¿Para qué conocerte si te leí? | Letras Libres
artículo no publicado

¿Para qué conocerte si te leí?

En días recientes, y con contertulios variopintos, me he visto discutiendo un asunto que —la sombra de la FIL ya encima— vale la pena abordar aquí. ¿Tiene algún sentido intelectual asistir a la plática de un escritor? ¿Sirve de algo escuchar cómo un novelista o poeta balbucea en vivo? ¿No sería mejor estar en casita leyéndolo que ocupando una de las cinco —o 300— sillas de un auditorio y pensar que le sorbemos la sabiduría con los oídos?

Por supuesto, se trata de un falso dilema. Nadie que no sea un tonto va a sentirse como que leyó a Lobo Antunes por asomarse a una de sus charlas. Por otro lado, tampoco es imposible que escuchar su plática sea buena manera de tomar contacto con sus obras. No será una operación intelectual tan alta como leerlo, pero tampoco tendría por qué ser un error.

Aunque parezca mentira, los escritores a veces son articulados y logran comunicar de viva voz parte de la hermética e intransferible maravilla de sus textos. Es difícil pensar que sea pecado interesarse por una plática inteligente, ni que hacerlo signifique que vayamos a sustituir los libros por performances... No dudo que existan seres enfermos que se crean cultos por arranarse a curiosear en las mesas de la FIL, aunque no lean. Pero tiendo a pensar que son minoría.

Que un intelectual execre las presentaciones en vivo tiene, sin duda, un dejo aristocrático. Y otro de llana hipocresía. Eso sí: es un tic extendido. Conozco pocos escritores que, pasada la temprana juventud, se manifiesten entusiasmados con la posibilidad de subirse a una tarima y perorar. Muchos, incluso, aprovechan la menor oportunidad para dejar constancia de lo mucho que desprecian ese tipo de actos. Cosa curiosa, todos ellos han sido talleristas o tallereados, presentadores o presentados, conferenciantes o ponentes en una multitud de cursos, mesas, encuentros, congresos y cocteles. Nunca he visto que ninguno aproveche su turno al micrófono para decir: “Señoras, señores, mejor vayan a leer mis libros y sáquense de aquí”. Y que, acto seguido, levante la sesión. Ya lo dijo Gerard Durrell: “El escritor que se queja de que algún colega se presente en vivo suele llamarse al silencio cuando el presentado es él o alguno de sus amigos. ¿Será por pudor?”

No defiendo que las charlas sean mejores que los libros. Pero comprendo que alguien prefiera escuchar hablar de literatura a Lobo Antunes, que tiene 20 novelas extraordinarias, que al profe que nunca ha escrito un cuento.

- Antonio Ortuño