Precursores reaccionarios | Letras Libres
artículo no publicado

Precursores reaccionarios

La obra entera de Jorge Luis Borges puede leerse como una Biblia donde las frases resultarían proféticas, una forma prestigiosa de la esticomancia –extraño nombre para la superstición adivinatoria consistente en abrir las páginas de un libro al azar e interpretar las líneas encontradas como una orientación profética–, o bien servirían de cimiento a cánones. Pretender ambas directrices es una condición paradójica, ya que esta escritura en apariencia tan dogmática, por sentenciosa, obra exactamente al contrario, en tanto nos obliga a pensar, mientras que los dogmas petrifican.

No sólo cada escritor inventa a sus precursores, como asegura Borges en el conocido ensayo “Kafka y sus precursores” (que incluyó en Otras inquisiciones); habría que acotar: cada tradición se ocupa de revisar sus fundamentos y de trazar genealogías generativas. Podríamos postular, hoy que la teoría de redes es un modelo que afecta nuestra forma de relacionarnos, que toda tradición es una red que se crea conforme los nodos cambian; en este ejemplo las poéticas, las tradiciones emergentes.

En Rebirth of Cool Phive, una compilación de temas de down tempo y trip hop que en el momento de su aparición fue decisiva como antología canónica del neocool –donde se incluían Massive Attack, Postishead y Tricky–, se incluye una canción de Paul Weller de su álbum debut como solista: “Kosmos”, en versión remix y tamizada por secuencias sicodélicas invitando al viaje. En algún momento escribí que “I can’t control myself” de The Troggs o “C’mon Everybody” de Eddie Cochran, el uno un grupo de mitad de los sesenta, el otro uno de los rockeros fundadores, eran canciones protopunks, una cualidad que los sendos covers de The Ramones y The Sex Pistols patentizaron.

Si la labor de los precursores “modifica nuestra concepción del pasado como ha de modificar el futuro” (Borges dixit), ello se debe a que los forzamos a entablar diálogo con nosotros. Troggs no eran protopunks por más que nos afanemos en remontar la raigambre del movimiento. Weller tampoco fundó el acid jazz. Esos ritmos no eran contemporáneos de estos músicos, cada uno ancilado a su época: somos nosotros quienes queremos localizar en ellos antecedentes de nuestra contemporaneidad. Somos nosotros quienes al leer reconocemos nuestro presente.

La crítica no deja de ser en este sentido una puesta en juego de reconocimiento precursor. Los ejemplos se multiplicarían al infinito en esa biblioteca de espejos que es toda mirada retrospectiva: si en los campos de la música podemos encontrar a cantantes como Scott Walker –y su barroquísima forma de conciliar la tradición de la canción popular norteamericana con la chanson francesa– como antecedentes de R.E.M. o Jarvis Cocker, en los terrenos literarios hemos encontrado a Herman Melville como un antecedente de la literatura kafkiana, en Bartleby, y de las teorías sobre la dualidad de los personajes, en Los impostores –teoría a la que el propio Borges no era ajeno, si recordamos el cuento “Los téologos”. Si es recomendable que cada generación de poetas emprenda su propia antología como sedimentación y reconocimiento de una nueva fundación, se impone que cada tradición sea revisada a la luz que el pasado proyecta sobre el presente. Esa es nuestra manera de leer: una consideración de los clásicos bajo la luz de los modernos y contemporáneos. Y una forma muy distinta de reconsiderar los cada vez más convencionales y caducos conceptos de influencia e imitación.

– José Homero

The Troggs