Pulp: La profundidad de la canción ligera | Letras Libres
artículo no publicado

Pulp: La profundidad de la canción ligera

Una reseña de la reciente aparición de la banda inglesa en nuestro país. 

Hay grupos que son un cantante. Nunca mejor la implicación del término “frontman” para describir a Jarvis Cocker. Jarvis no descansa. Jarvis se asienta, cada pierna al modo de un Coloso algo alfeñique, sobre los monitores gigantes, como si fuera un gladiador. Jarvis salta, corre y puñetea a su peculiar estilo de loca en clase de gimnasia. Jarvis se contonea como una pin up geek. Mueve la cadera, arquea la espalda. Jarvis toma una lámpara sorda y la enfoca sobre los ojos encandilados del público de las dos primeras filas. Jarvis ensaya gimnasia. Jarvis toca el bombo. Jarvis mimetiza a un anciano encorvado. Jarvis ensaya un strip tease y cita a Marlene Dietrich –mejor dicho: a Lola-Lola– en El Ángel Azul, doblando las piernas en v, mostrando el muslo mientras se pasa el micrófono entre las piernas contribuyendo a la estática. Jarvis, totalmente empapada la camisa de corte slim fit, se burla de sí, muestra su pecho, su estómago, sus bíceps. Y también toca la guitarra Ovation acústica de 12 cuerdas y una eléctrica. Jarvis es el artífice y también el oficiante de esa suerte de concierto trance que presenta Pulp. Jarvis literariza su apellido y a su modo ambiguo es lujurioso. Sexy. El primer icono del rock con pinta de bibliotecario dandy.

Que Jarvis concentre la atención soslaya la importancia de los integrantes de la banda. Quizá sólo en canciones como “Common People”, la reelaborada “O.U (Gone, gone)” o “Sunrise” (única canción que interpretan del We Love Life, un álbum que espera revaloración) pueda apreciarse la sutileza de las variaciones rítmicas, la singularidad de una banda que ha redefinido el concepto de pop y que aunque no se perciba tiene un sonido que es una mezcla de abigarradas influencias en la que es parte fundamental Russell Senior, como atestigua el modo reverencial con que lo presenta al final de “Common People”. “Common people” se sostiene en su estribillo en cambios de ritmo, en golpes violentamente asestados sobre el bombo y en una suerte de riff de tono oriental en el violín. Y si algo tiene de raga esta melodía, la recuperación del primer éxito de la banda, “O. U.” indica claramente este ascendente al convertir aquella extraña y aún inmadura pieza en una suerte de melodía hindú que incita al trance. Trance y baile, como si el eco de aquellas preferencias de McKay, el bajista, por los raves se deglutiera ahora, en una distinta dirección.

Construida en torno a Different Class, el álbum que entronizó a la banda de Sheffield, la gira de retorno de Pulp es un setlist de grandes éxitos, privilegiando las de 1995. No es casual que en la introducción, cuyos acordes semejan los de “O. U.” totalmente alterados en ritmo, se escuche a Jarvis recitando con vocoder el epígrafe famoso del disco: "Please understand. We don't want no trouble. We just want the right to be different. That's all."

Tocó a México el honor de ser uno de los puntos donde el disco se interpreta por completo, ya que interpretaron como (irónica) canción de despedida “Monday morning” en el segundo encore. La secuencia del concierto urde con sapiencia cimas y valles. El propio comienzo con “Do you remember the first time?” y en seguida la interpretación de “Joyriders” muestra esa alternancia entre ritmos bailables e intensos y melodías más apacibles y pausadas. Jarvis sin embargo no cambia su estilo de showman de cabaret. Algo ha perdido de aquella especie de cantante de bar que aderezaba sus canciones con anécdotas antes de acometer sus frenéticas danzas o acaso la barrera del idioma le impida extenderse. Con todo manosea un español macarrónico salpicado de cuccina, bambinos, temerarias incursiones al slang (tatacha garnacha, Jarvis siempre ha dicho que lo seduce conocer donde palpita el idioma, en el slang), símiles osados (“tortuga giganto” llama al domo de cobre de Félix Candela) mientras traduce ciertas letras (caso: “F.E.E.L.I.N.G.C.A.L.L.E.D. L.O.V.E”) Cocker recurre a trucos típicos de entretenedor (hagan ruido, alcen los brazos, junten las palmas, aplaudan, griten) e incluso improvisa una coreografía pidiendo que uno mueve las palmas hacia la izquierda lentamente. A la audiencia no le importan los recursos de vendedor de Jarvis. En México arroja pequeñas barras de chocolate como guiño a la compulsión de la desdichada amante de “Razzmatazz”. Convencida de que Jarvis y Pulp existen sólo para México, que este juego de luces a lo Matrix, que este despliegue de cuadros como en un añejo juego de arcadia que se muestra en “Sorted by E's and wizz” es único, que no se ha preparado y repetido en el Radio City Hall o en San Francisco, la multitud se enardece cuando Jarvis amenaza con despojarse totalmente de su ropa, cuando salta como una cheerleader asmática y recorre todo el proscenio. Algo dice Jarvis del día de la poesía –cuyas referencias han remitido a la literatura al menos en Estados Unidos– mientras acomete en el encore.

En Jarvis la retórica impone la interpretación. Como preámbulo al concierto, una suerte de auténtica “motivación” en su acepción retórica, se proyectan mediante rayos láser una serie de preguntas o mejor dicho de Statements con toda y connotación de programa neurolingüístico. Se emiten en una secuencia que permite prever la respuesta. De ese modo se antoja un diálogo entre el emisor –la banda– y los asistentes –la audiencia. Así preguntan: Quieren ver un delfín? Seguro? Y salta en el aire un delfín conformado de luz. Estas preguntas/asentamientos no son ajenas al discurso de las canciones o la lírica de Cocker. ¿Cuántas preguntas hay en las canciones de Jarvis? ¿Cuántas sólo funcionan para emprender la relación, el relato? ¿”Razzmatazz”, “F.E.E.L.I.N.G. C.A.L.L.E.D. L.O.V.E”? Y cuántas de estas preguntas no imponen que Jarvis mire hacia arriba, en hipertexto de Sebastián mártir, o como virgen barroca se tome las mejillas con las manos, o enfrente al público con sus enormes lentes de hipster clouchard en mirada interrogante. Pulp es un grupo encerrado en una interrogación. Y las respuestas, que involucran crónicas de la vida posmoderna, del aislamiento, del amor desgraciado y degradado, de la vida suburbana y de las miserias extrarradio, las va musitando, recitando, cantando, gritando y tarareando Jarvis. A lo largo de esta suerte de novela de iniciación que componen las diversas canciones –arriésguese una secuencia entre “Do you remember the first thing” a “This is hardcore” pasando por “Pencil Skirt”, “Something Changed”– Jarvis trama una saga sobre el sexo, la lujuria, la soledad, el encantamiento y el desencanto a través de su vida.

Jarvis ha comprendido la paradoja del pop: ¿cómo algo tan superficial puede ser profundo? ¿cómo canciones de letras a veces intrascendentes se convierten en documentos de una sensibilidad? Es incomprensible que un grupo que nunca alcanzó los niveles de exposición de Blur, Oasis o para el caso Smashing Pumpkins o Chemical Brothers haya alcanzado un status legendario. En Pulp, confluencia de estilos que van de la chanson francesa al synthpop, del rock barroco al noise, del rave al rap, se asienta desde ese nombre modelado en neón que evoca la tipografía Bauhaus. Los 18,000 devotos que aplauden, agradecen los 156 minutos del pop más inteligente de los últimos 20 años saben que han asistido a un concierto inolvidable que va más allá de la interpretación en vivo de su disco emblemático. Jarvis puede estar satisfecho: ha devuelto al pop tanto como recibió.

 “Brothers, sisters, can’t you see? The future’s owned by you and me,”

 

(Imagen)