¿Que ya van a ser los Panamericanos? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Que ya van a ser los Panamericanos?

Los Juegos Panamericanos no sólo llevarán deporte y entusiasmo juvenil a Guadalajara. La ciudad ya ha empezado a recibir sus múltiples dones. 

Rápido: ¿en qué ciudad se celebraron los últimos Juegos Panamericanos? ¿Y antes de ésos? ¿Qué país arrasó en el medallero? ¿Los pasaron por la tele? ¿Alguna competencia que se recuerde especialmente: la final de softbol, los cien metros planos, alguna pelea de box? ¿El futbol, siquiera? ¿Cómo le fue a México? ¿Algún escándalo de dopaje? ¿Hay Parapanamericanos? ¿Panamericanos de Invierno? ¿Algún recuerdito con la mascota impresa? ¿Cuál fue la mascota? ¿En qué deporte son fuertes Aruba, las Islas Vírgenes Británicas o Antigua y Barbuda? ¿Y quién traerá la antorcha ahorita, por dónde andará? Si es difícil responder a la mayoría de estas preguntas, uno puede respirar tranquilo: no es Mario Vázquez Raña. Si uno vive en Guadalajara y, transcurrido este octubre, se descubre incapaz de retener informaciones semejantes acerca de los XVI Juegos Panamericanos, de cualquier manera conservará impresiones perdurables que irán de la pena ajena a la irritación, pasando por el mero pasmo y todo sobre un fondo permanente de incomprensión del que será difícil olvidarse.

En vísperas del arranque de los Juegos es abrumadora la cantidad de cosas que conviene saber al respecto. Por ejemplo: que existe un sujeto de camisa entallada y pelos parados llamado Gerry, que canta, y que canta, más precisamente, la canción «Sueños de gloria»: tarola brincona, mariachi moviendo las patitas, coros de «oé-oés» muy propios para retumbar en estadios y pasajes del «Jarabe tapatío» escupidos aquí y allá por las trompetas del mariachi —que no nomás está loco y quiere bailar. (Es importante aclarar que ésta no es la canción oficial: lástima, porque es más pegajosa que «El mismo sol», pujada por El Potrillo). También debe saberse que la birria de chivo fue declarada oficialmente el Platillo Panamericano, en tanto que el Coctel Panamericano será un brebaje a base de tequila, moras azules y granada. ¡Y las mascotas! Son tres: Gavo (un agavito azul, fortachón y eufórico, que seguro no pasaría el antidoping), Leo (un leoncito amanerado, pues quién sabe por qué en el escudo de la ciudad figuran dos leones trepando a un árbol) y la polémica Huichi, una venadita que ha ofendido seriamente a la comunidad wixárika por cuanto ridiculiza a uno de sus símbolos sagrados, el venado —amén del nombrecito, un diminutivo de «huichol», término con que los mestizos designan despectivamente a los integrantes de esa comunidad[1].

En realidad, a todo lo que lleve el apellido Panamericano hay que prestarle atención, especialmente a las obras: las 20 sedes que se edificaron por varios rumbos de la Zona Metropolitana de Guadalajara (zmg) y otras cinco ciudades de Jalisco (¡ya tenemos estadio de hockey sobre pasto!), más aquellas que ya estaban y a las que se les dio una enderezadita, y eso aparte de los muchos kilómetros de avenidas reventadas que los tapatíos hemos tenido que ir sorteando mientras las repavimentan, las pintan y repintan, les ponen flores y pastito y miles de agaves con los que se ha sembrado el paisaje urbano, empezando por la glorieta de La Minerva: un maquillaje intensivo que pretende remendar décadas de desastre en las vialidades de esta ciudad.

Los tapatíos hemos venido viviendo los preparativos de los Juegos Panamericanos en una de las siguientes modalidades: la perplejidad, el padecimiento, la indiferencia, la resignación o el franco encabronamiento. O todo junto. Desde que comenzaron a materializarse las diversas formas en que esta celebración afectaría a Guadalajara, hace alrededor de tres años, se veía ya que la Organización Deportiva Panamericana (Odepa) no supo a dónde se vino a meter: todavía el lunes 10 de octubre, a cinco días de la inauguración, Vázquez Raña manifestaba su apuro porque el estadio de rugby aún no estuviera terminado, y regañaba en público a Carlos Andrade Garín, el titular del Copag (Comité Organizador de los XVI Juegos Panamericanos Guadalajara 2011). Nada de qué extrañarse, si desde 2008, cuando el Copag comenzó a operar, empezaron también los tropiezos, disparates, malhechuras y desfachateces que han desembocado en el actual estado de incertidumbre y malestar. Y todo empezó con la malograda Villa Panamericana: originalmente un ambicioso proyecto, que se levantaría en una zona tradicionalmente depauperada del centro de la ciudad —el rumbo del Parque Morelos, cerca del Mercado de San Juan de Dios—, donde el Ayuntamiento tapatío, entonces encabezado por el panista Alfonso Petersen, comenzó por querer comprar terrenos a la mala (la gente que vivía ahí no tenía pensado salirse), acabó por pagarlos a sobreprecio, entró después a tumbar edificios a lo loco y al final dejó varias manzanas de baldíos y desolación, porque el lugar no tuvo el beneplácito de la Odepa, que ya le había echado el ojo a otro terreno, en Zapopan —sin que importara gran cosa que fuera un área de delicado equilibrio ecológico, ni que hubiera serios impedimentos legales para modificar el uso de suelo y levantar ahí las casitas de los atletas—: el negocio Panamericano es, en muy buena medida, inmobiliario, y lo que habrá ya que los atletas se despidan será un conjunto de edificios de dudoso gusto, pero de indudable plusvalía.

Decorados desde hace algunas semanas varios de los edificios más altos de Guadalajara con estampas gigantescas de deportistas en acción, los habitantes de la ciudad hemos experimentado mejor la inminencia de los Juegos gracias a la presencia multitudinaria de vehículos y «efectivos» de la Policía Federal, que se ha acuartelado y patrulla y sobrevuela la zmg con las ametralladoras en ristre y los rostros cubiertos con pasamontañas. A este espectáculo tan poco tranquilizador se ha sumado la proliferación de retenes que, de buenas a primeras, paralizan el tráfico en avenidas atestadas por las que, encima, no sabemos muy bién cómo hemos de circular. Sucede esto: en algunas de las principales vialidades existen Carriles Panamericanos, por los que tendrían que ir a toda velocidad las delegaciones, los jueces, los aguadores, los masajistas y todo aquel al que le urja llegar a una sede; como en Guadalajara ruedan cerca de dos millones de vehículos particulares (aparte de autobuses, minibuses, metrobuses, motos, bicis y carritos de tejuino), a alguien se le ocurrió que ésa era la forma idónea de abrirles paso a los Panamericanos Bólidos, y hasta hace unos días se amenazaba con aplicar multas de alrededor de 20 mil pesos a quien invadiera dichos carriles (que están pintados como con gis sobre el pavimento). Luego el Gobernador Emilio González Márquez tuiteó: «Platiqué con el Pdte. de Odepa y decidí retirar la aplicación de la multa a los vehículos que invadan el Carril Exclusivo Panamericano»: o sea que esos pasadizos seguirán siendo exclusivos o preferentes, aunque nadie tenga por qué hacer el menor caso —y el gesto magnánimo dejó claro que el tuitero Gobernador se pliega muy amablemente a los mandatos del Panamericano Mandamás.

González Márquez, quien declinó hace unas semanas a su aspiración de ser candidato del PAN a la Presidencia de la República, veía hasta ese momento los Juegos como una plataforma de ensueño desde la cual proyectaría formidablemente su imagen —antes que la del estado a cuyos habitantes tuvo a bien mentarnos la madre en el célebre brindis que ya le había ganado fama internacional. Pero no contaba con que los municipios principales de la zmg (Guadalajara, Zapopan, Tlaquepaque, Tonalá), priistas todos, además de lo que se hayan propuesto para estropearle la ensoñación, son de suyo malhechotes y calmudos, de manera que inevitablemente menudearán las dificultades de toda índole, para que los Juegos Panamericanos terminen de ser todavía más impopulares entre una población que ni los pidió ni los va a «disfrutar», y a la que ni siquiera le interesan —pero que sí los va a pagar. Se insiste, cómo no, en el argumento fantasioso de «la derrama económica» y en entelequias como el orgullo de mostrar lo chulo que es Jalisco, lo amable que es Guadalajara, lo hospitalaria que es su gente y otras estupideces inevitables. Y habrá quién se entusiasme, desde luego... si bien está lejos de sentirse el ambiente «de fiesta» que ya debería estar poniéndonos a bailar.

Hay, sí, adornos abundantes: en muchos puntos de la ciudad fueron apareciendo no sólo esculturas conmemorativas y que amenazan con quedarse para siempre, sino también otras —ojalá sean provisionales— que figuran pelototas de tenis, gallotes de bádminton, dianotas de tiro con arco, balonsotes de basquetbol. También brotaron por doquier unas moles de fibra de vidrio (pintadas por artistas locales con motivos alusivos a los países participantes) que recuerdan unos curiosos souvenirs de barro, muy tapatíos —se encuentran en San Juan de Dios—, en forma de excremento espeso, abundante y rizado en un molotito... pero no: son «rosas». Es raro el negocio que no oferte promociones Panamericanas, con las 42 banderitas del continente (hay incluso un Campeonato Panamericano de Pole Dance en un afamado table-dance), y la ciudad en general está barrida y lavada y hasta blanqueada —por la vía de acceso desde el Aeropuerto Miguel Hidalgo, que es una zona gris, terregosa y, en suma, horripilante, el Ayuntamiento de Tlaquepaque roció hectolitros de pintura blanca sobre los linderos de la carretera (fachadas, árboles, coches, peatones, perros), de modo que todo relumbra, aunque no haya por ahí —ni vaya a haber jamás— luz ni drenaje. Además, en los últimos días, el centro de Guadalajara se ha visto misteriosamente despoblado de indigentes, pordioseros, limpiaparabrisas, chicleritos, viene-vienes y prostitutas —o bueno, ni tan misteriosamente: el alcalde tapatío, Aristóteles Sandoval, ha reconocido que «se invita» a esas personas a retirarse, aunque está por verse qué tan cordial puede ser esa invitación, y qué hará esa gente mientras se la esconde de la vista de los visitantes.

Que ya empezaron a llegar, por cierto: las banderas van izándose en la Villa Panamericana, los gringos vienen custodiados por el fbi, ya atropellaron a un ciclista colombiano que salió a entrenar por el Anillo Periférico... El ensayo general de la inauguración tuvo lugar sin contratiempos el martes en el Estadio Omnilife (es decir: el de las Chivas, es decir: el de Jorge Vergara), salvo por el hecho de que no estaban listos todavía los accesos vehiculares ni hubo dónde estacionarse. Vicente Fernández va a cantar el Himno Nacional, y el show estará a cargo de éste y su retoño, Maná, Eugenia León, Olivia Gorra, José Luis Duval, Juanes, el colectivo Nortec, Lila Downs, un grupo llamado Ánima Mundi y algo que se presenta como Circo Dragón. La seguridad correrá por cortesía del Estado Mayor Presidencial. Los niños no van a tener clases las dos semanas Panamericanas —aunque sus papás no dejarán de trabajar—, la reventa descarada de boletos para todas las competencias marcha de lo más bien, y en lo que acaba de pasar el huracán Jova, que vino a pegar directamente en la Costa Sur de Jalisco, una Guadalajara mojada, desconcertada, confundida y, sobre todo, harta de sí misma, se apresta a aguantar lo que todavía le espera. 



[1]Todo un tema, el de esta mascotita antipática: representantes del pueblo wixárika, cuando se supo de la existencia de Huichi, fueron a protestar con el titular del Copag, quien jamás los recibió —ni, mucho menos, hizo nada por que se reparara el agravio—; luego el alcalde tapatío se metió y anunció facilidades para que los wixaritari pudieran tener algún beneficio de los Panamericanos (vendiendo artesanías, por ejemplo). Pero nada de suprimir a la venadita. Más tarde, alguien razonó que el insulto equivalía al que se haría a los católicos jaliscienses usando la imagen de la Virgen de Zapopan como mascota, y fue así que nació Zapopis.