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Radiaciones de Irán. Israel en el remolino nuclear


Las ironías y las paradojas presiden la secuencia de los hechos con no menor fuerza que la severa racionalidad. Los deslindes convencionales en torno a lo objetivo y a lo subjetivo en la historia –y en general, en las percepciones humanas– suelen subestimar este fenómeno. Y para sugerirlo no hace falta ir en busca de ninguna sentencia posmodernista.

Ocurre a menudo que los protagonistas del teatro histórico se desvían del libreto –anunciado y previsto– balbuceando giros que propinan sorpresas para ellos y para sus espectadores. El apunte genérico gana particular relieve en el contrapunto nuclear del Medio Oriente, con marcado acento en Irán e Israel –contrapunto que, a mi juicio, puede traer resultados difíciles, cuando no trágicos, para todas las partes. Revisemos el asunto con el detenimiento que permiten las fuentes de información disponibles.


La capacidad nuclear israelí: hazaña y pesadilla

Debido a la estricta censura que el gobierno israelí instrumenta en relación con la índole del reactor atómico que se encuentra en Dimona, aldea localizada en la entrada de las zonas áridas del Neguev, se ignoran muchos aspectos referentes a su capacidad de producción de artefactos militares no convencionales. Sin embargo, los datos disponibles en la bibliografía y las fuentes noticiosas extranjeras ayudan a sortear parcialmente esta dificultad.

Los primeros pasos de Israel en esta materia se verificaron en el curso de los años cincuenta bajo el resuelto liderazgo de una “troika”: David Ben Gurión, entonces primer ministro y líder incontestable de Israel; su fiel ayudante Simón Peres, que compensaba su absoluta inexperiencia en el campo de batalla con un agudo sentido estratégico y con una excepcional combinación de astucia y visión de los asuntos internacionales, y Ernst David Bergman, un científico de talento que presidía en aquel momento la Comisión de Energía Nuclear del país. Estos tres personajes compartían la firme convicción de que la viabilidad y la subsistencia de Israel en el plazo largo no podían depender de ningún factor externo; en esta perspectiva, la conducta indiferente de los Aliados –y en particular de británicos y estadounidenses– en los sombríos años de la Shoah que desgajó por lo menos a un tercio –el más creativo y promisorio– del pueblo judío significaba lecciones trágicas e inolvidables. Juzgaban, por añadidura, que la superioridad demográfica árabe y musulmana a la par que el progreso de los países vecinos acentuarían la inclinación a desmantelar una entidad política que consideraban un brazo disolvente e intrusivo del imperialismo occidental y cristiano. Los tres líderes concluyeron que Israel debía gestar una capacidad militar poderosa, capaz de desalentar cualquier ataque concertado de los países árabes y del universo musulmán –capacidad que implicaba, después de Hiroshima y Nagasaki y de la formación de una excluyente minoría de países con potencial atómico, el desarrollo de recursos militares no convencionales, con o sin la anuencia de terceros.

Una coyuntura favoreció esta convicción. En los cincuenta, Francia estaba gobernada por un gobierno socialista inclinado a ingresar al “club” exclusivo de los países con capacidad nuclear a pesar de las firmes objeciones estadounidenses. En estas circunstancias, Pierre Mendès France y Simón Peres convinieron en París, con absoluto secreto, en que Francia suministraría a Israel la tecnología necesaria para construir un reactor de modesto alcance en tanto que Jerusalén pondría a disposición de los franceses el conocimiento teórico en física nuclear que les faltaba. El convenio benefició sensiblemente a los dos países. Pero, en tanto que París anunció públicamente en los sesenta el alcance de una efectiva opción nuclear, Israel se inclinó por una “estrategia opaca” en relación con este tema. Es decir, se abstuvo de dar cualquier noticia en torno a la existencia y las medidas de su potencial, para vedar, en consecuencia, cualquier inspección internacional de las instalaciones en Dimona.

Esta estrategia se mantiene escrupulosamente hasta hoy, y se antoja en algún grado verosímil, pues Israel jamás ha realizado un experimento nuclear. Sin embargo, sobran las especulaciones sobre la cantidad y la naturaleza de las bombas que se encuentran a su disposición, o que pueden estar en operación en un periodo sumamente breve (se estima que en menos de una semana). Si éste es el caso, cabe especular que los israelíes han encontrado alguna manera de compensar la ausencia de ensayos a través del uso de computadoras de prodigiosa velocidad que simulan escenarios virtuales.

Para un país de las escasas dimensiones y recursos como era Israel en 1948 (apenas veinte mil kilómetros cuadrados, enormes problemas para absorber a un millón de inmigrantes que llegaban empobrecidos y traumatizados desde los países árabes y de los campos europeos de concentración), la ambición de obtener capacidad nuclear se perfilaba como una fantasía inalcanzable. Sin embargo, Israel puso bases sólidas para este propósito, sorteando astutamente a los servicios de inteligencia de Estados Unidos y la Unión Soviética –ni siquiera los franceses supieron jamás cuánto avanzaron los israelíes después de facilitarles una modesta infraestructura tecnológica. En Dimona se habría levantado una “fábrica textil”, Israel explicó a Washington y a la prensa internacional. Sólo a principios de los sesenta, ciertos vuelos de reconocimiento descubrieron el engaño. De inmediato el presidente Kennedy exigió explicaciones y la inspección inmediata del reactor. Para eludir los aprietos, el primer ministro Ben Gurión prefirió renunciar y legarle a Levi Eshkol el duro papel de resistir las presiones estadounidenses. En el ínterin, Kennedy fue asesinado y su sucesor se vio de inmediato entrampado en la Guerra de Vietnam. En esta coyuntura, las presiones de Washington se diluyeron.

Cabe subrayar tres enigmas que hasta la fecha sólo admiten explicaciones parciales. El primero: ¿cómo se gestó la capacidad científica israelí en este campo? El segundo: ¿cómo se financió este proyecto? Y al fin: ¿cómo explicar el silencio de las potencias respecto de la aptitud atómica israelí cuando en otros casos (Pakistán, la India, China, Ucrania, Corea del Norte, e Irán) no han dudado en oponerse a la concreción de esta capacidad? Son enigmas que suscitan especulaciones, algunas solventes y otras gratuitas.

Cuando la comunidad de físicos nucleares europeos se dispersó debido a la persecución nazi, la gran mayoría (Einstein, Szilard, Oppenheimer, Teller, Fermi) encontraron cobijo en Estados Unidos; otros se trasladaron a Moscú, por convicción o con engaños (Kapitza, Landau), y algunos más llegaron a Israel, como Giulio Racaj, distinguido alumno de Fermi. Bajo el liderazgo de este investigador (fue también rector de la Universidad Hebrea de Jerusalén) empezaron a formarse las primeras generaciones de físicos nucleares israelíes. Algunos de ellos se perfeccionaron en Estados Unidos, Inglaterra y Suiza, y lo que no aprendieron directamente a través de sus mentores quedó compensado por los servicios israelíes de inteligencia. En los cincuenta ya existía un núcleo capaz de descifrar los pormenores teóricos de la nueva y fantástica fuente de energía, incluyendo sus aplicaciones militares. Y, como adelanté, esta capacidad se alió a la tecnología francesa con beneficios para ambas partes. Cabe agregar que no pocos científicos israelíes fueron víctimas de sus investigaciones; algunos de ellos fallecieron prematuramente de cáncer debido a radiaciones incontroladas. Se puede suponer, por añadidura, que la filiación judía de no pocos físicos nucleares, preocupados por la existencia de Israel después de la Shoah, favoreció la recepción de datos indispensables en esta materia.

El financiamiento del reactor involucra otro enigma indescifrado hasta la fecha. Sin duda, el dinero no provino del presupuesto gubernamental corriente, para mantener el estricto secreto y porque el gasto en el proyecto superaba las posibilidades ordinarias del país. Contrariando las leyes, el trío Ben Gurión-Peres-Bergman se abstuvo de informar oficialmente al gabinete sobre el lanzamiento de esta iniciativa y sus proyecciones. De aquí la interrogante: ¿de dónde provenían los recursos? Una hipótesis apunta a las compensaciones que instancias israelíes empezaron a recibir del gobierno alemán presidido por Konrad Adenauer. Es probable que considerables montos de estas indemnizaciones por la matanza industrializada nazi fueran canalizados al proyecto, sin rendir cuentas al gabinete ni al Parlamento. Una explicación complementaria apunta a hombres de gran fortuna de origen judío que habrían estado dispuestos a facilitar apoyos al joven Estado sin hacer preguntas, con ciega confianza en la figura de Ben Gurión y de Peres. Ciertos indicios de lo que se sugiere: los obituarios en la prensa israelí a veces mencionan, con ánimo sibilino, que tal o cual “ayudó considerablemente a la seguridad de Israel”, y no se agrega pormenor alguno.

Hasta aquí puntualicé las razones y el trayecto de esta ambición que, al materializarse, constituyó una hazaña sin precedentes. Sin embargo, en el curso del tiempo el reactor puede convertirse en una pesadilla. En primer lugar, por su edad. Se juzga que la expectativa de vida útil de los reactores es de alrededor de dos décadas; constantes mejoras –particularmente en el grosor de las paredes, en el control de las radiaciones, y en el depósito cuidadoso de sus deshechos– pueden prolongar su vigencia un lustro más. Las instalaciones israelíes han superado ampliamente este lapso, circunstancia que ha impelido al personal empleado en el reactor a llevar a cabo variadas manifestaciones públicas movidas por la aparición repetida de casos de cáncer. La población vecina a la planta también suele vocear protestas. Sin embargo, técnicos y ciudadanos se conducen con cuidadosa discreción: el tema es tabú, forma parte de los variados secretos militares que el ciudadano israelí medio aprende a silenciar desde la temprana juventud. Ciertamente, Israel no podrá eludir a la larga los problemas que un reactor envejecido suscita. Pero cabe suponer que ya cuenta con opciones.

Queda un hecho enigmático más: la supuesta capacidad nuclear israelí y la doctrina “opaca” que la respalda no han suscitado reclamaciones en la comunidad internacional, excepto Egipto a últimas fechas. Esta convergencia en el silencio por parte de naciones disímiles (Estados Unidos, Alemania, China, Francia, Rusia) que han asumido posturas críticas si no hostiles respecto de Israel en otros asuntos, desconcierta justificadamente a cualquier observador. Conjeturo que la gravitación de la Shoah y la responsabilidad –indirecta al menos– que algunos de estos países han asumido acerca de este terrible suceso explicarían esta actitud mesurada –mesura, ciertamente, que no repercute en los medios internacionales de información alimentados confidencialmente por los gobiernos de estos países.


La lección inolvidable de Nasser

Merced a archivos israelíes recientemente abiertos a los investigadores, se sabe hoy que, en los meses de mayo y junio de 1966 que precedieron a la guerra entre Israel, de una parte, y Egipto, Siria y Jordania, de la otra, el presidente Nasser proyectó la destrucción del reactor nuclear israelí a través de un fulminante ataque aéreo. Para concretar esta intención, Nasser ordenó vuelos de reconocimiento sobre las instalaciones de Dimona a fin de reunir datos que ni Estados Unidos ni la Unión Soviética se inclinaban a suministrarle. La alarma cundió en el gobierno encabezado por el primer ministro Levi Eshkol y en el alto mando militar. El reactor simbolizaba ya entonces el resorte más importante de la seguridad estratégica israelí. No sólo ante los países árabes vecinos: también en relación con la Unión Soviética, que en 1957 había amenazado a Israel con un ataque táctico nuclear si no se replegaba de la península del Sinaí, y en los sesenta apoyaba abiertamente a Damasco y El Cairo.

Esta amenaza constituyó probablemente una de las razones para desatar el ataque preventivo de Israel contra la fuerza aérea egipcia en un contexto en el que las decisiones de Nasser –vedar el tránsito marítimo vital de Israel a Irán, entonces principal proveedor de petróleo; expulsar a las fuerzas de la URSS del Sinaí, y concertar un mando militar unificado con Siria y Jordania– crearon en la sociedad israelita una intolerable sensación de cerco mortal.

El cálculo de Nasser era tan astuto como correcto. La destrucción de la planta conllevaba varias ventajas: neutralizar el adelanto relativo de Israel en materia nuclear, afianzar en el mundo árabe el liderazgo egipcio, y obtener con esta acción el apoyo de la URSS e incluso de Estados Unidos, países irritados por la negativa del gobierno israelí a permitir la inspección internacional de la planta nuclear. Sólo Israel podía objetar esta intención egipcia. La secuencia es conocida: Nasser subestimó la capacidad de respuesta de Israel y la guerra estalló, si bien ni este país ni Egipto imaginaron jamás una victoria tan contundente que, en la perspectiva de estos días, se ha convertido en la tragedia de la sociedad y de la cultura israelíes.

Como dije al principio, la historia atesora –por su naturaleza dialéctica– ironías y desplantes imprevisibles que suelen entusiasmar y también desconcertar al narrador. Algunos años más tarde, Israel llevará a cabo una acción similar a la imaginada por Nasser en contra de Iraq, para destruir en 1981 la plataforma de sus instalaciones nucleares. Y ningún factor internacional o regional se inclinó entonces a vocear una cáustica censura. Ciertamente, Israel tomó entonces precauciones, como la de desmantelar la planta iraquí un día domingo, cuando el número de trabajadores sería mínimo; por añadidura, el reactor se localizaba en una zona relativamente despoblada.

Al asimilar esta lección, Irán se conduce hoy de una manera absolutamente divergente. Primero, las plantas operan sin descansos y se encuentran dispersas en la ancha geografía del país, incluyendo zonas de valor arqueológico y religioso. Segundo, las zonas donde se ubican están densamente habitadas. Finalmente, una eficiente red de cohetes protege a las instalaciones.


Irán: aciertos y desvaríos

La decisión de Irán de avanzar en pos de la capacidad nuclear es atendible. Varias razones la respaldan. La primera: el régimen jomeinista nació en 1979 abriendo cauce a una república islámica chiita que anhela tanto el retorno a la grandeza de la antigua Persia como la centralidad conspicua del islam. Dos propósitos en contrapunto con la supremacía de la modernidad occidental y con la filosofía de la globalización. Los usos posibles de la energía atómica –incluyendo los militares– constituyen en la matriz iraní tanto el símbolo como el instrumento de estas aspiraciones. Si otros países dotados con una memoria colectiva y con recursos equivalentes cuando no menores a los de Teherán –como China, la India y Pakistán– han hecho cristalizar este logro, ¿por qué el poder nuclear debe estar vedado a los iraníes?

En segundo lugar, Irán capta vivamente que la mudanza en las fuentes energéticas está en marcha. Así como el carbón fue sustituido por el petróleo, éste será reemplazado o complementado en el futuro cercano por otras fuentes. Limitarse al petróleo como semillero de divisas y motor del desarrollo industrial es comprometer en el plazo mediano la viabilidad nacional y minimizar la posibilidad de avances postindustriales. En este sentido, Irán revela dosis de perspicacia y sensibilidad ausentes en otros países exportadores como Arabia Saudita y México.

Tercero, Teherán se inclina a ampliar sus esferas de influencia en países donde se reprime a los grupos chiitas o no tienen una presencia cualitativa. Y en particular, cuando estos países poseen ricas dotaciones de minerales básicos –además de incuestionable valor estratégico– como Iraq, Palestina Rusia y Azerbaiyán. Vislumbra, no obstante, que empeños con este rumbo serán entorpecidos por naciones que poseen intereses vitales en estas regiones y que cuentan con el intimidante poder nuclear. De aquí la presente convicción iraní: sin este recurso y sin artefactos complementarios (como cohetes de largo alcance), sus ambiciones no son viables.

Finalmente, el alcance de una fortaleza nuclear es un factor dinámico: pone en movimiento progresivo y eslabonado otras fuerzas tecnológicas, al tiempo que aguijonea el avance de servicios intensivos en conocimiento y capital. En rigor, la vocación tecnológica no es adversa a los postulados fundamentalistas. Bien se sabe que los regímenes totalitarios y teológicos no necesariamente inhiben –sin renunciar a sus delirios mesiánicos– la ciencia ni las innovaciones técnicas si éstas son funcionales para los objetivos nacionales. Ciertamente, vigilan muy de cerca a los actores que las fomentan, pero no los reprimen a menos que osen cuestionar al régimen y los símbolos que lo legitiman.

En mi opinión, sin embargo, las tácticas que Irán ha escogido para hacer cristalizar estos objetivos no son inteligentes. El ataque frontal a una potencia protestante –el “Gran Satanás”– orgullosa de sus logros y ahora muy sensible a cualquier amago terrorista, es un error. Y más aún cuando Estados Unidos experimenta, en su infortunada invasión de Iraq, la violencia atizada por grupos chiitas. Posturas y declaraciones algo más mesuradas le habrían ayudado a Irán a forjar vías de mutua tolerancia con Washington. Las inflamadas expresiones de su actual presidente Mahmud Ahmadineyad no abrevian las distancias entre estos dos países.

Otro yerro de los iraníes alude a Rusia. Sin duda, Moscú alimenta calculadas razones para apoyar tecnológicamente a Irán en la medida en que Teherán sufraga puntualmente estos servicios. Le tiene sin cuidado el hostigamiento a la cultura occidental y capitalista –como si el régimen de Putin no fuera en los hechos un apéndice de ella. Sin embargo, no cabe olvidar que a Moscú lo inhiben ciertos asuntos, como su descalabro en Afganistán, la insurrección chechena o el fortalecimiento de las minorías musulmanas en su territorio. Por añadidura, Rusia se ha convertido en una potencia petrolera que compite con Irán entre los países exportadores. Así las cosas, Irán se configura como un vecino no confiable. Armarlo sin control puede resultar suicida. De aquí el doble juego ruso: se abstiene de coincidir –excepto en últimas fechas– con todas las protestas estadounidenses, y suministra a Irán la tecnología que necesita. Simultáneamente, empero, vigila el avance iraní a fin de neutralizar la amenaza que entraña.

El doble juego explica el apoyo ruso a las recientes sanciones comerciales y financieras convenidas por el Consejo de Seguridad de la ONU, y la suspensión de las actividades en la planta de Bushar. La razón de esta actitud no es la ausencia del pago iraní, como Moscú argumenta. El motivo es más profundo: el temor al poderío nuclear iraní y la posibilidad de que, si Estados Unidos, Israel, o ambos países en conjunto, resuelven desmantelarla, al cabo Rusia saldrá ganando merced al ascenso de los precios en los mercados petroleros y al alcance de una posición preeminente en Europa.

La tercera equivocación de la cúpula iraní es sustancial. Irán reitera con jubiloso acento dos posturas que desequilibran a los israelíes. Una, la intención de destruir físicamente a la “entidad sionista”, puesto que oprime a los palestinos a la par que extiende maliciosamente las influencias del “Occidente blasfemo”. Y la otra –a mi juicio determinante–, la negación del Holocausto –desmentido teatralizado que pretende nulificar una vivencia por demás traumática, incrustada en la memoria colectiva de los israelíes (y de la humanidad). Pienso que con esta actitud, Irán profundiza las honduras del trauma y moviliza mecanismos altamente agresivos de la conciencia israelí.

Ésta es una de las sutiles razones por las cuales Israel no puede tolerar el poderío nuclear iraní ni imaginar un equilibrio del terror, semejante al que tomó forma y validez en la guerra fría entre Estados Unidos y la URSS. Sin embargo, la amenaza de una destrucción física y total no agota la crispada sensibilidad de los israelíes. Gravitan otras circunstancias.


El sionismo entre la redención nacional y la celada demográfica

El movimiento nacional judío denominado sionismo se originó en Europa casi por default: las erupciones antisemitas, las limitaciones de la asimilación cultural como proyecto colectivo, y la imposibilidad de una conversión masiva de los judíos al cristianismo propiciaron, en conjunto, la búsqueda de una ruta opcional. El traslado a una geografía anclada pertinazmente en el imaginario judío resolvió los aprietos de la cultura europea respecto a ellos, al tiempo que éstos cultivaban la posibilidad de materializar ciertas aspiraciones nacionalistas conformes con las corrientes democráticas y seculares de Occidente.

Entre otros postulados, esta corriente nacional propició la concentración demográfica de los judíos dispersos por el mundo que, por opresiones padecidas en los países de origen o por voluntaria y lúcida decisión, resuelvan retornar a un espacio reinventado con este propósito. Obviamente, cuanto mayor y más densa sea esta concentración, se ampliará la prueba empírica del acierto de la ideología. Por añadidura, el abultamiento demográfico permitirá –en unión de otros factores sociales y culturales– encarar cualquier agente hostil militar, económico o cultural.

El asesinato metódico y en masa practicado por los nazis vigorizó estas convicciones. Acarreó particularmente, además, dos lecciones. Una: la cultura israelí debe propiciar una revolución ontológica, y gestar un nuevo fenotipo de judío seguro de su identidad y de su derecho a estar en el mundo. En este orden de ideas, la masacre nazi se habría facilitado merced a la pasividad y a la debilidad del carácter judío y de los lazos colectivos que lo articulan; si estas cualidades se corrigen o son reemplazadas por sus contrarias, las perspectivas del judío de sobrevivir en un universo que se le antojaba darwinista habrán de mejorar. Y la segunda: en épocas oscuras, cuando la violencia se apodera de gobiernos y sociedades, Israel no puede confiar en el Otro. Los intereses de éste serán ineluctablemente parciales y egocéntricos. Se gestó por estas vías una suspicacia estructural típica de un ser que experimenta traumas estremecedores.

En este contexto, la negación de la Shoah por parte del gobierno iraní crispa hondamente los nervios de Israel. Esta postura niega la validez de una quemante herida, que es componente esencial de su identidad colectiva. Al invalidar la verificación del Holocausto, Irán comete una torpeza no sólo historiográfica: también psicológica y táctica. Este agravio real y simbólico multiplica las tensiones del alma colectiva israelí al constituirse en la más perversa deslegitimación del sionismo.

Hay que añadir otra circunstancia. Una apretada concentración demográfica no constituye necesariamente una debilidad en un contexto de choque militar convencional. No es así cuando se produce una escalada en los tipos de armamentos. Un ataque certero nuclear, químico o biológico, o de ambos tipos, constituye una celada para regiones densamente pobladas. Y es muy probable que cuando la cúpula iraní define su “banco” de objetivos militares contra Israel, la costa mediterránea desde Haifa a Ashkelón –sede de las industrias estratégicas y de las bases militares–, represente los blancos que prefiere para sus armas. Desde el punto de vista militar, la amenaza contra Israel es filosa. Pero no es menos grave una autorrevelación que lesiona la ideología sionista: los israelíes, por propia iniciativa, habrían creado en su país un marco autodestructivo.

Añádase a este viraje imprevisto otra consecuencia trágica: un ataque iraní a la zona indicada afectaría a habitantes que viven dentro de la “ línea verde” reconocida por la comunidad internacional, y que en su gran mayoría favorecen el diálogo y los entendimientos con los países árabes vecinos y con la Autoridad Palestina. En contraste, los cuatrocientos mil ciudadanos afincados en las zonas colonizadas –los asentamientos israelíes en territorio palestino, rodeados de palestinos– no serían las víctimas de una agresión –al menos de manera inmediata–, debido a que Irán no se inclinará a destruir poblaciones palestinas so pena de contradecir las motivaciones de su agresión.

Estos argumentos llevan a anticipar que Israel no habrá de tolerar que Irán alcance poderío nuclear con aplicaciones militares. Jerusalén ha puesto en marcha todos los dispositivos que posee –desde los diplomáticos a los servicios de espionaje– a fin de resistir esta posibilidad. La única vía con que cuenta Irán para llegar a un equilibrio nuclear con Israel es mostrar altas dosis de madurez y racionalidad, las cuales de momento están ausentes. Desdecirse de manera tajante de la negación del Holocausto sería la expresión de un cambio: revelaría empatía –no necesariamente respaldo– en relación con el carácter traumático del ser israelí. Otra consistiría ciertamente en dejar al margen las amenazas que pregonan la destrucción del “Pequeño Satanás”, y explorar modalidades de entendimiento que conduzcan –por lo menos– a un equilibrio del terror soportable para las partes. Como este viraje no se avizora en las presentes circunstancias, cabe suponer que Israel pondera diferentes opciones dirigidas a esterilizar la amenaza nuclear iraní.


Israel contra Irán: estrategia y táctica

¿Cuáles son las opciones de Israel y qué grados de libertad posee para ponerlas en marcha? Referiré algunas de ellas, que ya se han iniciado y que es posible deducir de las fuentes periodísticas.

La aplicación de sanciones económicas aprobadas por los principales países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU es una de ellas. Alemania, Rusia y China respaldan a Estados Unidos en la aplicación unánime y mancomunada de estas restricciones a las finanzas y al comercio de Irán. La anunciada voluntad de Corea del Norte en el sentido de renunciar al armamento nuclear si recibe compensaciones económicas a cambio, sostiene el supuesto de que Irán podría reaccionar de manera similar –hipótesis, a mi parecer, algo ingenua. De todos modos, este conjunto de sanciones está en marcha. Si una serie de sanciones severas, que castigarán la calidad de vida de los iraníes, no alcanzan el éxito esperado, es probable que los países reunidos en el Consejo de Seguridad decidan una veda a la compra del petróleo iraní. Indudablemente, esta prohibición deberá ser más efectiva a la impuesta en su momento a Iraq. Juzgo que Rusia y Arabia Saudita coincidirán en reemplazar el faltante iraní con aumentos de producción y alzas en el precio. Sin los recursos que ofrece la exportación de petróleo, Irán encarará una difícil situación interna que tal vez se traduciría en un levantamiento popular.

Otra táctica que Israel ha puesto en marcha es la formación de un frente de países seculares en el Medio Oriente que consideran el fundamentalismo iraní y sus prolongaciones un enemigo común. Hay negociaciones entre Israel, Jordania, Egipto, Turquía y Arabia Saudita que parecen conducir a este propósito La invasión estadounidense a Iraq fortalece indirectamente esta coalición, al tiempo que facilita en términos logísticos una eventual intervención en Irán.

La tercera vía de operación es bilateral. En primer lugar, el entendimiento con Estados Unidos, cuya cúpula considera a Teherán –por razones absolutamente divergentes de Israel– una fuente no confiable del abastecimiento petrolero para las economías industrializadas. Cabe añadir que es verosímil que el fundamentalismo musulmán chiita suscite una encendida oposición en los círculos de Washington apegados al fundamentalismo protestante. Así, el interés imperial económico se entrevera con delirios religiosos y casi apocalípticos tanto en Washington como en Irán. Por razones superiores de supervivencia física, Israel ha estrechado los vínculos de cooperación y entendimiento con los estadounidenses, con el designio de desarticular en conjunto las aspiraciones nucleares iraníes.

Pero el país también opera en soledad. Juzgo que no es por azar que recientemente Avigdor Lieberman recibió el nombramiento de ministro encargado de dirigir la lucha estratégica contra Irán. Ciertamente, la experiencia que recogió cuando fue uno de los consejeros íntimos de Benjamín Netaniahu le ayudó a obtener esta responsabilidad. Sin embargo, Lieberman posee dos cualidades que lo tornan invaluable en este contexto. De un lado, por su origen ruso sabe descifrar atinadamente las intenciones e intereses de Moscú, especialmente las del presidente Putin y de las fuerzas reales –militares y económicas– que lo sostienen. Por el otro, desde su aparición en la política israelí no ha dejado de cultivar vínculos con la oligarquía rusa en Moscú, en San Petersburgo y en algunas ciudades europeas –algunos de los miembros judíos de esta oligarquía cuentan con pasaportes israelíes sin perjuicio de otros documentos de identidad. Como Rusia suministra el conocimiento y la tecnología que Irán precisa para realizar sus aspiraciones, este país controla en buena medida el ritmo del avance iraní. Anticipo que los vínculos, tanto oficiales como subrepticios, de Israel con Moscú se profundizarán con el tiempo, aunque ninguna de las partes tenderá a revelar su peso.

Si las maniobras multilaterales y bilaterales no llevan a los resultados buscados por Israel, este país deberá encarar una decisión que afectará su existencia física y su imagen en el mundo. Según fuentes periodísticas internacionales, fuerzas especiales del alto mando israelí estarían ensayando un ataque aéreo y marítimo mancomunado a ciertas instalaciones iraníes que han avanzado en materia de capacidad nuclear para uso militar. Se usarían bombas nucleares tácticas y “limpias”, para minimizar los daños a terceros. Esta supuesta acción reflejaría el dramático “síndrome de Sansón”: la probable muerte del torturado y de los torturadores. Y en todos los casos, el costo para Israel de una operación así será muy alto, incluso si tiene éxito.

Al constituirse, en este escenario, en el segundo país en el mundo que ha lanzado explosivos nucleares contra otros países, las dosis de hostilidad que el Estado israelí ya suscita en el mundo por el maltrato a los palestinos se verá en esta coyuntura multiplicada. Un Apartheid internacional podría volcarse sobre Israel con consecuencias funestas, incluyendo a las comunidades judías, simpatizantes o adversas al sionismo.

Estos oscuros escenarios podrían apurar, en contragolpe, reacciones constructivas: la formulación de propuestas y la aparición de intermediarios –hoy indiferentes– que obliguen a las partes a levantar fórmulas constructivas de convivencia, o al menos de mutua tolerancia. Si se quiere, una modalidad benevolente y negociada de una serie de acuerdos como los que mantuvieron en la tibieza la Guerra Fría, que fueran aceptables para buena parte de la sociedad israelí... y para sus oponentes, claro. ~

Jerusalén, abril de 2007.

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