Postmodernidad y Revolución cultural | Letras Libres
artículo no publicado

Postmodernidad y Revolución cultural

Todos nos hemos constituido en el Marx de la crítica social, pero nadie se anima a asumir el costo de ser el Lenin de la acción política.

En México no hay actor más inmerso en la postmodernidad que el gobierno federal. Seguramente el primer círculo del presidente se educó en la filosofía del lenguaje y por ello ha desarrollado una marcada tendencia a apostar casi todo el capital político del Ejecutivo en la capacidad "performativa" de su discurso. Es ya lugar común repetir que el gobierno de Enrique Peña Nieto pensó que bastaba decir “progreso” para convocar flujos de inversión y empezar a mover los aletargados engranajes de la economía; que era suficiente con enunciar “seguridad” para que los criminales y sus cómplices en el gobierno moderaran sus impulsos depredadores; que no había más que repetir “transparencia” para que las casas blancas del gabinete fueran en efecto casi invisibles al ojo público.

Ya los antiguos mexicanos conocían el poder de la palabra y por ello llamaron a su soberano “El Gran Hablador”, el que nombra cosas y les infunde vida con sus enunciados todopoderosos. Los presidentes del periodo clásico del PRI no se quedaron atrás; fecundaron el suelo seco y duro de la patria con sus discursos de justicia social, modernidad y desarrollo. Sin embargo, fieles a la máxima “a Dios rogando y con el mazo dando”, los priístas de rancia tradición contaban con una enorme maquinaria política que ponía el cuerpo ahí donde las palabras no alcanzaban a obrar prodigios. Sindicatos y corporaciones de todo tipo, estructuras de movilización territorial, pactos cupulares, cadenas de mando a prueba de deslealtades, etcétera; todos esos elementos de una materialidad abrumadora respaldaban la función creadora del discurso.

Sin embargo, todo lo sólido se desvaneció en el aire, y la segunda venida del PRI no parece ser más que discurso puro. Lo curioso es que la oposición más dura a la gestión de Enrique Peña Nieto está librando la batalla en el mismo terreno. Cada intento presidencial por posicionar un relato sobre los graves problemas del país es intensamente combatido por un contrarrelato que apunta a las antípodas del mensaje original. No hay un debate público, sino una batalla por la hegemonía a través del discurso.

En principio, los logros de la oposición desinflando el discurso gubernamental, sobretodo en torno a la tragedia de Iguala, deben celebrarse. El control del discurso público fue uno de los pilares del régimen autoritario del PRI durante la mayor parte del siglo XX, pero lo que no termina de quedar claro es en qué medida los triunfos contrahegemónicos de la movilización social contemporánea tienen una función creadora más allá del mismo discurso.

Un artículo de Rafael Lemus, publicado en Sin Embargo hace unos días, conceptualiza claramente lo que está en juego para el movimiento actual en términos de la disputa por la hegemonía en el relato sobre Ayotzinapa. Para Lemus, es posible distinguir tres interpretaciones de los hechos: la oficial, que solo reconoce un incidente aislado con actores locales; la de algunos intelectuales y columnistas que hablan de la falla estructural del Estado en la procuración de justicia; y la del movimiento social, que ve en los sucesos de Iguala un evento, en los términos del filósofo Alain Badiou:  “uno de esos acontecimientos excepcionales que –de algún modo desprendidos de la trama de causas y efectos– interrumpen tajantemente el curso de las cosas. No un hecho localizado sino una fractura que reconfigura el horizonte y parte en dos el tiempo. No un desperfecto que debe ser reparado para que todo vuelva una vez más al orden sino una explosión que supone el fin de ese orden y el anuncio de otro nuevo”.  

El reto entonces, dice Lemus, es mantenernos “fieles” al evento, repensando nuestra experiencia reciente y nuestra visión de futuro a la luz de la ruptura del orden de las cosas que se produjo tras los hechos de Iguala y las intensas movilizaciones sociales a las que dieron lugar. En el corto plazo, concretamente, esa fidelidad consiste en resistir la exigencia para pronunciarse por demandas claras y entrar en negociaciones con una agenda definida. En lugar de ello, el movimiento, “cuyo objetivo no es reparar la crisis de este régimen sino más bien agudizarla”, debe proseguir su "ejercicio radical de antagonismo democrático”. 

El texto en cuestión es un paso gigantesco con respecto a otras interpretaciones de columnistas más influidos por sus filias y fobias que por un bagaje crítico. Sin embargo, esa reflexión nos deja todavía parados en un punto precario: el lugar en que la teoría crítica nos ha permitido plantear la naturaleza del momento actual, pero la acción estratégica no termina de emerger para guiar los siguientes pasos.

Parafraseando a Zizek, ahora todos nos hemos constituido en el Marx de la crítica social, pero nadie se anima a asumir el costo de ser el Lenin de la acción política. Dar el siguiente paso, explícitamente político, implica materializar, deliberada y tácticamente, la victoria que se ha obtenido en la batalla por la hegemonía narrativa en una visión estructural e institucional de la trasformación que hará justicia al evento. Y esa materialización es riesgosa porque puede resultar en un fracaso total o parcial (una simple y llana derrota, la cooptación de la propuesta por actores dentro del statu quo, una victoria pírrica) o en una victoria que sin embargo no represente una ruptura fundamental con el régimen impugnado (como creo que pasaría si renunciara el presidente y la sucesión quedara en manos del Congreso).

Sin embargo, los problemas de mantenerse en el plano de la mera batalla discursiva son ya muy visibles. Por un lado, el movimiento puede quedar atrapado en una guerra de relatos reducidos a su versión mínima, como la guerra de hashtags (hasta el momento vamos en el #YaMeCansé7) en la que varios tuiteros pensaron que el futuro de la patria dependía de mantener un trending topic en la cima de la popularidad. Pero más grave aún es la posibilidad de que la materialización del movimiento ocurra de manera aislada y violenta, como la mini Revolución cultural que ya están llevando a cabo los sectores más radicales de los normalistas y el magisterio guerrerense, con sus desfiles de “infiltrados” amarrados y sus ataques y juicios sumarios a periodistas.

Es interesante que Alain Badiou sea el filósofo que informe la perspectiva de Lemus. Badiou, uno de los maoístas más radicales de Francia, se desencantó de la Revolución cultural al percatarse de que incluso esa explosión de igualitarismo comunista terminaba sucumbiendo a la racionalidad del Estado. Su inclusión entre los pensadores de la llamada postmodernidad se entiende en ese contexto de retiro parcial del pensamiento crítico del terreno propiamente político. ¿Qué pensará al ver que sus admirados Guardias Rojos no dejan de inspirar movimientos en otras partes del mundo?