Progreso y autonomía | Letras Libres
artículo no publicado

Progreso y autonomía

 

El siglo XX produjo más toneladas de alimentos que nunca, y hambrunas nunca vistas. En el Segundo Plan Quinquenal de China (el Gran Salto Adelante para industrializar el campo), más de veinte millones de campesinos murieron de hambre. La cifra para el siglo en todo el planeta rebasó los cincuenta millones, la mayor parte en Asia, Europa comunista y África.

Amartya Sen (Development as freedom) explica la paradoja. Las hambrunas son desastres logísticos. Puede haber alimentos de sobra, pero no la capacidad de llevarlos oportunamente a donde hacen falta. Con frecuencia, el problema surge por una catástrofe natural, pero lo decisivo es la mala administración. “Las hambrunas son, de hecho, tan fáciles de evitar que dejar que sucedan resulta sorprendente.”

Hay un ejemplo bíblico de buena administración. El faraón de Egipto tuvo un sueño perturbador: siete vacas gordas devoradas por siete vacas flacas (Génesis 41). José lo interpretó como premonición: venían siete años de grandes cosechas y siete de hambre. Recomendó que en los años de abundancia se acumularan reservas de trigo con la quinta parte de las cosechas, y así evitó la hambruna siete años después.

José pudo haberse limitado a compartir la angustia del faraón, sin entender lo que estaba pasando. O pudo comprender y aceptar la tragedia resignadamente, como si fuera la voluntad de Dios. O pudo proponer una tontería. Todo problema puede ser claro, confuso o invisible, prestarse a definiciones diferentes (y aun opuestas) y llevar a distintas soluciones, o a ninguna, o a remedios peores que el problema. Las mejores soluciones parten de un buen diagnóstico, de los recursos disponibles y de una actitud pronta, no pasiva.

La población desnutrida (la octava parte de la mundial: 800 millones de personas) es también la que vive con un dólar diario (o menos), porque la desnutrición es causa y efecto de la pobreza (FAQ, The state of food insecurity in the world 2006). La desnutrición limita el desarrollo de las personas, las hace vulnerables a enfermedades y accidentes, acorta la vida y disminuye la vitalidad. Sin embargo, ha sido poco visible, porque sus privaciones no tienen los efectos extremos de las hambrunas, ni se concentran de manera fulminante en un lugar y momento. Frente a las hambrunas, que son evidentemente anormales, la desnutrición y la pobreza han sido vistas como normales (algo que pertenece al orden natural de las cosas); o, en todo caso, como irremediables.

Naturalmente, si la pobreza es invisible o parece natural, el problema no existe. Si se atribuye al alcohol, la imprevisión o la falta de espíritu laborioso, resulta merecida. Si se toma como un castigo de Dios, parece irremediable. Si es vista como despojo, lo importante es reparar la injusticia, no remediar la pobreza. Si se confunde con la desigualdad, no puede haber solución hasta que cambie el régimen político (o la naturaleza humana). Si es vista como incultura, todo es inútil sin educación, mucha educación.

Paradójicamente, una actitud opuesta al fatalismo puede tener efectos (exteriores) parecidos. La pobreza voluntaria de Buda, de Diógenes, de los estoicos y de los primeros monjes cristianos transformó el problema en solución. Lo importante es la liberación personal, no la abundancia de cosas que no valen ni hacen falta. Un deportista se priva de muchas cosas y se vuelve más dueño de sí mismo. (La palabra asceta viene del griego asketés, el que hace ejercicios para estar en forma.)

Esta tradición se renueva en Gandhi, con resonancias románticas y políticas (Hind swaraj or Indian home rule, 1908). La autonomía (swaraj) de las personas, de las aldeas tradicionales y de la India es un ideal superior al progreso que trajeron los ingleses. “No necesariamente un hombre es infeliz porque sea pobre, o feliz porque sea rico.” No tenemos nada que aprender de los ingleses. Son ellos los que tienen que aprender de nuestra cultura tradicional.

Gandhi se refería, naturalmente, a los ingleses que dominaban la India, y la hacían retroceder imponiendo el ferrocarril, la maquinaria industrial, los hospitales, las universidades, las cámaras legislativas, los tribunales: todo lo que destruye la autonomía personal y social. Pero admiraba a otros ingleses, de los cuales aprendió: los anarquistas, los tolstoyanos y los críticos de la economía moderna, especialmente John Ruskin, que pasó del análisis de la pintura moderna a The political economy of art (1857) y Unto this last (1860), una crítica de Adam Smith, David Ricardo y John Stuart Mill. La revolución industrial y el imperialismo napoleónico movieron a los románticos a la crítica del progreso y a revalorar lo medieval, las tradiciones populares, las artesanías, la vida del campo y la naturaleza.

Gandhi no estaba en contra de la innovación dentro de la cultura tradicional, si el progreso era auténtico y autónomo. Hay un ejemplo ilustrativo, aunque remoto y poco gandhiano (porque Gandhi rechazaba las armas). Los apaches no tenían caballos ni rifles cuando llegaron los ingleses. Pero se los tomaron, y aprendieron a montar y combatirlos con armas de fuego. Este ejemplo ilustra, en primer lugar, la autonomía, porque las innovaciones que llegan del exterior no las imponen los ingleses: las adoptan los apaches por su cuenta y contra los ingleses. También ilustra (anticipadamente) el concepto de tecnología apropiada. Los apaches eran nómadas y cazadores. El caballo y el rifle resultaban perfectos para su forma tradicional de vivir. Inteligentemente, no los vieron como peligros para su identidad, sino como recursos para su autonomía.

Otro ejemplo de tecnología apropiada fueron las innovaciones productivas y de mercado que introdujo Vasco de Quiroga en la Nueva España. Resultaron perfectas para las tradiciones artesanales y comerciales de las culturas indígenas sedentarias. Don Vasco, un abogado y crítico social de convicciones religiosas (como Tomás Moro y como Gandhi), admiraba a los indios, porque no veía en ellos “nuestros tráfagos, codicias y ambiciones”; y pensaba que sus admirables cualidades debían conservarse, “convirtiéndoles todo lo bueno que tuviesen en mejor, y no quitándoles lo bueno que tengan, que nosotros deberíamos tener” (Información en derecho, 1535). Inspirado en la Utopía (1516) de Moro (un inglés del cual aprendió), organizó en Michoacán un sistema de pueblos que producían (además de sus propios alimentos) una artesanía en la cual se especializaban, para su propio uso y para comerciar entre sí. El mercado regional de manufacturas ligeras producidas localmente mejoró la vida de los pueblos, renovó sus tradiciones y reforzó su autonomía.

Las innovaciones pueden ser rechazadas por venir del exterior o por el mero hecho de ser innovaciones, ignorando que todas las personas y culturas están constituidas por su capacidad creadora, la herencia de innovaciones conservadas y renovadas, la imitación de innovaciones observadas en otros, así como los inventos y descubrimientos propios. La forma de ser (personal y de la tribu) requiere estabilidad y continuidad; pero no es fija, sino cambiante poco a poco, a lo largo de la vida y de la historia.

Hay una cerrazón recíproca: la imposición del cambio, desde arriba o desde afuera. Desaprovecha el capital físico y cultural existente, rompe la estabilidad de la forma de ser, desquicia el sentido de orientación para actuar, inhibe la creatividad y destruye la autonomía. Esta destrucción puede ser intencional, cuando se trata de someter y explotar. O involuntaria, cuando se trata de ayudar y liberar. Los desastres agrícolas planificados por las burocracias comunistas se remontan a los prejuicios progresistas de Marx y Engels, que admiraban a los ingleses industrializadores y despreciaban “la idiotez de la vida del campo” (Manifiesto comunista, 1848).

La cerrazón bien intencionada quiere ayudar a los pobres, pero no es capaz de admirarlos. Es una falta de realismo. Ignora a qué juegan, qué quieren, cuáles son sus proyectos, cómo se las arreglan para conseguir sus resultados, cómo les gusta operar, qué les sale bien, de qué recursos disponen y cuáles otros (que puedan adquirir y manejar para mejorar su situación) encajan en su forma de ser. Muchas buenas intenciones fracasan por el narcisismo personal, institucional o tribal de los que quieren ayudar. Y los fracasos suelen atribuirse a deficiencias de los pobres: a su incultura y costumbres inadaptadas al progreso. Pero los fracasos no se deben a sus limitaciones culturales, sino a las nuestras.

Es un prejuicio progresista creer que lo más grande, reciente, costoso, automatizado, centralizado, piramidado o escolarizado es mejor, y más aún si tiene la garantía de que funciona en los países avanzados. El siglo XX transformó la vulgata que venía de la Ilustración en burocracias autoritarias (públicas y privadas) que imponen el progreso. Las armas, el petróleo y los recursos naturales sirvieron para construir pirámides administrativas de una escala aplastante. El gigantismo institucional rebasó los proyectos faraónicos del antiguo Egipto.

Contra el progreso autoritario, surgió un movimiento juvenil que retomó las banderas románticas y se manifestó mundialmente en 1968. La crítica se dio en muchos frentes: en la conducta personal, en las ideas, en acciones cooperativas o insurreccionales. Por lo que hace a la pobreza, las comunas jipis y los focos guerrilleros resultaron decepcionantes. Pero las ideas de Iván Illich, E.F. Schumacher y otros hicieron que la pobreza tradicional fuera vista con otros ojos: desde abajo, desde la autonomía. Sus diagnósticos inspiraron muchas soluciones realistas e imaginativas.

Deschooling society (1971) de Illich sacudió a los lectores, y se comprende. La escolarización era y sigue siendo una vaca sagrada del progreso. Arremeter contra la venerable institución, y más aún habiendo sido vicerrector de la Universidad Católica de Puerto Rico, fue un escándalo. Parecía absurdo y puramente negativo, a pesar de propuestas sensatas como crear redes de aprendizaje (learning webs, cuando nadie soñaba en la web, la Wikipedia, YouTube, wikiHow y lo que venga): sistemas educativos horizontales, en vez de verticales, para liberar el apetito de aprender, reprimido en las aulas.

Para bien y para mal, todos nos educamos a todos. Al convivir, se aprende a hablar (algo más difícil que aprender a leer), así como a fumar y muchas otras cosas de las que no hay lecciones en las aulas. (Paul Goodman, que fue maestro de escuela, decía que, si los niños aprendieran a hablar en la escuela, serían tartamudos.) En Tools for conviviality (1973), Illich extendió su crítica a todos los útiles, instituciones y procedimientos. Tanto la tecnología arcaica (la cocina) como la moderna (el teléfono) han producido útiles conviviales, y eso es lo importante: que se puedan dominar, en vez de dominarnos, como los aparatos gigantescos (físicos o institucionales) que rebasan a las personas, las desquician y las vuelven pasivas.

Small is beautiful: Economics as if people mattered (1973) de Schumacher llamó la atención desde el título, negador del prejuicio a favor de lo grande, como la frase Black is beautiful negaba el prejuicio racial. Fue la autocrítica de un economista profesional y alto funcionario británico que llegó a Birmania (hoy Myanmar) para ayudar a los pobres, y fue capaz de admirarlos. ¿Cómo podemos ayudarles si son más felices que nosotros? Inspirado en Gandhi, se planteó una “economía budista” cuya finalidad fuese maximizar el bienestar minimizando el consumo de energía y recursos naturales. Propuso crear una “tecnología apropiada” para la pobreza, que mejore las soluciones tradicionales, conservando su escala humana. ~