¿Qué nombre le pondrías a tu calle? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Qué nombre le pondrías a tu calle?

La historia de una familia a la que un día un topógrafo le golpea la puerta y le dice que pueden elegir el nombre de la calle en la que viven.

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La escritora norteamericana Joyce Maynard no había cumplido 45 años cuando, en 1998, publicó sus memorias. El libro habría pasado inadvertido, al menos fuera de los Estados Unidos, de no ser por un detalle: durante un año y medio, cuando ella era una joven de 18 y él un escritor prestigioso (y ya recluido) de 53, mantuvo una relación —con convivencia incluida— con J. D. Salinger. El título de la obra fue At Home in the World, y se tradujo al español como Mi verdad, editado por Circe, Barcelona, en 2000.

Según cuenta en sus páginas, después de su tormentosa relación con el autor de The Catcher in the Rye (que duró poco más de un año, entre 1972 y 1973), Maynard compró un terreno y mandó edificar una casa en las afueras de Hillsborough, New Hampshire, y se instaló allí. Pocos años después se casó con un hombre llamado Steve Bethel, que fue a vivir allí con ella, y tuvieron tres hijos. Un día un topógrafo llamó a su puerta.

—Estamos haciendo los nuevos mapas de la ciudad —dijo—. Como usted y su familia son los únicos que viven en esta carretera, le dejamos escoger el nombre que quiere que le pongamos.

La mujer esperó hasta la cena para comentarlo con su familia.

—Imagínense —dijo—, de ahora en adelante todos los mapas que hagan de Hillsborough llevarán impreso el nombre que elegiremos nosotros y será el que le dará todo el mundo.

El más pequeño de los hijos, Willy, de 3 años, quería llamarlo Camino Ciego. Charlie, de 5, propuso Camino Feliz. Audrey, la mayor, de 9, prefería Quinta Avenida. El marido, en tanto, opinó que lo mejor era que el camino llevara su apellido. “Ponerle el apellido de Steve supone para mí un desarraigo —escribió la autora—. No es que quiera tampoco que se llame Maynard, pero preferiría un nombre que nos representara a todos”. No tomaron entonces ninguna decisión. “Como suele ocurrir en estos casos, el desacuerdo termina en silencio”.

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Desde que leí esa escena, hace años, me pregunté muchas veces qué haría yo si me dieran a elegir el nombre de mi calle. Igual que Maynard, sentiría esa suerte de “presión de la posteridad” adosada a la cuestión de bautizar un camino, un lugar. Sin embargo, supongo que no todo el mundo vive esa experiencia de la misma manera.

Si la intuición no me falla, la mayoría de las calles en la mayoría de las ciudades del mundo llevan nombres de personas. Quizá por eso prefiero otra clase de nombres. En segundo término, en cuanto a la cantidad, calculo que vendrán las calles con nombres de otros lugares (países, ciudades, provincias, etc.). Tampoco me parecen nombres atractivos. Algunas calles tienen por nombre una fecha. En ciudades como La Plata (Argentina) y en buena parte de Nueva York, las calles están numeradas. En estos casos, lo que se pierde en personalidad se gana en facilidad para la ubicación. Si de mí dependiera, mi calle no se llamaría de ninguna de esas formas.

Entonces, ¿cómo llamarlas? Me gusta mucho cuando el nombre de una calle hace referencia a alguna característica propia de esa calle. La Gran Vía, por ejemplo. Madrid —ya que en su Gran Vía pienso— ofrece muchos otros casos: calle de las Huertas, calle de los Jardines, calle de los Libreros, etc. También están allí el Paseo de los Melancólicos, la calle del Desengaño y la cuesta de las Descargas, entre tantas otras. Una maravilla.

En muchos otros lugares hay, por supuesto, caminos con nombres pintorescos. En un barrio de Almirante Brown (Buenos Aires, Argentina), se entrecruzan multitud de calles con nombres de flores, lo que da lugar a esquinas perfumadas como la de Azucena y Jazmín, o Caléndula y Begonia, o Clavel y Alhelí.

En el barrio de Valdespartera (Zaragoza, España), las calles tienen nombres de películas. ¿Qué tal vivir en Desayuno con Diamantes entre Cantando Bajo la Lluvia y El Paciente Inglés? Las avenidas que circundan el barrio se llaman Séptimo Arte y Casablanca.

En 2014, después de que Argentina obtuviera el subcampeonato en el Mundial de fútbol de Brasil, el pueblo de El Chañar (Tucumán, Argentina) decidió rebautizar sus 22 calles con los nombres de los jugadores. Así es como uno puede vivir en la esquina de las calles Leonel Messi y Javier Mascherano. Son nombres de personas, es verdad, pero tienen, por decirlo de alguna manera, más “encanto”.

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Un par de años después de que el topógrafo pasara por su casa, en plena crisis matrimonial, Joyce Maynard se ausentó durante unos meses de Hillsborough para acompañar a su madre, que agonizaba. Al volver se sintió “desolada”. Lo cuenta en su libro:

“Ésta ya no es mi casa. Durante mi ausencia han puesto un letrero en la carretera y el nombre que lleva, registrado por el topógrafo, es el de mi marido”.

Entonces Maynard compró una vieja casa victoriana, ubicada a 45 kilómetros de allí, y se mudó junto con sus hijos. En las sesenta y tantas páginas que restan en su libro no vuelve a hacer mención a la casa anterior.

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¿Se habrá cumplido su anuncio de que desde entonces en adelante todos los mapas de Hillsborough llevarían impreso el nombre que ellos le dieran al camino? Hoy en día es fácil comprobarlo: Google Maps nos indica que sí, que ahí está Bethel Road. Y que ahí está, también, Bethel Farm (“Granja Bethel”), un centro de yoga dirigido por Steve, el exmarido de Joyce, y su actual pareja Kristen, y donde trabaja también Audrey, la hija mayor de su primer matrimonio, la misma que quería que la calle se llamara Quinta Avenida. El hijo menor, aquel Willy que a sus 3 añitos votaba por el nombre Camino Ciego, es el actor Wilson Bethel, a quien podemos cruzarnos en series y películas.

De modo que Steve Bethel, que llegó allí tras casarse con la dueña de casa, acabó dando su nombre a la calle. No necesitó ser presidente de la nación, ni dar la vida en una guerra, ni escribir libros, ni nada de mayor mérito. Por no necesitar, ni siquiera morirse le hizo falta. A tantos megalómanos que andan sueltos por ahí, esta historia —si la conocen— debe provocarles mucha envidia.