Puntos y figuras: La lítote | Letras Libres
artículo no publicado

Puntos y figuras: La lítote

Una pequeña serie de ensayos que celebran o repudian a esa infantería del lenguaje, los signos ortográficos o tropos retóricos. 

La lítote no es poca cosa

No está nada mal reconocer las figuras retóricas que usamos en el habla de todos los días. La lítote, por ejemplo, un tropo que funciona por atenuación y cuya mecánica consiste en negar lo contrario de lo que se quiere decir. ¿Negar lo contrario? Ajá, y a los mexicanos se nos da muy bien, reacios como somos en tantas ocasiones a unir dos puntos, retóricamente hablando, con una línea recta. Estas líneas arrancaron con una lítote de uso común: “no está nada mal”. Quise decir que está muy bien, pero di un rodeo y negué lo contrario de “bien”, o sea “no mal”. Con ustedes, la lítote.

Si no quieres decir que ese señor parece un hipopótamo, sueltas: “flaco no es”. La lítote bordea casi siempre los terrenos del sarcasmo y la ironía, aunque ya ni nos damos cuenta. Yo no recuerdo en qué página de Alfonso Reyes conocí por primera vez el significado de lítote, que además ejemplificaba grandiosamente: me empecé a hacer bolas en el tomo V de XXVI, pero lo sigo queriendo mucho. La lítote, pues, quiere decir más diciendo menos, como para bajarle la temperatura a la expresión. Es una figura de cantidad como la hipérbole pero opuesta a ella: la hipérbole infla y la lítote desinfla. En su ensayo “Politics and the English Language”, Orwell ataca el uso de la doble negación como un vicio mental. Y tiene razón, pero no le podemos exigir la precisión del láser a un pueblo educado por Cantinflas y el PRI. Pero hablemos de literatura. Borges usaba lítotes constantemente, su prosa es adicta a esta figura retórica por una especie de falsa humildad que buscaba decir más con menos. En un solo párrafo suyo (el prólogo a Ficciones) encontramos hasta cinco (y tal vez seis) lítotes:

Las ocho piezas de este libro no requieren mayor elucidación. La octava (El jardín de senderos que se bifurcan) es policial; sus lectores asistirán a la ejecución y a todos los preliminares de un crimen, cuyo propósito no ignoran pero que no comprenderán, me parece, hasta el último párrafo. Las otras son fantásticas; una –La lotería en Babilonia– no es del todo inocente de simbolismo. No soy el primer autor de la narración La biblioteca de Babel; los curiosos de su historia y de su prehistoria pueden interrogar cierta página del número 59 de Sur, que registra los nombres heterogéneos de Leucipo y de Lasswitz, de Lewis Carroll y de Aristóteles. En Las ruinas circulares todo es irreal: en Pierre Menard, autor del “Quijote” lo es el destino que su protagonista se impone. La nómina de escritos que le atribuyo no es demasiado divertida pero no es arbitraria; es un diagrama de su historia mental...

No soy el primer autor” es casi una lítote o tal vez de plano lo es. ¿Por qué no escribe Borges: “Otros autores han escrito sobre…”? Ah no, venga la modestia: “no soy el primer”… Ese mi Georgie.

Descubro con regocijo un poema de Gerardo Deniz dedicado a este tema en particular. Vale la pena citarlo completo y despedirse:

 

SOUVENIR TYPOGRAPHIQUE

 

Tu nombre escurre aún como aguamiel espeso, pero hoy

deberé interpelarte de esta suerte: –Mengana,

¿tú conoces la lítote?

No, ¿verdad? Tampoco es grave.

Dicen que es lo que nos hostigaba en nuestros asientos

con sus no tanto y sus no mucho y sus no nada

de ocho a cuatro:

no poco.

Por bien que arrimáramos las sillas, la lítote

se interponía encarnada en firme pata de mesa

y debajo nuestras piernas trababan nudos inéditos,

cual conviene en una casa editora de prestigio

intercontinental –en fin, lo posible

de ocho a cuatro:

otra errata, y la lítote procaz;

la galera 69, y la lítote voraz–

prodigiosa supersimbiosis de cultura y revolución y la lítote

susodicha.

Ibid.

Pero escúchame ahora,

siete años después: el dato ha sido declassified;

ya todo el mundo está enterado.

Es que nos observaban.

Lo supimos, ¿recuerdas? Siempre te pedí

que tejieras aprisa un mantel inmenso

para encubrir una buena –no mala–

parte de nuestras cotidianas lítotes.

Te dio pereza.

Aquí están las consecuencias.