Rajoy o la inacción robusta | Letras Libres
artículo no publicado

Rajoy o la inacción robusta

Desde 2011, el armario del presidente Rajoy ha ido llenándose de cadáveres políticos, y el Partido Popular ha sido una balsa de aceite, a pesar de la recesión y el alto desempleo.

“Hay muchas maneras de moverse y nadie ha dicho que estar quieto no sea una de ellas.” Podía haberlo escrito Albert Einstein en su Teoría de la Relatividad General de 1915. Pero, no, lo dijo Mariano Rajoy, presidente del gobierno de España, un siglo después.

A Rajoy no le gusta llegar pronto a las ideas, prefiere caminar sobre seguro. Cien años tarde está bien. De él han dicho que es tonto, que es un inútil, que es un haragán. “Rajoy rajado”, lo llamó Maduro, en un alarde de fina aliteración bolivariana. Rajoy es un Mister Chance, aseguran otros, un bobo al que la suerte ha catapultado a lo más alto del poder. The dull candidate, lo definió The Economist.

Solo hay una persona que, habiendo despertado tantas dudas sobre sus facultades intelectuales, haya tenido más poder en nuestro país. Franco. En su biografía sobre el dictador, Paul Preston lo describe como un hombre de una “mediocridad personal asombrosa”. Y, sin embargo, gobernó los designios de los españoles durante cuarenta años. Cuarenta largos años.

Huelga decir que Rajoy no es Franco. Y no solo porque su mandato esté constreñido por las obligaciones democráticas. A nuestro presidente le falta vocación de autócrata, pero también es cierto que ambos comparten ciertas maneras en su aproximación a la política. Xavier Márquez, en un estupendo artículo, hacía la siguiente descripción: se trata de “un gobernante que constantemente demora decisiones importantes, que actúa de forma reactiva y no proactiva, y rara vez es claro o incluso coherente acerca de sus compromisos, para desesperación de aliados y enemigos por igual”. ¿De quién hablaba? De Franco, pero apliquen el predicado a Rajoy y la cita seguirá funcionando.

Para Márquez, Franco constituye un buen ejemplo de lo que se ha dado en llamar la “acción robusta”, concepto originalmente utilizado por Padgett y Ansell en un artículo donde analizan el poder de Cosme de Medici en Florencia. Se trata de una forma de hacer política que se apoya en acciones o respuestas que no pueden ser prevenidas o evitadas por ningún oponente, fundamentalmente porque nadie conoce ni las preferencias ni las restricciones del gobernante.

Cosme de Medici, Francisco Franco y, quizá también, Mariano Rajoy.

Contaba José María Pemán que un amigo le presentó a Franco como“el hombre que mejor habla de toda España”. Después, el escritor concluiría: “Tengo la sospecha de haber conocido al hombre que mejor calla de toda España”. Algo parecido sucede con Rajoy. Llegó a lo más alto del Partido Popular sin demasiados apoyos. Aznar le había pedido a Rodrigo Rato que fuera él quien recogiera el testigo de su liderazgo en Génova, pero Rato se negó hasta en dos ocasiones. Como Aznar no es hombre de paciencia, no esperó a que lo hiciera una tercera: “Mariano, te ha tocado”, y resolvió la cuestión sucesoria.

Los populares achacaron su inesperada derrota en las elecciones de 2004 a los atentados que Al-Qaeda había perpetrado en Madrid solo tres días antes de las elecciones. En cuanto gobernaran los socialistas, se decían, los españoles se darían cuenta del inmenso error que habían cometido al hacer presidente a José Luis Rodríguez Zapatero, y en cuatro años estarían de vuelta en el palacio de La Moncloa. Pero el PSOE volvió a ganar en 2008 con una mayoría holgada, y Rajoy comenzó a ser duramente cuestionado por los suyos. Llegó al congreso de Valencia de aquel año en la más absoluta soledad, padeció el ninguneo de la vieja guardia, sufrió el desplante de Aznar y vio cómo Esperanza Aguirre le disputaba el puesto hasta el último segundo. Y, a pesar de todo ello, logró aliarse con el PP valenciano para salir victorioso de un congreso que significaría el fin del aznarismo.

Poco después estallaría la crisis económica, y con ella, llegaría la aplastante victoria de Rajoy en las elecciones de 2011. Desde entonces, el armario del presidente ha ido llenándose de cadáveres políticos, y el Partido Popular ha sido una balsa de aceite, a pesar de la recesión y el alto desempleo. Cuando Aguirre amagó con competir su puesto, Rajoy dejó que se llenara de balón. Fue en las últimas elecciones municipales. Y Aguirre remató al segundo anfiteatro. Antes, Rajoy había mutilado las ambiciones de Ruiz Gallardón consignándole un ministerio donde no pudiera lucir: el de Justicia. Como Gallardón no renuncia a lucir nunca, el presidente lo desautorizó hasta hacerle renunciar al cargo.

Rajoy ha sabido dirigir como nadie la vanidad de sus rivales contra ellos mismos. Lo consiguió también con Artur Mas. Cuando todo el mundo, a izquierda y derecha, reclamaba medidas para mitigar la crisis secesionista en Cataluña, Rajoy volvió a quedarse quieto para no dejar de moverse. Cedió la iniciativa a los nacionalistas, que, a estas alturas, todavía no han resuelto cómo formarán gobierno.

A las elecciones del 20 de diciembre, Rajoy llega con apoyos menguados, pero liderando las encuestas. Dice Xavier Márquez que una pieza importante en la estrategia de Franco consistía en actuar por medio de intermediarios, de forma que él pudiera rehuir la responsabilidad. Al debate con Rivera, Sánchez e Iglesias, Rajoy envió a la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría en su nombre. Visto el resultado, no podemos asegurar si lo hizo para salvar los muebles o para poner de relieve que no hay alternativa a su liderazgo. Y en ese simple hecho de que no podamos adivinar su intención reside la fortaleza de Rajoy. Es su acción robusta. Y volverá a ganar. La única incertidumbre es si también gobernará. Franco no tenía estos problemas.

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