener el transeúnte de la hora divorciadora de butacas para salones nuevos, para interiores de resabiado gusto.”

Y a continuación dí las respuestas: 1) y 3) son párrafos de Cortázar y 2) y 4) son párrafos de Gomez de la Serna.

Pese a que en mi artículo decía que desde los años treinta a los años sesenta Ramón fue escritor tan leído y tan admirado e influyente que en España y en Hispanoamérica el “ramonismo” flotaba en el aire de la epoca, pese a que advertía que la generosidad con que Cortázar admitía admiraciones e influencias impedía sospechar de él plagios u olvidos voluntarios, no faltaron quienes que me dijeran que me había metido a las patadas con Sansón y que, si acaso Cortázar me respondía, iba a hacerme polvo.

Pero, cordial y todo un señor, Cortázar me respondió en varios periódicos del ámbito hispanoamericano con un artículo del cual, atendiendo a derechos de autor, sólo cito unos parrafos:

“La memoria es loca, lo tengo muy estudiado; a veces es también idiota, pero la locura por suerte puede más y en todo caso provoca conductas desordenadamente extravagantes del pensamiento y sus productos escritos. José de la Colina demuestra que en los míos falta una lógica, esperable y elemental referencia a Ramón Gómez de la Serna. [...] La relojería de la memoria no me trajo jamás el nombre de Ramón mientras escribía Rayuela y mientras tantas sombras queridas iban y venían por La vuelta al día en ochenta mundos y por Último Round; tal vez lo más penoso frente al reproche que ahora se me hace es la certidumbre interna pero indemostrable de que sí, de que Ramón estaba y está ahí, por la sencilla razón de que no podía y no puede no estar; por amor, por admiración, por enseñanza, Ramón estaba y está.

“Cuando José de la Colina cita pasajes de Ramón y míos en los que ambos nos adaptamos (cito a Ramón) ‘al punto de vista de la esponja… la visión varia, neutralizada, sin predilecciones, multiplicada’, no sabe hasta qué punto me hace feliz. [...] Cuando Ramón llegó a Buenos Aires yo conocía una parte de su obra y de su leyenda, los amigos nos tirábamos greguerías a la cara en los cafés y en los vagabundeos nocturnos. Oh, Ramón, qué alegría descubrir que los dos éramos pescadores de esponjas, que bajamos juntos a buscarlas y a ser como ellas en nuestra vivencia de las cosas y su paso a la escritura. Por supuesto no me acuerdo de tu texto espongiario, pero es bien posible que lo haya leído allá en los años cuarenta y que un día haya puesto la mano sobre esa esponja que tú, mejor buzo que yo, habrías entrevisto primero entre las rocas del fondo.

“[...] Seguimos respirando el aire de Ramón, su lección inigualada de libertad y de imaginación, su búsqueda de diagonales cuadriculadas en las vías demasiado cuadriculadas de la realidad aparente. Yo le debo a Ramón conocimientos y líneas de fuga [...] Cuando se ha vivido en la intimidad de un agitador semejante, nada de lo que se escriba podrá situarse al margen de esa gran ventana sobre la libertad mental.” [Julio Cortázar, “Los pescadores de esponjas”. Puede leerse el texto completo en Julio Cortázar, Obra Crítica. Volumen VI de las Obras Completas. Galaxia Gutemberg, Círculo de Lectores, Barcelona, 2006.]

(Publicado previamente en el periódico Milenio)