Ramírez: el placer de pincelear | Letras Libres
artículo no publicado

Ramírez: el placer de pincelear

Llega, me imagino que llega, un momento en que el pintor, después de haberse dedicado a poner sobre el lienzo o la tabla o el muro cualquier imagen o escena o momento del mundo visible, decide darnos a ver alguna variante de su modelo interior (André Breton dixit), algo de ese magma de colores y formas que laten con la esperanza de dejar el espacio abstracto de la mente para pasar a la concreción pictórica, y entonces el pintor, en este caso Gabriel Ramírez, empieza a pintar algo que no es identificable como copia de algún ser o alguna cosa que forme parte de la abigarrada belleza ya presente en el mundo, sino como eso que desde su interior estaba intentando ser nada más ni nada menos que pintura y ofrecer otra clase de belleza. “La pintura es cosa mental”, dijo Da Vinci mientras quizá estaba algo aburrido de retratar el rostro más sonriente que hermoso de la Gioconda (que, la pérfida, tal vez sonreía burlándose de él), pero me parece que el león Leonardo debió añadir: La pintura no es cosa abstracta, es cosa siempre muy concreta, pues es visible y tangible, se hace con materiales como la tela, el óleo, el pincel, la espátula y la acción fisica del pintor. (Y hasta Jackson Pollock lo habría aplaudido.)

Así que ahora Gabriel Ramírez, ¿temporalmente?, se ha puesto a hacer nada más pero nada menos que pintura, que su música interior de formas y colores que quiere darnos a ver, y la suya es la manifestación de alegría tan recónditamente íntima como gustosamente obscena del artista que, allá en su Mérida de blancos y azules (y de los sabrosos papadzules) pinta desde la hamaca en que se balancea, y en el momento en que su mano con pincel se acerca al cuadro pone una pincelada y otra y otra, y así sigue infinitamente pinceleando, tan sólo por el puro placer de pintar.

*Exposición de obra reciente de Gabriel Ramírez en Galería Pecanins, Durango 186, México D.F. (Desde el sábado 7 de marzo, a las 12:30 hs.)