Ráfagas | Letras Libres
artículo no publicado

Ráfagas

Azulean las horas detrás de la ventana,

hay un estruendo sordo de coches que destellan

al doblar las esquinas, bajo la lluvia unánime,

pasan capuchas y paraguas, luces agudas,

y en todas partes

(en cada quicio de tu cuerpo,

en cada surco)

se hace de noche lenta,

áspera,

penosamente. El tiempo de los verbos luminosos

se apaga como un fruto deshuesado

y las puertas se medio abren,

medio cierran

en una penumbra dubitativa.

Caminas por la casa con hambre de más hambre

pero todo conspira para contradecirte:

ángulos que se comban, goznes de niebla,

la cuadrícula fiel de las estanterías

y su partida siempre en tablas.

¿En qué instante del día desaparece el día?

Lejos del mediodía y su ojo sin pestañas,

miras oscurecerse las horas, el asfalto,

tu frente que construye

agrias fosforescencias de palabras

y dejas que la lentitud sea tuya, te amanse,

te remanse.

Si vinieras acá, si fueras más adentro,

oirías otra música,

no de calle,

no de lluvia insistente,

no de vivos colores

bajo la piel del agua:

una música inscrita en la red de la sangre,

en la trama de espejos de la sangre.

¿En qué momento de la noche se abre la noche?

Tibiezas corporales, instantes plegados,

replegados,

distancias que se anudan en el lecho expectante.

Un mundo se derrumba y otro yergue sus tallos

en el tibio lugar de la vigilia, junto a las ventanas

que ilumina, con su aliento benéfico,

el destello de sodio de las farolas. ~


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