Quasimodo y el balón | Letras Libres
artículo no publicado

Quasimodo y el balón

ELOGIO DEL BOFO

La nueva perla del futbol mexicano tiene pinta de muñeco de trapo y apodo de taquero en frenesí. Nada en el físico de Adolfo “Bofo” Bautista presagia genialidad. Cuando corre, el Bofo me recuerda a un bebé a punto de tropezar. Contrahecho, maltrecho y jorobado, Bautista bien podría estar tañendo campanas en alguna iglesia tapatía. El Bofo está, además, peleado con su cabello: en los últimos meses ha recorrido la gama cromática para teñírselo o, en un intento desesperado por remediar lo irremediable, ha optado por la navaja, dejando al descubierto un cráneo casi lunar. Y luego está la cara. Para Bautista es imposible apretar los labios. Durante el calentamiento, sentado en la banca o en pleno despliegue durante un partido, los belfos del Bofo cuelgan como los de un perro anestesiado. Esta facha de adormecido se extiende también a la mirada. Los párpados de Bautista han perdido desde hace tiempo la batalla contra la gravedad. Con pupilas ligeramente dilatadas, el Bofo está pero no está. Es una especie de zombie en calzoncillos. Por si fuera poco, tiene fama de mamón, amargo y retraído.

Pero Bautista es un genio. En mis treinta años de aficionado al futbol mexicano, el Bofo me parece el único jugador capaz de hacer verdadera magia en la conducción de la pelota. Habrá quien me diga que así era Benjamín Galindo (gran toque, poco despliegue). Habrá quien me aviente en la cara a Cuauhtémoc (vertical, efectivo, ¿pero mágico?). Bautista, en cambio, es una auténtica caja de sorpresas. El tercer gol mexicano contra Ecuador – que incluyó, en un metro cuadrado, dos gambetas alucinantes y un pase inesperado por entre las piernas de un rival – es el ejemplo perfecto. Un movimiento futbolístico de excepción que requirió de múltiples repeticiones para ser apreciado en toda su estética. Diez minutos después, Bautista anotaría el cuarto gol mexicano con un cabezazo técnicamente perfecto. Que después el goleador de pelo mal pintado haya festejado corriendo como Tribilín (casi pude oír la famosa risita esa de “jiu, jiu, jiu”) y descalzándose para ofrecer su zapato al público es lo de menos. El futbol no es ni concurso de belleza ni agencia de relaciones públicas.

- León Krauze