Postales subterráneas | Letras Libres
artículo no publicado

Postales subterráneas

Dos conversaciones con dos peculiares trabajadores del Metro: una taquillera y un vagonero. 

Mari (no es su nombre real) viene de apoyo a la taquilla del Metro donde normalmente recargo mi tarjeta. Es una mujer de cuarenta años muy sonriente. Incluso dibujó una carita alegre en un papel y lo pegó en el cristal de la taquilla. Casi no hay gente, es domingo en la mañana, y le pregunto con voz fuerte si es nueva. “Tengo veinte años trabajando aquí.” Le digo que si puedo hacerle una entrevista. “Si quieres, pero no puedo salir”.

—El Metro está muy mal, le digo. Los vagones fallan, los vendedores ambulantes lo han hecho su casa y ustedes son la única cara de humana del Metro con la cual uno puede quejarse.

—Es muy fácil acusarnos de todo. La mayoría no tiene idea de lo que es trabajar aquí. No somos libres ni de salir al baño ni de comer. Imagínate lo que significa ir a orinar en una estación donde el baño está hasta el otro lado. Por ejemplo en esta. No puedo ir cuando quiera, sino cuando el flujo de gente haya bajado. Entonces salgo, subo la escalera eléctrica y voy a donde está. Regreso y cuando ya estoy acá hay una fila de gente enojada conmigo. En tu trabajo, cuando vas al baño no pasa eso, ¿verdad?

El Metro de la ciudad de México en el 2006 ocupó el tercer lugar a nivel mundial en captación de usuarios. Transporta diariamente un promedio 3,9 millones de pasajeros al día, solo Nueva York, Moscú y Tokio pueden semejar esas cifras. Es el quinto más grande a nivel mundial.

—¿La gente dice que se la pasan hablando por teléfono todo el día? Le digo después de que un par de usuarios compraron boletos.

 —Somos el enlace telefónico entre todo el personal del Metro con la estación, es decir vigilantes, policías, jefes de estación, técnicos y demás. Nosotras mantenemos conectadas todas las partes del sistema colectivo. Además, la verdad es un trabajo rutinario y cansado. La gente no lo entiende pero el Metro está muy mal y nosotras no tenemos la culpa.

Me señala un papel pegado en la taquilla de junto que anuncia como el Sindicato se deslinda del aumento al boleto y de cómo las reparaciones que están haciendo son simple maquillaje: se pone nuevas escaleras eléctricas pero no se reparan vagones y vías.

—Hace años había personal suficiente para cubrir la salida al baño y ahora por presupuesto han reducido la plantilla a un grado risible. Quitaron muchas auxiliares porque para la nueva administración supuestamente, no son necesarias.

—¿Qué hay de cierto que ustedes quebraron las máquinas de recarga de tarjetas?

—Mira, el nuevo sistema de cobro para la tarjeta es muy precario por eso hay tantos problemas. A las maquinas de recarga se les olvido ponerle una función de cancelar. Por eso si te equivocas a la hora de pedir tu recarga no se puede hacer nada. Las máquinas automáticas nos ayudaban al principio pero luego fueron una carga. La gente las destruía o se quedaban con el cambio o fallaban y con quién crees que venían a quejarse, con nosotras. Tenemos únicamente 12 técnicos de sistemas para atender las fallas de más de 330 taquillas. La gente no entiende que con quién deben quejarse no es con nosotras, es con la administración. En el Metrobús si falla la máquina no se quejan con nadie.

La gente comienza a acumularse así que me despido estirando la mano y con sonoro gracias.

 

II

 

Conocí a Memo (no es su nombre real) cuando coincidimos en un trabajo. Memo es delgado, pequeño y no pasa de los treinta años. Es un lector de escritores clásicos, formado con publicaciones de Porrua y Editores Mexicanos Unidos. Alguna vez, regresando del trabajo, subimos al mismo vagón del Metro y al ver a un vendedor ambulante me quejé de ellos. Él se rió y me dijo: Yo fui vagonero durante dos años.

—¿Por qué te metiste como vagonero?, le pregunté

—Llevaba ya un buen tiempo sin trabajo. Yo acabé la preparatoria, pero dejé trunca la universidad. Así que no era fácil conseguir donde emplearme. Trabajé en una fábrica pero es terrible. Son más de ocho horas, con un salario mísero y acabas molido. Ya no me quedaba tiempo para nada. Llegaba a casa y lo que quería era dormir. Ni leía.

—No me digas que también querías ser escritor.

—No, no, cómo crees. Pero bueno, siempre me ha gustado leer, en especial poesía y pues ya no podía. Escribo poemitas y cosas así, pero para mí, no para enseñarlos. Pero fíjate que eso de leer me trajo problemas cuando trabajé de vagonero. Los compañeros no son muy afectos a leer. Más bien les gusta cotorrear chicas y beber. Eso siempre era un imperativo, beber y platicar con ellos.

—¿Dónde beben?

—Pues adentro del Metro. Cuando eres vagonero vives literalmente dentro de las estaciones, en los vagones, todo el tiempo. Es un trabajo que requiere que estés la mayor parte del tiempo bajo tierra. No puedes desaparecerte porque pierdes tu lugar. Los líderes te dicen que “hay que trabajar la línea” porque si no la pierdes.

—¿Trabajar la línea?

—Sí, mira, yo trabajé en la línea azul, que es la segunda más solicitada, después de la rosa, porque es en las que más se vende. Entonces hay una cantidad determinada de vendedores y cada uno tiene su lugar. Si te fijas, todos entran ordenados y no se hacen sombra entre ellos. Si pierdes tu lugar otro siempre está esperando su oportunidad, así que no debes dejar de “trabajar la línea” porque otro entra en tu puesto. Yo la verdad es que sacaba muy rápido el dinero que necesitaba y me iba como a eso de las tres de la tarde. Les gustaba eso, porque deberías aguantar hasta tarde. Hay gente que empieza a las seis de la mañana y se va hasta que cierran. Si trabajos parejito ganas más que en otros empleos donde acabas molido. La verdad es que andar de vagonero si te deja bien.

—Pero ese trabajo no tiene seguro social, ni prestaciones, ni vacaciones.

—Pues sí, pero es eso o trabajar en otras cosas de más riesgo. La mayoría de los compañeros no pudieron estudiar y tienen familia que mantener. Muchos vienen del Estado de México y algunos de aquí mismo, del D.F para trabajar, porque no tiene otra forma de ganarse el dinero.

—¿Me decías que por leer tenías problemas?

—Pues sí porque no es bien visto. Si lees creen que te sientes más que ellos. Si no tomas también es una ofensa y más no ser religioso. Ellos cada año hacen una peregrinación a la Virgen de Juquila.

Todos se cooperan para eso. A mí nunca me tuvieron en muy alta estima porque no compartía sus mismas creencias. Es muy pesado, se crea una comunidad donde todos deben de ser iguales y no haber fisuras.. Había antes magos, payasos y estudiantes que tocaban en la ruta. Los dejan que vayan una o dos veces pero más no. Los amenazan y los corren. Es que los vagoneros tiene que dar dinero para que los dejen estar ahí y pues estos no. Entonces no se les hace justo.

—¿Y dónde consiguen lo que venden?

—Pues fíjate que le van cambiando. Los discos piratas y las bocinas en Tepito. Hay incluso un tipo que las hace a pedido. Los dulces en las dulcerías que están entre San Antonio Abad, Chabacano y Viaducto. El resto de chácharas pues con gente que va a vender a granel en el Metro San Antonio, abajito en los puentes. Siempre hay algo nuevo, pelotitas, juguetes, en fin.

—Leí que hay alguien que les escribe lo que tiene que decir cuando venden.

—Pues un tiempo fui yo. A mí nunca me gustó vender chácharas, así que comencé a vender poesía. Compraba libros muy baratos de recopilaciones y eso era lo que movía en los vagones. Al principio se reían de mí “Eso no se te va a vender nada”, decían. Pero mira, me subía recitaba un poema, ya sea de Lorca o de Neruda y a la gente le gustaban y me los compraban. Los compañeros se sorprendían que acababa rápido. Así que poco a poco se me acercaban para pedirme un consejo y comencé a escribirles cosas para que vendieran. Ahora hay varios que van con libros, eso sí de Coelho o de Miguel Ruiz, pero bueno, ya son libros.

—¿Y porque te fuiste?

—Te comentaba antes, era muy pesado. No el trabajo, sino el ambiente. Además no es un trabajo para toda la vida. Tuve suerte y conseguí como librero.

 Me despedí de él y le dije que todo lo que me contó lo iba escribir como una entrevista. Se rió y me dijo, sí como no.