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artículo no publicado

Postales del linchamiento

En el año 2000 el anticuario James Allen organizó una exposición que recorrió los Estados Unidos para mostrar la historia de los linchamientos y denunciar que había sido eliminada.

Su estudio fotográfico se encontraba a unas calles de la plaza principal. Pudo escuchar cómo crecía, afuera y en medio de la noche, la determinación de cientos de pasos, el entusiasmo en las voces, la impaciencia de los gritos. Supo lo que iba a ocurrir. Tomó la mejor de sus cámaras, un flash, cualquier tripié y salió del estudio para sumarse a sus vecinos, que se dirigían a la cárcel del condado.

Un grupo de ciudadanos blancos acababa de tomar el edificio por la fuerza. Habían intimidado al alguacil y a la policía y ahora salían triunfantes, con tres afroamericanos acusados de violar y asesinar a una mujer, también blanca.[1] La multitud los recibió con insultos. Mientras los conducían al centro de la plaza, algunos los golpearon con palas, ladrillos, piedras o lo que tuvieran a la mano, otros corearon “negro barbecue”.

Uno de los vecinos tomó la palabra. Repasó los cargos contra los acusados y miró a los familiares de la víctima, quienes confirmaron la identidad de los criminales. Enseguida se organizó una votación para que los vecinos del condado determinaran su culpa o inocencia. Miles votaron a favor de su ejecución. De la rama de un roble colgaron las cuerdas que servirían de horcas, y el fotógrafo escogió el sitio que le permitiera tomar el mejor encuadre. Cayeron los cuerpos, tronaron los cuellos y estalló el flash de su cámara.

Muy pronto, los vecinos empezaron a arrancar jirones de ropa y trozos de cabello de los recién ejecutados, alguno se llevó un zapato como recuerdo, por lo que el fotógrafo se apresuró a revelar la imagen y a escribir, detrás de ella, el nombre y la dirección completa de su estudio. Había capturado la satisfacción de los vecinos, la expresión del deber cumplido en sus rostros, la solemnidad con la que un hombre señalaba el cadáver ajusticiado de uno de los criminales. Imprimió cientos de copias y las vendió como postales, a 50 centavos cada una, hasta que, ya entrada la mañana, la multitud se dispersó y la policía pudo bajar los cuerpos de la rama. No contento aún con las ganancias de su negocio, el fotógrafo se encaminó a las colonias del condado para vender, de puerta en puerta, las postales que habían sobrado.[2]

*

Las postales de los linchamientos son un extraño registro visual. Permanecieron ocultas por muchos años, mezcladas con otros recuerdos personales, “en los áticos de las casas, en los baúles de los abuelos”,[3] en los cajones de los muebles que se heredan de una generación a la siguiente. Indignado y molesto porque “el público de hoy no conoce esta parte de la historia”, el anticuario James Allen se dedicó a coleccionar más de cien postales durante 25 años y, en el 2000, organizó una exposición que recorrió los Estados Unidos para mostrar esta historia y denunciar que había sido eliminada.

En cambio, los gobernantes del siglo XIX y de la primera mitad del XX sabían lo que ocurría, también los ciudadanos. En tres diferentes ocasiones, la Cámara de Senadores rechazó las iniciativas de ley contra los linchamientos. Por su parte, los medios de comunicación que en su momento se comprometieron con la causa abolicionista, convertían estas noticias en reportajes románticos y patrióticos. Así, como piezas de una estrategia propagandística contra los estados del sur, las personas ejecutadas se volvían héroes que habían muerto por la libertad, mártires de la emancipación de la esclavitud.

En agosto de 1865, por poner un ejemplo, Amy Spain (una esclava afroamericana) fue ejecutada con la anuencia de sus vecinos por haber celebrado el paso de las tropas de la Unión por Darlington, Carolina del Sur. “Subió, desafiante, las escaleras del patíbulo y le recordó a sus asesinos que iría al Cielo a recibir una corona de gloria”, “los africanos hablarán de Amy con sagrada reverencia”, informó Harper’s Weekly, uno de los periódicos semanales de mayor circulación. El tono de estos reportajes ocultó la realidad de los linchamientos: los condenados eran mutilados, castrados, torturados, cubiertos de aceite, de plumas, quemados vivos. Está claro que estos rituales degradantes se alejan mucho de lo que los periodistas calificaron como “muertes honrosas”.

 

Tomado de www.atlantablackstar.com Advertencia: Esta imagen puede resultar ofensiva y perturbadora.

 

En un intento desesperado de comprender lo inexcusable, caracterizamos a las muchedumbres de impulsivas. Pero quienes participaron en los linchamientos se justificaron con ideas y razonamientos liberales que hacían referencia al “estado de naturaleza” previo al contrato social. De acuerdo con Michael J. Pfeifer, autor de The Roots of Rough Justice. Origins of American Lynching, los sureños argumentaban que el gobierno no protegía sus vidas ni sus propiedades, pues el debido proceso retrasaba la solución de los conflictos y los derechos humanos habían coartado el sistema de justicia. Si la soberanía, pensaban, reside en el pueblo, entonces el contrato social de los Estados Unidos podía suspenderse cuando las instituciones públicas fallaran. Por lo tanto, aseguraban, era legítimo que desconocieran a la federación y que regresaran a un nuevo estado de naturaleza, en el que acordaban crear un nuevo gobierno local. Lo anterior explica por qué los vecinos se convocaban entre sí durante los linchamientos y por qué organizaban votaciones para decidir el destino de los acusados. Para ellos, estas no eran parodias de la justicia, sino la justicia misma.

El problema con este razonamiento es que “el pueblo” eran los ganaderos y los agricultores blancos, no los afroamericanos, latinos, italianos, asiáticos, indígenas y judíos que fueron ejecutados. Sin embargo, sus ideas de comunidad, gobierno y justicia son la clave para comprender por qué no vemos las estampidas ni los jaloneos típicos de las muchedumbres en estas fotografías, sino a grupos de hombres y mujeres satisfechos, orgullosos, felices. Por medio de lo que nosotros entendemos como crímenes de odio, ellos celebraban la defensa de su restringida comunidad y, dentro de esa lógica, compraban una postal para el recuerdo.

Tomada de http://www.theclio.com/web/entry?id=2049  Advertencia: Esta imagen puede resultar ofensiva y perturbadora.

 



[1]Con demasiada frecuencia, el asesinato de afroamericanos se justificó con alegatos infundados de violaciones a mujeres blancas.

[2]Passim, Dora Apel, Imagery of Lynching: Black Men, White Women, and the Mob, 2004, Psicataway, N.J., Rutgers University Press.

[3]Ibid., p. 8 y http://withoutsanctuary.org/


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