Prosélito | Letras Libres
artículo no publicado

Prosélito

La adolescencia es un periodo de mi vida que recuerdo con vergüenza. Supongo que, cada uno a su manera, a muchas personas les sucede lo mismo. Mis primeras aproximaciones amatorias estuvieron lejos de tener éxito, y mis alivios sexuales fueron desde el comienzo unidos a un sentimiento de culpa y ocultación. Por otra parte, mi adolescencia quedó marcada por el hecho de haber sido captado por una secta. Creo que este término, “secta”, es apropiado para tratar del Opus Dei, por más que forme parte oficial de la estructura católica –además de la vieja cuestión: toda religión no deja de ser, con mayor o menor intensidad, un tipo de secta–. Y abro aquí otro paréntesis: cuando ahora, en la vida adulta, lejos ya de la religión, me encuentro a menudo rodeado de creyentes, mi antiguo sentimiento de vergüenza se convierte en cierta sensación de alivio, y de orgullo, en cuanto que he llevado las cosas tan lejos como he sido capaz.

En mi primera adolescencia, antes de ser del Opus Dei, fui de los boy scouts. Iba en Huesca al colegio de San Viator, y al grupo de los boy scouts de San Viator, y me veía a mí mismo en el futuro como misionero en África. Recuerdo mi decisión íntima, propia de esa edad, de no vestir nunca corbata, en la medida en que esa prenda representaba la vida convencional de los mayores. También pensaba que de ninguna manera iba conmigo tener una familia. Todo esto lo digo sin ninguna clase de orgullo, porque hoy, a mis cuarenta y cinco años, no concibo un modo de vida más alto que el del hombre que viste una corbata bonita, tiene hijos y colabora en el bien del mundo. Por otra parte me pregunto si mi inclinación temprana hacia el desprecio de la vida burguesa y los placeres pequeños de la vida tiene que ver con la educación y cierta tradición española, esa que nos lleva al arrebato místico o revolucionario, y que hace siglos miró con desdén el trabajo físico o mercantil. Alexandr Herzen escribió en sus memorias que a los españoles no nos gustaba vivir en libertad, sino que lo que nos gustaba era luchar por la libertad. Desde que leí esa reflexión no hay día que no me venga a la cabeza por un motivo u otro. Por otra parte, también me ha resultado muy aleccionadora la experiencia de entrar en las salas de pintura española que hay en los museos de otros países: darse de bruces con esa pintura contrarreformista, los rostros desencajados que miran al más allá, el virtuosismo en la reproducción de los hábitos de frailes y eremitas, el prodigio en el retrato de la aspereza, de la llaga y de la negación de este mundo. Pero, en fin, todo esto no son más que ideas.

Debía de tener doce o trece años cuando recorté un anuncio del periódico en el que se ofrecían cursos de idiomas. Uno rellenaba la casilla del idioma que deseaba aprender y recibía en casa, gratuitamente, el primer fascículo del curso. Aparecían lenguas de los cinco continentes, y yo, en coherencia con mi idea de ser misionero, solicité el fascículo de no recuerdo qué lengua africana. Unas semanas después llegó a casa. Es el primer envío del que tengo memoria de algo que venía a mi nombre. En aquellas páginas, junto a las primeras nociones idiomáticas, aparecían fotografías de tribus y de ciudades de población negra. Mientras viví en la casa de mis padres, hasta los diecisiete años, conservé ese fascículo. Pero un poco antes, cuando me incorporé al Opus Dei a través de algunos de mis amigos de infancia, aquellos paisajes africanos dejaron de ser un objetivo en mi vida. El Opus Dei proponía que la vía de santificación debía ser el trabajo y las cosas pequeñas y cotidianas, y no marcharse sin más a un lugar lejano o miserable. Y lo cierto es que aquel mensaje me sigue pareciendo hoy, desde un espíritu liberal, bastante aceptable.

Uno de mis amigos pertenecía a una de las familias del Opus Dei más influyentes de la ciudad. Su padre era un alto cargo de una caja de ahorros local. Esta familia tenía a las afueras de Huesca una finca, con piscina y pista de tenis, a la que íbamos con frecuencia. Desde muy pronto me incorporé a las charlas, meditaciones y actividades que aquella organización llevaba a cabo en el piso que tenía en la calle Barbastro, “el club”, como ellos llaman a menudo a sus sedes. Con dieciséis años me propusieron “pitar”, que es la expresión que usan para referirse al acto de hacerse miembro. El club de Huesca era atendido por miembros numerarios que venían en coche desde Zaragoza, porque dependíamos de otro piso o centro que estaba en el paseo de la Independencia de esa ciudad. Me preguntaron cuál era mi decisión, y en cuanto manifesté mi disposición a incorporarme me subieron a un coche y, sin que mis padres tuviesen conocimiento de ese viaje, me llevaron a la sede de Zaragoza. Me hicieron pasar a un despacho, recibí abrazos e instrucciones, y al final me dejaron a solas frente a una mesa de madera, una cuartilla de papel y una pluma de tinta negra. Debía escribir una carta dirigida al prelado de la organización en la que expresase mi deseo de pertenecer a ella, y es lo que hice. A partir de entonces adopté la costumbre de escribir con pluma, y más adelante, siendo ya escritor, en los periodos en que dejo a un lado el ordenador y anoto en cuadernos y cuartillas apuntes que no sé adónde me han de conducir, no puedo dejar de pensar que, en el fondo, con esa tinta negra, trato de reescribir o reconducir aquella carta que me llevaron a escribir a Zaragoza. Aunque no existía entonces la autovía que une Huesca y Zaragoza y se circulaba despacio, consiguieron dejarme esa noche en la puerta de mi casa a una hora razonable, de manera que no tuve que dar explicaciones. De algún modo, me sentía feliz. Y si bien después me he arrepentido de todos estos pasos que di, hay cosas que con el tiempo me han llevado a quitarles gravedad. Porque las experiencias alienantes no son patrimonio de la religión, y lo cierto es que no he dejado de encontrarme con personas que renuncian a su autonomía personal en nombre de ideologías totalitarias o de identidad colectiva. Por otra parte, diré que cuando veinticinco años después de dejar el colegio nos juntamos en una comida los compañeros de clase de San Viator, tuve la sensación de que en las horas que duró aquel encuentro reprodujimos, como una larva que ha permanecido latente y despertase, ciertas actitudes y un orden de relaciones que, bien pensado, difícilmente podrían haberme conducido a un camino distinto del que seguí.

Después de escribir aquella carta permanecí durante tres años en la organización. Mientras estuve en Huesca, me levantaba muy temprano para ir a misa antes de empezar las clases –iba al convento de las carmelitas, junto al edificio del casino donde mi padre acudía cada tarde para hacer tertulia y jugar a las cartas–. En el torno de las carmelitas compré mis instrumentos de mortificación: un cilicio con púas de alambre y unas disciplinas de cáñamo con las puntas enceradas. Las medidas de ascetismo que debía seguir incluían la ducha fría por la mañana. En fin, no me alargaré, el lector se puede imaginar de qué iba aquello. Muchos fines de semana subíamos al santuario de Torreciudad, y, vestido con chaqueta y corbata, colaboraba en las labores organizativas y animaba a los visitantes a utilizar los confesionarios. Después fui a la universidad que el Opus Dei tiene en Pamplona. Me matriculé en periodismo, pero justo antes de empezar las clases, después de una iluminación súbita que tuve durante una noche –una iluminación no religiosa, pero viva y que recuerdo con nitidez–, decidí cambiarme a la carrera de filosofía, que podía estudiar en el mismo campus. Dentro de la organización trataron de disuadirme, quizá porque pensaban que para mi carácter, ya de por sí tendente al ensimismamiento y la abstracción, no eran los estudios más adecuados. Desde el periodismo, me decían, podía hacer una mayor labor como persona “de criterio”, es decir, como católico de la Obra. El caso es que me mantuve firme y la organización, entendiendo que aquel era un campo profesional en el que yo tenía autonomía, acabó respetando mi decisión. Yo tenía una idea vaga de que quería dedicarme a escribir. Cuando la universidad aceptó mi matrícula en filosofía pensaba que se me abría el paso a un mundo muy sugerente de conocimientos, y volvía a sentirme excitado y feliz.

En el colegio mayor cada día llevaba a cabo los rituales religiosos propios de los miembros de la organización, que empezaban por la mañana con una misa en latín. Yo sobrellevaba bien las ceremonias y las sesiones de meditación, en cuanto que eran algo personal, por así decirlo, pero me desasosegaba en las labores de proselitismo que teníamos que hacer: la captación de nuevos miembros. Cuando debía dar explicaciones a mi superior sobre los pasos que había dado cada semana en este sentido, invitando a las charlas a compañeros escogidos de mi clase, bien sea en el instituto o, luego, en la facultad, a menudo no podía ofrecer más que excusas. Cuando más tarde me fui de la Obra, mientras estudiaba el segundo curso de la carrera, dejar atrás este aspecto de propaganda o apostolado fue lo que me produjo un mayor e inmediato alivio. Pero no fue hasta veinte años después cuando acabé de comprender el paso que había dado en mi renuncia a la propaganda ideológica. Sucedió en Zaragoza, mientras paseaba con el escritor Félix Romeo por el barrio de La Magdalena. Vimos a un grupo de jóvenes anarquistas pegar carteles en una pared, y Félix comentó: “Si son proselitistas no son anarquistas.” No hablamos más sobre ello, pero silenciosamente sentí una pequeña conmoción. Efectivamente, yo ya no formaba parte de aquel lado grupal o sectario –al margen de las ideas que se defiendan o la estética de la que se acompañen–, y sentía que había conquistado algo a lo que nunca volvería a renunciar. Entiendo que, esencialmente, en eso consiste el liberalismo: en la posibilidad de que cada individuo pueda buscar la verdad y la felicidad por sí mismo, anteponiendo la conversación con los demás al adoctrinamiento. Quizá la idea que tenía Félix de anarquismo, cuando dijo aquello, fuese algo particular –él había leído muy tempranamente a Thomas Szasz–, pero me pareció luminosa y liberadora en ese punto.

 Diré, no obstante, que no todo fue Opus durante mi adolescencia. He nombrado mis salidas con los boy scouts, que, igual que otras muchas cosas que viví, podrían dar pie a un relato propio. Con catorce años leí Escuela de robinsones, de Julio Verne. Creo que no me enteré mucho del contenido de aquella obra, pero me despertó una inquietud que me llevó a escribir mi primer texto amplio, una especie de cuaderno-diario en el que recogía reflexiones y citas. A diferencia de mi hermano mayor, que leía series enteras de libros juveniles, como la de Los Hollister, yo era un lector perezoso, hasta que de pronto, de una manera un tanto desorientada, comencé a sentir interés por los clásicos y por la literatura adulta. En mi casa se compraba la prensa local, pero los domingos empezamos mi hermano mayor y yo a comprar por nuestra cuenta El País. Yo iba guardando los suplementos, con sus reportajes fotográficos a color, como algo valioso que me acompañaba, aunque tampoco sabría decir qué leía exactamente de aquellas publicaciones. Parte de mi captación en el Opus Dei fue precisamente por medio del interés que vieron que tenía por los libros. Uno de los que venían de la sede de Zaragoza, antropólogo de profesión, me iba pasando volúmenes de autores griegos y dedicaba ratos largos a sentarse conmigo en uno de los sillones del club para tratar, por ejemplo, sobre las diferencias entre Sófocles y Esquilo. No es extraño que yo pensase que aquel fuese un lugar adecuado para mí. Mis notas en los exámenes del bachillerato, por otra parte, empezaron a mejorar, y en mi casa mis padres no mostraron reparos a que me adentrase por un camino que, quizá desde su punto de vista, me mantenía apartado de malas influencias, parecía ir con mi carácter y, como alguna vez dijeron medio en broma medio en serio, bien podía asegurarme la vida.

Mentiría si dijese que fui yo quien dio el primer paso para dejar el Opus Dei, en un acto de lucidez y de personalidad propia. Si así hubiese sido, habría sido sencillo para mí dar esa etapa por clausurada, como quien pasa un virus de juventud. Lo que sucedió es que fueron ellos los que, sin llegar a echarme abiertamente, me propusieron que me fuese, de modo que aun después de haberme ido seguía de algún modo estando, y tuve que recorrer por mi cuenta, por así decirlo, el camino mental de salida que me quedaba por hacer. Yo había propiciado, de modo consciente o no, esa cadena de acontecimientos. Había pasado a no ser un buen numerario de la organización porque no cumplía con la castidad adecuadamente, ni hacía proselitismo –como ya he contado–, ni mantenía la concentración en los oficios religiosos, además de que había empezado a leer libros de literatura y pensamiento sin contar con el permiso de mis superiores, títulos de los que se consideraban “peligrosos”. Sé que todo esto suena hoy raro y ridículo, y que la España de los ochenta, la época de la que hablo, era la de la Movida y la agitación nocturna, pero esta otra parte de la realidad también existía. De modo que, como digo, la organización me dio un ultimátum, y yo atravesé esa puerta que se me dejó abierta. Recuerdo la última charla en el despacho del director del colegio mayor, que venía a ser un gran centro del Opus Dei solo para numerarios. Ese director, un hombre andaluz, apuesto, que a mis ojos hablaba con el aplomo de un Séneca, me hizo llorar. Me dijo que él no dudaba de que yo tenía vocación para la vida que había elegido, y que en ningún sitio al que fuese, si me iba, sería del todo feliz –dijo esto mientras yo, que me había levantado del sofá que compartíamos, miraba por la ventana del despacho hacia la hierba del campus y, más allá, a la ciudad, con todo lo que esa visión prometía–. El lector podrá pensar que ese director era un hombre pérfido y despreciable por decir aquello a un joven que todavía no había cumplido los veinte años. Pero, en cierto sentido, tenía razón. Porque en ese orden religioso yo había alcanzado una clase de bienestar que no se puede dejar atrás como una cosa más. La labor que tenía por delante era desbrozar, limpiar esa felicidad que creía haber encontrado de todo lo espurio, lastrante y doctrinal que se había añadido a ella. Sencillamente, había que ser un hombre: ese no ser feliz nunca del todo en que consiste la felicidad humana, ese poso de tristeza que, sobre el placer de vivir, no cambiaríamos por ninguna otra cosa. Y que es, de algún modo, lo que nos lleva a amar.

En cuanto pude me fui a Madrid a continuar los estudios y a cambiar de aires, y no volví a tener trato con aquella organización. De vez en cuando, a lo largo de los años, me encuentro por azar con algún antiguo miembro. La verdad es que con quienes se han salido tengo poco interés en remover recuerdos o buscar complicidades, y con quienes siguen dentro no puedo sino sonreírme amargamente cuando, al poco de cruzar unas frases, compruebo que todo su interés va orientado hacia alguna forma de recaptación. De hecho, es muy raro que yo hable de mis años en el Opus Dei, y si lo hago ahora es por si a alguien le entretiene o saca de todo esto algo de luz. ~

 

 

 

 

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